XVI DOMINGO. A

Sab 12, 13.16-19; Sal 85; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-43

 

No podemos clasificar todo en dos categorías: bien y mal, verdad y mentira. Sería simplismo. Con sus ambigüedades y carácter mixto, la situación presente es el campo de la libertad de los cristianos, en el que se realiza el difícil ejercicio del discernimiento. Jesús nos invita a leer los signos del tiempo y ‘saber lo conviene hacer ahora’.

 

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Sab 12, 13.16-19.  El gobierno de Dios – La reflexión conduce a nuestro autor a ver el mundo como una república platónica donde todo es idealizado, o bien como una monarquía iluminada y humanizada. Aunque esta visión armoniosa ejerce todavía hoy un cierto atractivo, el hombre moderno no puede sentirse a gusto pensando a Dios de esta manera. Si el sabio de ayer se ha liberado de los esquemas proféticos incisivos y anclados en su momento, también el creyente de hoy puede sentirse autorizado a tomar las debidas distancias de una imagen de Dios de otros tiempos, y pensarlo, por el contrario, según los acontecimientos y maestros más recientes, signos de los tiempos que se han de interpretar.

 

Sal 85; Esta “teología” se hace oración en el salmo 85, 14-17. Es una súplica individual en tiempo de peligros y persecución. En esa circunstancia, el salmista puede exclamar confiadamente, “pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí, da fuerza a tu siervo, salva al hijo de tu esclava”.

 

El sentido cristiano de nuestro salmo… El siervo invoca al Señor, el fiel apela a la fidelidad. El Dios único y universal, que obra maravillas, es, sobre todo, admirable, porque mira y escucha, atiende y responde. Si el cristiano busca «una señal propicia» se la dará «la señal de Jonás», la resurrección de Cristo que es la revelación suprema de la misericordia de Dios y fundamento de nuestra confianza.

 

Rom 8, 26-27. Una ayuda que siempre necesitaremos – somos demasiado impacientes. Quisiéramos saber si verdaderamente el Espíritu de Dios trabaja en nuestro mundo. Buscamos demasiado ansiosos una explicación, y esperamos transformaciones milagrosas e inmediatas. Por el contrario, no sabemos ni siquiera pedir, en la oración, lo que nos conviene. Aunque hemos recibido el Espíritu de Cristo nuestra historia sigue siendo plenamente humana, a veces, demasiado humana. Pero no obstante las apariencias, la fe nos dice que el Espíritu actúa misteriosamente en el mundo; y el que cree no puede menos que descubrir, a través de la historia, los signos que anuncian la llegada del reino.

   

Mt 13, 24-43. La paciencia de Dios – ¿Cómo puede la Iglesia, que realiza, tal vez mediocremente, el ideal evangélico, pretender guiarnos al reino de los cielos? El evangelio nos da una respuesta: el fracaso es provisorio; el agricultor sabe bien que a pesar de todo, la buena semilla dará su fruto, es más, crecerá enjundiosa en vistas de la cosecha final. La levadura no será sofocada por la masa, sino que la fermentará. “dejar que uno y otro (el bueno y el malo) crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”. El mito de la pureza es las características de las sectas y de aquellos que prefieren no hacer nada antes que ensuciarse las manos. La misión del pueblo de Dios , por el contrario, es meterse en el mundo, expuesto al bien y al mal. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves de la corrupción.

 

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La primera lectura, igual que el salmo, nos permite elegir como tema de este domingo, el mensaje de la parábola del trigo y la cizaña.

 

En efecto, la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos habla de la total trascendencia de Dios, pero al mismo tiempo, del cuidado que él tiene de todas las cosas creadas. La Divina Providencia, nos enseñaban en el catecismo infantil, es el cuidado que Dios tiene de todas las cosas creadas. El creyente sabe que en las manos providentes y amorosas de Dios está cada momento de su vida.

 

Sin embargo, la trascendencia de Dios queda de manifiesto cuando el escritor sagrado nos dice: No hay nadie a quien tengas que rendirle cuentas de la justicia de tus sentencias. Si existiera otro ser personal distinto de Dios, que fuera providente de los hombres, entonces Dios debería justificarse ante el y demostrar su justicia al castigar. El Dt. pone en la boca de Dios estas palabras: yo tengo piedad de quien tengo piedad y hago misericordia a quien hago misericordia. Así pues, no podemos someter a Dios a un juicio.

