VIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO. A

Is. 49,14,15; Sal. 61; 1Cor. 4,1-5; Mt. 6,24-34

 

El preocupado es aquél

que quiere ser su

propia divina providencia.

(F. Nietzsche).

 

“La providencia es el cuidado de que Dios tiene de las cosas creadas”, ‘nombre femenino de Dios’ (Bernanos); como una mujer abraza con el corazón a su niño, Dios nos envuelve con su dulce solicitud, pidiéndonos descargar en él todas nuestras angustias. El dinero es, con frecuencia, la última defensa que le oponemos…

 

Is. 49,14,15 – Amor sin límites – El amor de Dios por su pueblo es como el amor de una madre por su hijo, e incluso más, porque hay madres que abandonan a sus hijos pero Dios no abandona a los suyos. Y es extrañamente significativo que el amor materno sea el modelo del cual toma luz el profeta para explicar de algún modo el amor infinito de Dios por nosotros. No hay, en efecto, sobre la tierra amor más grande que el amor de una madre por su hijo. Pero el amor de Dios es más fuerte todavía. Vemos con tristeza cómo algunas veces el amor materno falla y falla tremendamente, por exceso o por defecto. Tertuliano decía que Dios es “Padre como ninguno”, como decir, el mejor de todos los padres. Podríamos decir también que Dios es ese amor maternal “como ninguno”. (cf. Sal. 131,2;27,10).

 

Sal. 61 – Oración de confianza sólo en Dios. vv.2-3. El salmista ha encontrado asilo y salvación en el templo. Comienza afirmando enfáticamente esta experiencia religiosa «sólo en Dios», y subrayándola en tres títulos emparentados: «mi roca», «mi salvación», «mi alcázar». vv.8-9. Una nueva confesión pública prepara la invitación. El título «pueblo suyo» ya es un título para la confianza; y la súplica a Dios ha de ser íntima y sincera.

 

Transposición cristiana. En Cristo, Dios se nos hace presente, y por eso es él nuestro templo: en Cristo encontramos refugio y ponemos nuestra confianza. Él nos da la gran confianza para acudir al Padre y desahogar ante él nuestro corazón.

 

1Cor. 4,1-5 – Cuidémonos de juicios prematuros – Hoy, como en tiempos de san Pablo, aquellos que anuncian a Cristo son un signo de contradicción entre los hombres, en la iglesia y en el mundo. Nosotros los admiramos o los criticamos según nuestras ideas personales. Pablo recuerda que lo esencial no es agradar a los hombres, sino ser fieles a la palabra de Dios que es necesario anunciar en su totalidad, aun cuando ello suscitase enojo. A los seguidores de Cristo, Pablo pide no juzgar en función de sí mismos: dejen para el futuro la obligación de juzgar.

 

Mt. 6,24-34 – Una sola cosa es necesaria – Jesús se dirige sucesivamente a ricos y a pobres: a los primeros les dice que no se dejen sofocar por el afán de tener de dinero; a los segundos que no se atormenten por la preocupación del dinero. No es posible poseer el dinero o desearlo codiciosamente sin dejarse poseer por él, sin amarlo, sin esclavizarse a él. Hay un único camino posible que realiza nuestra vida en la alegría y en la esperanza verdadera: “Busca primero el reino de Dios y su justicia”. Pero no olvidemos que el evangelio, el reino de Dios es para los pobres, y su “justicia” es la que debemos buscar. Justicia quiere decir guardar la debida relación con Dios. «¿Quién es justo a tus ojos, Señor?» (cf. Sal. 15 y 24).

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La fe en movimiento se llama confianza; no podemos hablar de fe sin la confianza que se pone en aquel o en aquello  en que se cree. La crisis de la esperanza de la que habla el filósofo moderno puede llamarse también crisis de confianza, por lo tanto, de fe. ¿Confiamos realmente, en Dios?, o lo que es lo mismo, ¿creemos en él, le creemos a él, tenemos fe? San Juan dice: nosotros sabemos en quién hemos creído; nosotros hemos creído en el amor. En el amor providente y amoroso de Dios Padre en cuyas manos está cada momento de nuestra vida y de la historia toda de la humanidad no obstante tantas quejas, gritos y chillidos.

Es el  tema de la liturgia de la palabra de este domingo; y  nos lleva a una pregunta sencilla pero determinante: ¿tenemos puesta nuestra confianza en Dios o, en nuestras ilusiones, en nosotros mismos, en nuestras capacidades? La idolatría no es, a la postre, más que un acto de desconfianza en Dios. No volveremos a llamar Dios a las obras de nuestras manos, dice el profeta Oseas. La liturgia de este domingo toda ella es una invitación a la confianza en Dios, en el Dios revelado por Jesucristo, que sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, que alimenta a los pajaritos del cielo y viste a las flores del campo con los más bellos colores. La liturgia de este domingo nos habla del “amor maternal” de Dios que no se olvida de sus hijos.

Así comenta Luis Alonso Schökel la primera lectura: El poema (49,14-26) se dirige a Sion, es decir, al pueblo presentado en figura de Matrona. Es un oráculo de salvación, un consuelo para Sion. Como una madre abandonada por el marido, indefensa, no ha podido proteger a sus hijos; el enemigo los ha arrebatado como cautivos de guerra, y ella ha quedado solitaria. En la soledad rumia  su desgracia reprochando al marido ausente; y cuando escucha palabras de consuelo, interpone las dudas de su dolor. Así surge el desarrollo del oráculo en tres partes, cada una introducida por una queja o dificultad de Sión: la primera piensa en el marido, la segunda duda ante los hijos, la tercera duda ante el enemigo.

