Sab. 6,12-16; Sal. 62; ITes. 4,13-18; Mt.25,1-13

A nuestro mundo le falta

Sabiduría. (JP.II).

 

En el relato de las bodas que leemos hoy, es extraño que no se hable de la esposa. Pero es mejor no hablar demasiado aprisa. Porque esta esposa, que es la iglesia, es también cada uno de nosotros, en la medida que preparamos activamente, en la fe, la venida del Señor. «Yo duermo, pero mi corazón vigila». ¿Nuestro corazón está en vela?

 

Sab. 6,12-16.  La Sabiduría que es un don – Nos sentimos orgullosos del progreso de la ciencia y la técnica que transforma nuestras condiciones de vida. Pero, al mismo tiempo, somos cada vez más conscientes de sus límites; tenemos el presentimiento de que necesitamos algo más, “un arte para vivir”, es decir, la «Sabiduría». Para encontrarla, es inútil recorrer el mundo o recorrer los océanos: la Sabiduría se da a los que la buscan, está a lado nuestro; es más, es ella misma la que nos busca ayudando nuestros esfuerzos. Extraordinario presentimiento de la gracia: «Tú no me

buscarías si yo no te hubiera encontrado ya», parafraseando a S. Agustín que aplicaba esta frase a Jesús, la Sabiduría encarnada.

 

Salmo 62. Salmo de súplica y de confianza en la adversidad, tal vez, una persecución.

El Padre Luis Alonso hace la siguiente trasposición cristiana de este salmo. El cristiano repite la experiencia religiosa, encontrando a su Señor presente en el templo y en el culto: en la manifestación de su gloria, en el banquete eucarístico, en los himnos de la asamblea, en la gracia y unión íntima. Y esta maravillosa experiencia le llena de nostalgia, como una sed total, por aquella unión plena y definitiva en el santuario del cielo. (Tal es la experiencia de los místicos, la experiencia de los santos, esto lo digo yo).

 

Dice San Pablo: «Aunque poseo el premio porque Cristo Jesús me lo ha entregado, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús» (Fil. 3,12-14)

 

ITes. 4,13-18. “El más allá” – He aquí expresadas en algunas imágenes, deudoras de las creencias bíblicas de entonces, la certeza fundamental de los cristianos respecto a la muerte: después de la muerte está la vida. Cómo será esta vida, no lo sabemos aún, pero Cristo ha venido para anunciárnosla aceptando morir como todos, y apareciendo después resucitado a sus discípulos. Y ellos lo han entendido. Más allá de la muerte, Cristo nos aguarda para hacernos participes de su vida gloriosa.   

 

Mt.25,1-13. No basta elegir – Un matrimonio importante en un pueblecillo de Palestina; diez damas de honor llegan para escoltar al esposo a la casa de la esposa. Pero solo cinco de ellas son dignas de entrar a la sala del banquete; ¿cómo es posible esta intransigencia? Cuando se ha tomado la decisión de acompañar al esposo, (es decir de ser verdaderos cristianos), es necesario orientar todo hacia Cristo, sin dispersar la propia atención en cosas de poca importancia. Escoger, es una parte; pero adoptar los medios necesarios para permanecer fieles a la propia elección y llevarla hasta el fin, es otra cosa; necedad o sabiduría, tal es el dilema. Las sabias o prudentes, ha tomado las debidas precauciones; las necias, no. ¿En qué categoría estaremos nosotros, cada uno de nosotros?

 

 

Estén pues, preparados, porque no saben el día ni la hora, tal es el tema de estos últimos domingos de Año Litúrgico. Es muy importante tenerlo en cuenta; estamos prácticamente al final. La liturgia se tiñe, pues, de los colores “del otoño” y pone ante nuestra consideración la dimensión escatológica de la historia. Esto hay que tomarlo muy en serio. No se trata más que de ser fieles, e insertarnos en el movimiento propio de la liturgia; ella sola nos irá guiando; después de todo, la liturgia nos ayuda a colocarnos cristianamente en el tiempo, es el marco de una vida consagrada.

