Tenemos que hacernos de nuevo, en serio -, y en lo posible, contestárnosla -, la vieja pregunta de Fromm: ¿estamos sanos? Al final de ese cap. escribe: “¿Es posible que la vida de prosperidad que lleva la clase media, si bien satisface nuestras necesidades materiales, nos deja una sensación de profundo tedio, y que el suicidio y el alcoholismo, (el monstruoso consumo de drogas), sean signos patológicos de escapar a ese tedio? ¿Es posible que esas cifras constituyan una radical ilustración de la verdad de aquel aserto según el cual «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», y que revelen que la civilización moderna no satisface las necesidades profundas del ser humano? Y una sociedad enferma no puede producir individuos sanos, concluía. (The Sane Society. 1955).

Lo que estamos viviendo en Juárez respecto a la violencia tiene los tintes de la patología más grave; los adjetivos se nos agotan. El caso Rafita y otros niños aún no encontrados, los niños centroamericanos tratados por las mafias, ponen entre dicho todos nuestros discursos, aun los religiosos, en cuanto que son generalizantes y da la impresión de que no se está yendo a las causas más profundas.

El gran pacifista, von Weizsäcker ha escrito lo que podrían ser los hilos conductores para un cambio de manera de pensar. «La hostilidad no es un aspecto de la salud humana, sino más bien una enfermedad, no es, pues, algo que deba darse ni algo que por desgracia tenga que darse inevitablemente, no tenemos por qué resignarnos a la misma. El investigador de la paz y conocedor de los hombres sabe que la hostilidad es una mezcla confusa de estupidez y malicia. Sin embargo, advierte: «la hostilidad no se puede tratar desde fuera ni como estupidez ni como maldad, precisamente porque no se le puede vencer ni con la instrucción ni con la condena… Solo con la curación llega el enfermo a ser dueño de sí mismo, en la medida de que como enfermo era necio y culpable. El enfermo cuya enfermedad no ha sido curada o que aún no ha podido serlo, necesita de cuidados, la curación de la hostilidad, de la violencia, no es posible, desde una perspectiva humana, sino desde un marco que abarca la solicitud en favor del enfermo».

Hace unos días vi en Nat Geo un documental sobre los chimpancés y quedé tremendamente impresionado. El documental muestra la brutal agresividad de esos animales, las guerras planeadas, las luchas por la extensión territorial y la fuerza incontenible de su furia desatada. De esa furia ciega no escapan ni ellos ni las hembras ni los bebés, furia ciega a toda referencia. Hembras y machos mueren igual una vez que se ha desatado la guerra. El comentarista hacía notar que son nuestros parientes más cercanos; compartimos con ellos el 98% de las características. Plan de ataque, furia incontenible, lucha por expansión territorial y dominio del grupo, a los monos menores los copan inteligentemente para matarlos y comérselos. El documental se llama “Violentos por naturaleza”. Me quedé impresionado; incluso, utilicé el tema en mis homilías de este domingo. Sí; Pablo nos invitaba a deponer toda actitud agresiva y nombra especialmente la ira. El narrador, en el documental termina preguntándose si esa brutalidad agresiva de nuestros parientes cercanos, no la habremos heredado integra. Él mismo contesta diciendo que nosotros poseemos la libertad y conocemos lo que es el pecado capital de la ira. Decía yo en mi homilía que, afortunadamente, los chimpancés no han podido inventar todavía ni la bomba atómica ni las armas largas; si lo lograran téngalo por seguro que las usarían contra sus semejantes. Tampoco violan a los bebés. Y recuerdo las palabras de Goethe: ese rayo de inteligencia que Dios ha dado al hombre solo le ha servido para ser más bestias que las bestias. Vea ese documental y luego sentiremos el deseo de ir a confesarnos.

A una humanidad que ha perdido el control de su placer de agresión, como los chimpancés, le dice von Weizsäcker: «bajo el aspecto de la agresión el hombre aparece como un animal enfermo, como tocado del corazón». El hombre sano es el ser dueño de un lenguaje amable, de la comunicación pacificadora y comunitaria en la corriente de la tradición sapiencial y que, mirando por sus semejantes y descendientes, busca en común la verdad salvadora. El hombre, en cambio, al que le falta la palabra pacificadora, esta anímicamente enfermo de gravedad. Cuando esa incapacidad y actitud negativa llegan tan lejos que con ellos se pone en juego el sentido fundamental de la vida humana y hasta la sobrevivencia del a misma especie, el hombre está enfermo de muerte.

Pero si tenemos la gracia afortunada de la fe, el mal ha de ser visto desde Dios para evitar el derrotismo, la claudicación, el fatalismo que lleve a creer que la hostilidad es una nececidad, que somos así, incurables seres hostiles y violentos.

En la oración litúrgica diaria a la que estamos “obligados” los sacerdotes encontré este jueves una pieza de oro de uno de los más grandes teólogos y santos del cristianismo oriental, San Gregorio obispo de Nisa, en la Capadocia, región central de la actual Turquía. Muere hacia el año 394y es uno de los más grandes teólogos de cristianismo. El santo padre comenta el pasaje de Pablo: «él es nuestra paz; por medio de la cruz dio muerte a la hostilidad, creando una sola y nueva humanidad». (Ef.2,14-16). Tal vez esto sea ir a las causas profundas y ultimas del desastre que vivimos; lo demás es perder el tiempo analizando la enfermedad sin esperanza de remedio mientras el rancho está ardiendo. He aquí esta pieza:

«Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Teniendo en cuenta que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es el mismo Cristo. Él ha dado muerte a la hostilidad. No permitamos, pues, de ningún modo que esta enemistad reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo muerta. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora que yace bien muerta, no seamos nosotros quienes la resucitemos en perjuicio de nuestras almas, con nuestras iras y deseos de venganza.

Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos la enemistad, de manera que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe. Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en su persona un solo y nuevo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la voluntad no sólo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las tendencias de la carne y del espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario, someter a la ley divina la prudencia de nuestros instintos, y así, superada esta dualidad que hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos.

La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad y propiedad de este apelativo de Cristo.

Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan para iluminarnos, para que nos desnudemos de las obras de las tinieblas y andemos como en pleno día, con dignidad, y apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.

Y si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras, sino con los actos de nuestra vida».

Si alguien me muestra un mejor camino para lograr la paz, yo lo sigo. Lo demás es estar regodeándonos en nuestra miseria haciendo refritos y análisis tan arrogantes como inútiles.

 

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