NRT 140 (2018) 74-90, ha publicado el resumen de una tesis doctoral de A. C.Favry, en el Instituto Católico de Toulouse, titulada «Ut unus ascendat», sobre el comentario de S. Agustín a los salmos 119-133, (Enarrationes in Psalmos).

Los domingos V y VI de pascua, ciclo B, leemos Jn. 15, 1-17 donde se destaca la necesidad absoluta de la unión vital con N. Señor mediante la alegoría de la vid y los sarmientos; la insistencia en el “permanecer en” y observar los mandamientos del amor. Ello me ha inspirado a escribir este artículo. (Un poco arrebatado y de prisa).

En todos los tiempos, y en las culturas más variadas, se ha descrito la vida espiritual como una serie de grados que ascender. (El Castillo interior, Itinerarium mentis ad Deum, Subida al monte Carmelo. etc.). Es por lo tanto muy natural que los primeros comentarios del salterio hayan interpretado los salmos 119-133 a partir de el título común (Canticum gradum, en las biblias latinas; en español serían los graduales. En la Nueva Vulgata estos salmos se llaman Canticum Ascensionum), en referencia a la imagen tradicional de la escala (subida) espiritual: a cada uno de los salmos de esta serie corresponde un gradus en el camino espiritual del hombre, pensado como una ascensión a Dios. Los “escalones” pueden ser considerados desde dos puntos de vista:  uno, como las etapas de una ascensión – lo que abre a una interpretación dinámica de los cánticos graduales (Cantica Graduum) donde se buscará reconocer en cada uno de los quince salmos un grado de avance en la vida espiritual, o como la subida por una escala sobre la cual se apoya para elevarse; la atención se pone entonces sobre los medios del ascenso.

Otro: en el comentario de los salmos de ascensión, que Agustín propone a los fieles de Hipona durante el invierno 406-407, cuando África estaba dividida por el cisma de los donatistas que se creían los héroes de una perfección cristiana ya realizada en su iglesia; a ellos Agustín propone “el camino del ascenso, camino jamás hecho mientras estemos en este mundo. Las dos interpretaciones coexisten. Pero la preocupación pastoral del predicador ha privilegiado la segunda interpretación y ha llevado la atención de su auditorio a los medios de la ascensión.

Enumerando en el salmo 120 v.3 los medios por los cuales el hombre se eleva hasta Dios, Agustín pone a la cabeza la triada paulina, fe, esperanza y caridad que él había asociado al tema de la ascensión espiritual en su estancia Cassiciacum. Estas tres disposiciones del corazón, que la tradición posterior llamará “virtudes teologales”, aparecen aquí como los medios privilegiados para elevarse hacia Dios.  Ahora bien, en los comentarios de los salmos, tiene un lugar muy especial la caridad como se echa de ver en el comentario al salmo 121 donde el predicador adopta otra imagen a la ascensión a Dios: el vuelo del alma. Las alas que conducen a Dios, precisa nuestro padre Agustín, son “los dos preceptos del amor a Dios y del amor al prójimo”. La imagen hace la síntesis de dos aproximaciones: una de origen neoplatónico, las dos alas del alma, y otra bíblica, recibida de los salmos y de Mt 22,36-39. Son necesarias dos alas para subir a Dios, más precisamente, para volar hacia él. La ascensión hacia Dios que cantan los “Cantica Graduum” no es posible más que por un amor ardiente a Dios y al prójimo.  Bajo esta óptica analiza san Agustín los salmos 119-133.

Es de notar que no es un entretenimiento exegético, sino una urgencia pastoral y de ortodoxia lo que impulsa a nuestro padre Agustín en su trabajo; no es diletantismo, sino compromiso de caridad.

Comentando el salmo 121, por ejemplo, dice: «El amor es fuerte (Cant 86), hermanos; el amor es fuerte. ¿Quieres ver cómo el amor es fuerte?… El amor es fuerte y es nuestra fuerza. Porque si nosotros no estamos en él, nada de lo que tengamos es útil. Aunque yo hablara la lengua de los hombres y de los ángeles, dice el apóstol, si yo no tengo caridad de nada me sirve, sería como platillos que aturden o campanas que suenan. (1Cor. 13,1) Y añade una gran cosa: Aunque yo distribuyera todos mis bienes, aunque yo entregara mi cuerpo a la lumbre, si yo no tengo caridad, de nada me sirve.  Pero si alguien tiene solo caridad, ¿no encontrará nada que distribuir a los más pobres que él ama?; que él dé solo un vaso de agua fresca (Mt. 10,42), con eso basta. Le será tomado en cuenta como a Zaqueo que da la mitad de sus bienes a los pobres. (Lc. 19,18) ¿Por qué? ¿Unos dan poco, otros, dan mucho y les será tomado en cuenta igual? Sí, igual. La posibilidad es desigual, pero la caridad no es desigual».

En el mismo tiempo, Agustín está exponiendo a sus fieles el cometario a Jn. De este tiempo data la lectura que leemos el Jueves de la IV semana de Pascua, en el oficio de lecturas. He aquí un ejemplo de ‘pastoral’.

  1. Augustinus. In Ioannem. Tractatus 65,1-3; CCL 36).

El Señor Jesús declara que da a sus discípulos un mandato nuevo por el que les prescribe que se amen mutuamente unos a otros: Os doy – dice- el mandamiento nuevo: que os améis mutuamente.

¿Es que no existía ya este mandato en la ley antigua, en la que hallamos escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué, pues, llama nuevo el Señor a lo que nos consta que es tan antiguo? ¿Quizá la novedad de este mandato consista en el hecho de que nos despoja del hombre viejo y nos reviste de nuevo? Porque renueva en verdad al que lo oye, mejor dicho, al que lo cumple, teniendo en cuenta que no se trata de un amor cualquiera, sino de aquel amor acerca del cual el Señor, para distinguirlo del amor carnal, añade: Como yo os he amado.

Este es el amor que nos renueva, que nos hace hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, capaces de cantar el cántico nuevo. Este amor, hermanos muy amados, es el mismo que renovó antiguamente a los justos, a los patriarcas y profetas, como también después a los apóstoles, y el mismo que renueva ahora a todas las gentes, y el que hace que el género humano, esparcido por toda la tierra, se reúna en un nuevo pueblo, en el cuerpo de la nueva esposa del Hijo único de Dios, de la cual se dice en el Cantar de los cantares: ¿Quién es ésa que sube toda ella resplandeciente de blancura?

Resplandeciente, en verdad, porque está renovada, y renovada por el mandato nuevo.

Por eso, en ella todos los miembros tienen entre si una mutua solicitud: si sufre uno de los miembros, todos los demás sufren con él, y, si es honrado uno de los miembros, se alegran con él todos los demás. Es porque escuchan y guardan estas palabras: Os doy el mandato nuevo; que os améis mutuamente,  no con un amor que degrada, ni con el amor con que se aman los seres humanos por ser humanos, sino con el amor con que se aman porque están deificados y son hijos del Altísimo, de manera que son hermanos de su Hijo único y se aman entre sí con el mismo amor con que Cristo los ha amado, para conducirlos hasta aquella meta final en la que encuentran su plenitud y la saciedad de todos los bienes que desean. Entonces, en efecto, todo deseo se verá colmado, cuando Dios o será todo en todas las cosas.

Este amor es don del mismo que afirma: Como yo os he amado, para que vosotros os améis mutuamente. Por esto nos amó, para que nos amemos unos a otros; con su amor nos ha otorgado el que estemos unidos por el amor mutuo y, unidos los miembros con tan dulce vínculo, seamos el cuerpo de tan excelsa cabeza.

 

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