 

Sin embargo, nos dice la lectura, tú muestras tu fuerza a los que dudan de tu poder soberano y castigas a quienes, conociéndolo, te desafían. Dios es justo e imparte justicia; los que cometemos injusticias somos nosotros, los que convertimos a nuestras ciudades en entidades opresoras e injustas, malditas, somos nosotros. Y esto no es de ahora. En el s. IV a.C., el profeta Sofonías escribe: «!Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora! Sus príncipes en ella eran leones rugiendo; sus jueces, lobos al atardecer, sin comer desde la mañana; sus profetas, unos fanfarrones, hombres desleales; sus sacerdotes profanaban lo sacro, violentaban la ley. En ella está el Señor justo, que no comete injusticia. Cada mañana dicta sentencia, al alba sin falta; pero el criminal no reconoce su crimen» (3,1-5).

 

No obstante esta realidad, el Señor tiene paciencia, espera porque su intención no es destruir con su castigo a los hombres. Por eso dice nuestro texto: siendo tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza, porque tienes el poder y lo usas cuando quieres. Dios nos muestra su poder en su misericordia. De aquí deriva también el orden de nuestras relaciones comunitarias: con todo esto has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano, y has llamado a tus hijos a una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta. Así, mientras que Dios es misericordioso, lento a la cólera y rico en perdón, “muchos justos” entre nosotros, no solemos tener ni compasión ni misericordia, ni paciencia con nuestros hermanos. Nos impacientamos y le exigimos a Dios la aniquilación inmediata del mal y de los malvados; acusamos, apuntamos con el dedo, juzgamos y destruimos. Queremos que Dios arranque inmediatamente la cizaña, sin darnos cuenta que también en nosotros están  mezclados el trigo y cizaña a grado de no distinguirse quién es  trigo y quién cizaña.

 

Parábola de la cizaña y el trigo.

Nuestro Señor Jesucristo es la revelación plena de la fidelidad y el amor de Dios. ¿Cómo podríamos hablar del amor de Dios, decía San Agustín, si Cristo no hubiera venido a nosotros? Jesucristo es la revelación plena del amor, de la fidelidad, de la misericordia de Dios hacia nosotros. Tanto nos ha amado el Padre que nos ha entregado a su hijo único para que tengamos vida. El no vino para condenar al mundo, no vino a apagar la mecha que aún humea ni a quebrar la caña que apenas está cuarteada. El ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

 

Ateniéndonos a lo dicho en la entrega anterior, podemos preguntarnos: ¿Cuál es el password de esta parábola? Partimos del hecho que el Reino tiene enemigos, encuentra obstáculos para su implantación. Uno de estos obstáculos puede ser nuestra impaciencia, el no entender que el Reino tiene una política que Jesús sigue rigorosamente. Ante la presencia de los enemigos, los obstáculos y la impaciencia de los suyos, Jesús no hecha marcha atrás. La parábola pone de relieve la imprudencia, la impaciencia y el nerviosismo de los trabajadores. Esto contrasta con la actitud serena del Dueño del campo que sabe perfectamente lo que sucede: mientras los trabajadores lo acusan de no saber elegir una buena semilla, -¡la semilla del Reino! -, el les dice: esto lo ha hecho un enemigo mío. Los discípulos quieren meter la hoz revelando su ignorancia; pero el Dueño los calma; y es mejor seguir su política. «La clave es esta: El que Dios dejara subsistir la cizaña, siembra de otro, al lado de su Reino, tal es el misterio, dentro de las miras de la comparación».

 

Se trata de una situación paradójica. Dios ha sembrado trigo, buen trigo. Y permite que urdan la intriga: han entrado en juego unas fuerzas que hacen peligrar la cosecha. Y esto origina un conflicto, – que está en el centro de la parábola -, representado por la actitud de dueño y la actitud de los criados. ¡Cuántas cosas nos dice esta parábola! A nivel personal, y en nuestro trabajo, ¿no seremos como esos trabajadores, imprudentes, precipitados, ansiosos? ¿No habremos perdido la confianza en Dios intentando ser nosotros los que hacemos el discernimiento, el juicio, que a solo Dios compete?