 

Este y el próximo domingo el evangelio nos pone ante la necesidad de estar vigilantes y ante la responsabilidad que brota de los talentos recibidos, antes de la contemplación de Cristo Rey. Las segundas lecturas, están tomadas de 1Tes, el documento escrito más antiguo del N.T., y en ella se trata el mismo asunto: la suerte final de los difuntos y la Parusía del Señor, es decir, un tema netamente escatológico. En esa misma línea pueden ser interpretados los textos de ambos domingos: el de las Diez Vírgenes, cinco prudentes y cinco necias (XXXII Domingo) y la Parábola de los talentos (XXXIII Domingo).

 

Las primeras lecturas están tomadas de los Libros Sapienciales. Para poder discernir la importancia del momento, su trascendencia, se requiere la Sabiduría, ese don misterioso de Dios. Debemos notar también, que el Oficio de Lecturas nos irá poniendo textos sapienciales y textos del Libro de los Macabeos, o bien, del profeta Ezequiel o Daniel, profetas ambos, en los que encontramos los primeros vestigios de la literatura apocalíptica. Así pues, avanzamos hacia el final de la misma manera que nuestra vida, también, avanza hacia el final.  La liturgia se nos convierte en enseñanza, en pedagogía, nos ayuda a colocarnos cristianamente en el tiempo que pasa, que se va, y se va muy rápido. Para apreciar esta verdad, necesitamos el don de la Sabiduría.

 

¿Qué es la Sabiduría? En un curso que dí, creo que en el Seminario, sobre la Literatura Sapiencial, presentaba a los alumnos el siguiente texto. Lo comparto con ustedes porque nos ayuda tanto los domingos como en la liturgia diaria: “La Sabiduría es una realidad compleja y enigmática, pero se puede decir que es fundamentalmente el arte del discernimiento para hacer resaltar lo que favorece a la vida o al contrario lo que lleva a la muerte. Usando una imagen expresiva, se puede parangonar el sabio a un timonel experto que dirige con destreza su barca para arribar al puerto, no obstante las tempestades y los escollos. El sabio, para vivir en el mejor modo posible y evitar el mayor número de golpes, observa la realidad que lo circunda e intenta discernir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo inútil, la vida de la muerte. De su experiencia personal y de la de sus predecesores, toma las enseñanzas más convenientes para guiar su comportamiento.

 

Este esfuerzo de discernimiento que se aplica a todos los campos de la realidad, ya sea el mundo circundante, o todas las llagas de la existencia humana, se coloca en una perspectiva religiosa. La creación es el reflejo de la sabiduría divina, y la fe en Yahvé ilumina todos los sectores de la vida. Dios esta presente, aunque no siempre se hace mención explícita de esa presencia. La búsqueda de la felicidad – por que de eso se trata – no puede realizarse contra el Señor. Si encontramos en la Biblia numerosas huellas de este aspecto fundamental de la Sabiduría, por ejemplo, en la sección más antigua del libro de los Proverbios (10-1-22, 16) en los que los Sabios han trascrito su experiencia en formulaciones fáciles de recordar. Si encontramos también en libros como el Cantar de los Cantares o Tobías. En el corazón de todo lo que constituye la vida del hombre, el sabio puede discernir la presencia de Dios”.

 

Estén preparados. Antes de presentarnos las tres parábolas que se refieren a la fidelidad, a la vigilancia y a la responsabilidad, (los criados fieles o infieles, las diez vírgenes, los talentos), Jesús ha hablado de su venida. Esa venida es completamente imprevisible e impredecible, es un misterio reservado a la mente del Padre y ante este hecho la única actitud coherente es la vigilancia. Quedan claras ciertas cosas, la certeza de la venida del Señor y la responsabilidad o juicio que sigue a su venida y la suerte feliz o infeliz como consecuencia. Se trata de verdades, como dicen los teólogos, «de fide revelata et definida».  De alguna manera las tres parábolas son variantes o variaciones de un mismo tema y acordes con el «fin» que se aproxima.

