Is. 45,1,4-6; Sal. 95; 1Tes. 1,1-5; Mt. 22,15-21

Yo soy el Señor, y no hay otro;

fuera de mí no hay Dios.

 

«Jesús Cristo es el Señor»: Este grito de la fe primitiva protestará hasta el fin de los tiempos contra la pretensión de los césares de disponer de un poder absoluto y divino. Debemos aprender a reconocer, también, a los hipócritas que se esconden detrás de sus ideologías para manipular totalmente al hombre, incluso en su realidad más íntima de la cual solo a Dios, y solo a él se ha de dar cuenta.

 

Is. 45,1.4-6. Consagración de un pagano – El rey persa, Ciro, destruye los imperios decadentes y amenaza las instituciones más sólidas. El profeta le da el nombre sagrado de «ungido», signo de la nobleza divina.  Dios lo hace su aliado y declara que éste pagano ha trabajado para él.  Dios se burla de las prohibiciones de ingreso; también hoy puede venir a nosotros a través de las guerrillas, o de los filósofos ateos, a través de la ciencia, aparentemente enemiga de la fe, de los ataques rabiosos de los enemigos.  Todas estas fuerzas impetuosas, que hacen saltar las estructuras más sólidas, pueden trabajar para Dios. A nosotros, nos arrancan nuestras débiles defensas y desmontan las pruebas demasiado humanas en que nos apoyamos. Nos obligan a contar solo con Dios y a mirar la realidad con ojos nuevos.  

 

Salmo 95. Podríamos decir que este salmo, que es un himno al señor Rey en el horizonte universal, interpreta muy bien las maravillas de Dios a favor de su pueblo a lo largo de la historia.

 

Todas estas venidas preparan el gran «Adviento» o advenimiento de Dios, que entra en la historia humana, haciendo presente la revelación del Padre; y va celebrando difíciles «victorias» para establecer en el mundo el «reino de los cielos». Los cristianos tienen también esa vocación misionera y han de dar ese testimonio de la alabanza, celebrando así y colaborando al establecimiento del reino de Dios.  El v. 10 puede sintetizar nuestro tema: «El Señor es rey, él afianzó el orbe y no se moverá; él gobierna los pueblos rectamente».

 

1Tes. 1,1-5. Por una iglesia verdaderamente fraterna – Toda comunidad es ya un esbozo de la comunidad universal en comunión con Dios, a quien la humanidad todo está dirigida.  Cuando una comunidad se apoya en Cristo, cuando ninguna prueba destruye su esperanza, cuando esta fe y esta esperanza se traducen en comportamientos fraternos, de solidaridad, de justicia social, de amor hacia todos, especialmente hacia los más abandonados y necesitados, entonces tal comunidad es signo de la presencia de Dios, anuncio de Cristo, manifestación que el Espíritu actúa en el mundo.  

 

Mt. 22,15-21. La iglesia y el Estado – Ser cristiano no significa, de hecho, ponerse al margen de la realidad política, incluso en la realidad de los impuestos. La iglesia no es un reino al lado de otros reinos; no es una legislación que se ha de confrontar con otras legislaciones; no tiene que pelearle a los reinos de este mundo el espacio que le es propio, desde el momento que la iglesia es ya todo el espacio del mundo ofrecido a la humanidad reconciliada con Dios.  No hace competencia a los estados; al contrario es una parte integrante en la medida en que respeta e interpreta sus leyes y sus reglamentos, en la visión final «del reino».

 

El tema de este domingo, el Señorío eterno y universal de Dios.  Dentro de la autonomía propia de las realidades humanas, incluidos los reinos de este mundo, el Señorío de Dios es real, absoluto y eterno.

 

Is. 45 1, 4-6. Para apreciar el tema que nos propone la liturgia de este domingo, es muy importante leer la perícopa completa 45, 1-8: la investidura de Ciro que realiza el Señor. Se trata de un oráculo de investidura real a favor de Ciro. Por primera vez en la historia del pueblo escogido, un oráculo de Dios favorable se dirige a un rey extranjero dándole el título de Ungido. Dios lo hace entrar de alguna manera, en la serie de la dinastía Davídica, rompiendo las murallas de la elección, o al menos, su interpretación peligrosamente estrecha. Esto supera con mucho el oráculo de Jeremías sobre Nabucodonosor como «Siervo del Señor». (Jer. 27)

 

El Señor, como soberano de la historia entrega a Ciro, reinos, reyes, ciudades y tesoros. No perdamos de vista, desde este momento, que quien está actuando es el Señor.  Por ello el resultado de esta acción de Dios es que su nombre sea reconocido: a la revelación por la historia responde el reconocimiento. El reconocimiento no implica conversión plena, puede ser gozoso, parcial, reluctante. Lo que el texto nos deja claro, y tal es la intención del anónimo profeta, es: Yo soy el Señor, y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. La literatura profética ha dejado muy claro que Dios, no lo es sólo de la creación, de la interioridad, sino de la historia.