 

Pero nos queda una pregunta: ¿qué tenemos que hacer con el mal?, ¿cómo debemos entenderlo y enfrentarlo, el que está dentro de nosotros y en nuestro rededor? ¿Hasta dónde debe alcanzar nuestra paciencia? Decía San Agustín: Dios es paciente porque es eterno. Oigamos a Mons. Cerfeaux:

 

Es necesario comprender el pensamiento de Dios y no querer imponer el nuestro. Será preciso que armonicemos dos actitudes que a primera vista parecen contradictorias: una intransigencia radical frente a una obra que no es la de Dios; y una paciencia inquebrantable para conservar nuestro optimismo. «No tengamos, pues, ninguna debilidad, ninguna complicidad con el mal: Si queremos servir a Dios y al mundo, será con perjuicio nuestro. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? El mundo presente y el mundo futuro, el nuestro, son enemigos entre sí. El mundo presente recomienda el adulterio, la corrupción, la avaricia, el fraude, mientras que el mundo futuro renuncia a estos crímenes. No podemos, por tanto, ser amigos de los dos. Es preciso renunciar al primero y vivir del segundo. Creemos que es preferible odiar las cosas de este mundo, porque tienen muy poca importancia, son efímeras y caducas; y amar las otras cosas, las que no fenecen» (Clemente de Roma. Tercer Papa).

 

Y la paciencia. Hay que dejar siempre un lugar para la paciencia. San Jerónimo, el gran batallador, que devolvía con creces los golpes que le daban, se siente obligado a admitir la paciencia. Y hemos de estar sobre aviso, nos explica el santo, para no precipitar la caída del hermano: porque puede suceder que el que hoy está corrompido por una doctrina peligrosa, mañana se arrepienta y se ponga a defender la verdad. San Pedro Crisólogo nos deja estas hermosas palabras: La cizaña de hoy puede cambiarse mañana en trigo; de esa manera el hereje de hoy será mañana uno de los fieles; el que hasta ahora se ha mostrado pecador, en adelante irá unido a los justos. Si no viniera la paciencia de Dios en ayuda de la cizaña, la Iglesia no tendría, ni al evangelista Mateo – a quien hubo necesidad de coger entre los publicanos -, ni al apóstol Pablo – al que fue preciso coger de los perseguidores -. ¿No es verdad que el Ananías del libro de los Hechos trataba de arrancar el trigo, cuando, enviado por Dios a Saulo, acusaba a san Pablo con estos términos: Señor, ha hecho mucho daño a tus santos. Lo cual quería decir: arranca la cizaña; ¿por qué enviarme a mí, la oveja al lobo, el hombre piadoso al maldito?, ¿por qué enviar un misionero de mi talla al perseguidor? Pero mientras Ananías veía a Saulo, el Señor veía ya a Pablo. Cuando Ananías hablaba del perseguidor, el Señor sabía que era un misionero. Y mientras el hombre le juzgaba como cizaña para el infierno, Saulo era para Cristo un vaso de elección, ya con un puesto en los graneros del cielo. (Sermón 97)

 

Así pues, el tiempo actual es el de la paciencia de Dios y el de nuestro arrepentimiento. Conservemos la cabeza lúcida en medio de los torbellinos pasajeros que debilitan la tierra, en medio de la alharaca que llena los noticieros, que se multiplican por millones, y que nos aturden y nos desorientan.

 

Las parábolas intercaladas, el grano de mostaza y la levadura, requieren otro tratamiento especial. Ellas revelan la antítesis del Reino, débil y pequeño al principio, grande y glorioso al final. Sólo el final, no antes. Ojo!!!!!!! Mientras, permanecerán mezclados el trigo y la cizaña. También en nosotros.

 

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Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik, SJ

 

Acoger la Palabra de Dios y hacerla crecer en nuestro corazón no es sencillo. El Señor nos advierte de que también actúan los enemigos de su palabra. En efecto, la vida del hombre a menudo experimenta esta dolorosa convivencia entre la semilla buena y la cizaña. Cada día experimentamos nuestra resistencia al bien, tanto que a veces puede parecer que en nuestra vida, como en el mundo, venzan las fuerzas oscuras y el mal. Por eso, nace el deseo de combatir el mal, pero combatir el mal podría significar también combatir al hombre, porque el mal ha penetrado demasiado refinadamente en el hombre. El Señor nos pide aversión al mal, nuestra renuncia al mal y nuestra atención al bien. Que no miremos la cizaña, sino la semilla buena. Al final, en la siega de la vida, serán los ángeles del Señor quienes separen los frutos. El bien permanece y el mal se seca.

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