 

Alexander Sand resume así su comentario a esta parábola exclusiva de Mateo (25,1-13): 1. “El aceite de reserva, disponible o no disponible, determina el desarrollo de la parábola. De esto resulta comprensible, también, la actitud del esposo: a las que él «conoce», es decir, aquellas con las que él tiene una relación personal, las deja entrar a la fiesta y al banquete nupcial. Pero a aquellas que no «conoce», por lo tanto aquellas con las que no existe ninguna relación de comunión, (yo les aseguro que no las conozco),  les niega el acceso. En la parábola y en el mandato (imperativo) conclusivo, se juntan por lo tanto a la comunidad no las obras buenas o cosas semejantes, sino la sabía disponibilidad de tener ya, ahora ya, una relación personal con el Señor de la comunidad, disponibilidad que encontrará después su plenitud total en el Reino de los cielos.

 

  1. La parábola se convierte de este modo para la comunidad en una enunciación de juicio. La comunidad conoce, por la tradición hebrea, que las bodas son imagen del tiempo escatológico. En el contexto de toda la tradición del evangelio de Mateo el plano metafórico de la parábola se refiere al Reino de Dios que irrumpe con Jesús. Respecto a este advenimiento, todas (las vírgenes) se encuentran en la misma posición de partida y todas tienen la misma oportunidad; pero ésta no es aprovechada por todas. La parábola de juicio del esposo es, por lo tanto, la consecuencia del comportamiento «necio» de que son responsables las mismas vírgenes necias. A la comunidad, pues, se le ordena identificarse con las vírgenes prudentes, y se le amonesta a no poner en peligro el encuentro definitivo con el esposo a causa de una disponibilidad deficiente o inexistente, así como han hecho las vírgenes necias confiando con ligereza en la ayuda de las otras”.

 

Podemos concluir diciendo que la necesidad de preparación para ese encuentro con el esposo nadie la puede hacer por mí, es un trabajo que tenemos que hacer como personas, cada uno en nosotros  y, claro, como comunidad.

 

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Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

 

¿Para qué sirve una lámpara de aceite si no tiene aceite? La preocupación de tener la lámpara y no el aceite significa no entender la justa jerarquía de las cosas. La prioridad es procurase aceite. El aceite, decían casi unánimemente los Santos Padres, es el Espíritu Santo que da el amor. Es la vida, es la luz. El cristiano está ciertamente tentado de elaborar formas de perfección en el pensar y el obrar, pero todo esto puede convertirse en idolatría y en ideología moralista. En vano se siembra y luego se cultiva la tierra cada día, esperando los brotes, si a ese campo no llega el agua que da el crecimiento. Nuestro objetivo primero es Dios, o mejor dicho, el Espíritu Santo que da la vida. En colaboración con él, podemos dar fruto. No entender que lo primero es Dios significa poner atención en cosas que no cuentan, y esto es necedad.

 

«Toda la duración del tiempo es como una noche en el curso de la cual, la iglesia vigila con los ojos de la fe dirigidos a las Santas Escrituras como antorchas que brillan en la oscuridad. Es lo que dice el apóstol Pedro: “hacéis bien en prestar en prestar atención a la palabra de los profetas como a lámparas que brillan en la oscuridad hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones”, (2Pe.1,19). Hoy, viniendo a ustedes, los encuentro vigilando, celebrando en su honor, esta solemne fiesta. Que de igual modo, cuando venga el Señor, pueda encontrar a su iglesia vigilante en la luz del Espíritu, para despertarla, también en el cuerpo, que yacerá dormido en la tumba». (S. Agustín. Breve improvisación en la Vigilia Pascual; tal el obispo salió de su aposento para visitar la catedral.).

 

 

 

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