 

Ciro se levanta como una amenaza para el imperio de Babilonia. En el año 538 Ciro inicia una política más liberal: quiere dar cohesión a su imperio, no a través de la centralización, sino promoviendo la autonomía y la emancipación de las varias comunidades étnico-nacionales. También los hebreos, establecidos e incluso acostumbrados al ambiente del exilio de Babilonia, pueden regresar a su tierra para reconstruir sus hogares y el templo. Es el tema de los libros de Esdras y Nehemías.

 

Para estimular a un pueblo cansado e indiferente, al que parecían demasiado lejanas y vanas ilusiones las viejas experiencias religiosas de Israel, se alza la voz de un nuevo profeta cuyos escritos han sido recogidos e insertados en el libro de Isaías y cuyo nombre desconocido ha sido llamado Segundo Isaías (Is. 40,45).  Es, a decir del padre Alonso, uno de los libros más bellos del A.T. Lo leemos siempre como motivo de esperanza y de aliento en el Adviento y en el Adviento de nuestra vida. Él invita “al resto” a aceptar la propuesta de Ciro y retornar a Palestina como si se tratara de un nuevo y glorioso éxodo, un camino de la esclavitud a la libertad. Pero, repito, esto lo ha hecho el Señor, Él es el Señor de la historia. No lo olvidemos porque, en última instancia, es de lo que trata la perícopa evangélica de este domingo.

 

Mt.  22,15-21. Con ese bagaje doctrinal podemos acercarnos a esta perícopa de Mateo. Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, es una frase del evangelio que ha trascendido lo estrictamente religioso hasta intentar hacer con ella una especie de teoría del Estado, sobre todo, en lo que mira a las siempre difíciles relaciones Iglesia-Estado. Digamos de entrada que no es una frase de fácil y unívoca interpretación. La cuestión sobre los impuestos es igualmente conflictiva. También nosotros nos planteamos el problema de pagar impuestos o no cuando nuestros impuestos no están trabajando y cuando el Estado no está cumpliendo con los deberes fundamentales que le corresponden. Muchos movimientos de resistencia civil comienzan por no pagar los impuestos. Pero el planteamiento que se le hace a Jesús reviste características especiales. Jesús no está trazando una doctrina arancelaria, uan teoría tributaria; como quiera que sea, el hombre es el centro de tales medidas. Si los impuestos no se traducen en el bienestar de los ciudadanos, sino que son malgastados o abiertamente desviados de su objetivo, son sumamente cuestionables. Cuando se percibe, como en Grecia hoy, que la corrupción campea a sus anchas, el pueblo evade pagar impuestos. Pero esto es otro cuento. El impuesto del que habla el evangelio es un “tributo” que rebela la situación de esclavitud a la que está sometido el hombre. La práctica romana era, incluso, un “tributum capitis”, es decir, que cada persona para poder existir y ser, necesitaba pagar esa especie de rescate. Los publicanos, los peor vistos en la sociedad judía, eran los encargados de cobrar ese tributo. Eran unos renegados y colaboracionistas. En el lado opuesto estaban los zelotas que negaban la legitimidad, por motivos de conciencia, de pagar semejante tributo al César porque era equipararlo a Dios.

 

La pregunta a Jesús no podía ser más peligrosa. El alcance de la misma es geocéntrico: a los ojos de Dios, es decir, a la luz de la ley, ¿está permitido pagar el tributo? La cuestión no se plantea en el terreno de la ley civil o de la oportunidad política; no es una simple cuestión de impuestos. Es una cuestión teológica.

 

El texto recalca las malas intenciones con la que los adversarios hacen la pregunta. Jesús descubre inmediatamente su hipocresía que consiste en fingir que están muy preocupados por una cuestión de actualidad, cuando en realidad sólo le plantean la pregunta para ponerlo en aprietos y tener de qué acusarlo, o ante la Ley, o ante el César. ¿No fue este el tema del juicio en la Pasión de Jesús, y la causa de su muerte?

 

Ante las diversas interpretaciones he encontrado en los especialistas, me quedo con una sencilla, pero muy acertada opinión, de J. Mateos/ F. Camacho en su: El Evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid 1981: “Para entender la respuesta de Jesús hay que tener presente la diferencia entre el verbo utilizado por sus adversarios: «pagar/ dar tributo al César», (dídomi) y el verbo que utiliza Jesús: «devolved, (paradídomi)»: «devolved al César lo que es del César».  

 

(Es muy importante notar esta diferencia, esto lo digo yo; no hay que quedarnos con el dinero del César, si le pertenece hay que devolvérselo. Lo que viene enseguida es lo importante. La frase está ligada con un «y» (kai), que tiene valor adversativo: «pero»: pero devuélvanle a Dios, lo que es de Dios. Y aquí se sitúa Jesús en un plano liberador y denuncia la hipocresía de los interlocutores y la falsedad de todo intento de apoderarse de lo que es de Dios. Si la moneda tiene la imagen e inscripción del César, devuélvansela al Cesar. Pero si el hombre tiene y es la imagen de Dios, no lo retengan ustedes, devuélvanselo a Dios; no lo utilicen, no lo manipules. De esta manera la perícopa no es una doctrina sobre impuestos, sino una opción decisiva por el hombre que no puede ser alienado, cuya dignidad es intransferible).

 

Continúan los autores citados: La imagen y leyenda de la moneda muestran quien es el propietario. La idea de ellos es un robo; proponen no pagar el tributo, pero quedándose con el dinero del César. No basta negarse a pagar el tributo, hay que salir de la dependencia económica, rechazando el dinero del César (devolved); así no se le reconocerá como Señor ni habrá que pagarle tributo. Cuando ellos sean capaces de renunciar a ese dinero y a la riqueza que les procuran, podrán ser fieles a Dios, a quien deben devolver el pueblo que han secuestrado. Respecto al César, deben renunciar a su dinero, que los mantiene sometidos a él; respecto a Dios, deben renunciar al dominio del pueblo, al que tienen sometido por la manipulación religiosa y explotación económica en nombre de Dios. (cf. 21,13.38) Es la ambición de los dirigentes, el amor al dinero, lo que da pie al dominio romano y crea la injusticia en Israel”.  

 

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Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik, SJ

 

Los fariseos plantean a Cristo una espinosa cuestión, a saber, la relación entre la religión y el Estado, entre lo secular y lo espiritual. No hay duda de que son listos, porque esta relación, a través de dos mil años de historia cristiana, sigue siendo un duro banco de prueba. Cristo, cogiendo una moneda, pregunta de quién es la imagen impresa en ella; sabe que dirán: «del César», por lo que su respuesta es obvia: «Dad al César lo que es del César». Pero él los reprende por hipócritas, porque no logran ver de quién es la imagen impresa en ellos. Puesto que no se entregan a aquel cuya imagen está impresa en ellos, no logran reconocer esta imagen revelada en toda la gloria en Cristo. Entregándose a sí mismos a Cristo como imágenes de Dios, se resuelve el problema del tributo. El hombre pertenece a Dios, y una parte de lo que hace puede también ofrecerla al César, pero no a sí mismo. Ningún César puede compararse a Dios Padre, Creador.

 

Excursus.

¿Queremos poner a Jesús nuestros problemas de hoy? ¿Queremos pedirle que nos ayude a orientarnos en las próximas elecciones o en las opciones de cada día? ¿Cómo pensamos que nos respondería a partir de aquél incidente de hace veinte siglos: es lícito pagar al César el tributo?  Una vez más, hará saltar nuestras problemáticas limitadas. Ya sabemos que el César no es Dios: el poder político, cualquiera que sea, no tiene el derecho de invadir las conciencias y de apoderarse del hombre entero. Y sabemos también que la iglesia no debe imponer leyes al César o buscar su favor, como lo ha hecho con tanta frecuencia en el pasado. El poder en el que debe apoyarse es otro: el del Espíritu. La venida de Dios siempre es incómoda, porque Dios llega continuamente del futuro. Él llama a toda sociedad y a todo el mundo una mayor justicia, a más humanidad y a una paz verdadera. Pero no impone las opciones que han de hacerse ni las decisiones que han de tomarse, porque ha querido confiar a nuestra responsabilidad las cosas de este mundo. Toca a nosotros buscar, como hombres libres y responsables, la forma de mejorar la vida de todos. Será un modo de devolver a Dios lo que es de Dios, dejándole al César lo que le pertenece.

 

 

 

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