 

La queja de Sión suena como el dolor de la abandonada (ver. 14). La respuesta de Dios suena con acento de pasión maternal; el amor maternal adquiere así sentido, como símbolo de la revelación de un amor divino, más alto y más constante. Es un amor que no se basa en la respuesta del niño, que tiene algo de irremediable e invencible: ¿puede una madre olvidarse de su creatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Profetas. Vol.I.ad loc.). La paz, la confianza, que brota de tal certeza, es lo que Jesús, en su momento, quiere despertar en nosotros.

 

No pocas veces vivimos la sensación o una situación de real abandono; como sociedad vivimos también la sensación del abandono. No olvidemos que nos dirigimos a una sociedad estresada, herida, fracturada. La pregunta que se oye por doquier, en todo momento, y en todas partes, es: ¿hasta cuándo terminará esto? ¿Por qué Dios permite tanto mal? No pocas veces llegamos, incluso a reclamarle a Dios porque sentimos que nos ha abandonado, porque permite todas estas cosas. Sin entrar en más detalles, en nuestra homilía podemos hacernos eco de esta sensación de abandono, ayudarnos a enfrentar la sensación de ir avanzando por un  camino hacia ninguna parte.  En este contexto tenemos que escuchar el oráculo divino; pero todo oráculo de salvación tiene como contrapartida dos puntos: la denuncia del pecado del pueblo, y por lo tanto, la necesidad de la conversión. También es una constante bíblica la confirmación de que es el pecado, el alejarse de Dios, el oscurecimiento del sentido de Dios,  lo que determina la desgracia y el sufrimiento del pueblo. No es de extrañar, entonces, que por medio del profeta, Dios llame a su pueblo: «vuelvan a mí y yo los salvaré».

 

En el salmo responsorial (61), la confianza que se ha de tener sólo en Dios, se convierte en oración. También ante el embate de enemigos poderosos, el salmista excita su confianza en Dios por la oración. Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré de tal manera. Por eso este poeta desconocido nos invita a repetir su experiencia: Pueblo suyo, confiad en él, desahogar ante él vuestro corazón, que Dios es nuestro refugio. Pero si tenemos que confiar en él, tenemos que desconfiar “de nuestras seguridades”: no confíes en la opresión, no pongáis ilusiones en el robo; aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón (ver.v.11). Sería muy conveniente leer el salmo completo en la homilía para comentar las palabras de Jesús. El Sirácide nos amonesta: No confíes en tus riquezas ni digas: con ellas todo lo tengo (5,1).

La primera lectura y el Salmo constituyen el mejor comentario de las palabras de Jesús que leemos este domingo. Como he dicho anteriormente, Jesús no es “muy original”; él ha bebido en la profunda y milenaria religiosidad de su pueblo y en la palabra de Dios lo que él ahora nos revela con plenitud.

Continuamos leyendo El Sermón de la Montaña. El v.24 nos transmite una instrucción sobre el servicio exclusivo a Dios. El servicio de Dios exige un desprendimiento respecto de los tesoros ilusorios (cf. 7,19-21). (porque donde está tu riqueza está tu corazón), una decisión sin equívocos (7, 22,23), una entrega exclusiva de todo otro servicio (v.24). Nadie puede servir a dos señores, dice Jesús. Aquí el término servir se puede traducir mejor como pertenecer. No se trata solamente de un trabajo efectivo que se ha de cumplir, sino de la disponibilidad total del esclavo o del servidor respecto a su Señor. Este exclusivismo está bien marcado por lo que sigue del versículo: se está o no se está vinculado a un señor o amo. No se trata, como sucede ahora, de tener «dos trabajos» sino de pertenecer, o mejor, de tener «dos amores». No se pueden tener dos amores, dice por ahí una canción. De eso se trata. Ya nos lo decía el salmo: Si aumentan tus riquezas, no les des el corazón. En este sentido las palabras de Jesús son absolutamente válidas porque el dios dinero es el principal rival de Dios y el hombre no puede servir a estos dos señores simultáneamente. Pero la idea de pertenencia de amor exclusivo que Dios exige es lo que debe quedar claro.

Instrucciones sobre las preocupaciones (vv.25-34). El punto medular de estas perícopas está en la idea de la entrega exclusiva, y por lo tanto confiada, al servicio de Dios. Estos versículos no enseñan una confianza pasiva, no enseñan una actitud de imprevisión,  no invitan a la pereza ni a la desidia; no enseñan tampoco una filosofía oriental ni una equivocada confianza en la Providencia, (fideísmo) ni el desprecio o descuido de las necesidades materiales, opuestas a las del alma, ni el optimismo despreocupado, característico de las civilizaciones agrícolas. Llaman al hombre a una búsqueda de lo esencial y, en consecuencia, a una sosegada simplificación de su tren de vida. Jesús ha querido componer dos concepciones del trabajo, pero no oponer el trabajo a la ociosidad ni el trabajo a la confianza inactiva en Dios.

 

Los pajaritos no se ponen como ejemplo por su inactividad, sino por su actividad sin inquietudes ni agobios. Nadie hemos visto a un pajarillo que tenga que visitar al psicólogo, que tenga gastritis y colitis, que le duela la espalda o que tengamos que curarlo del estrés. Los pajarillos son inquietos y buscan infatigablemente su alimento, es decir, los pajarillos trabajan, pero Dios los colma sobradamente, por encima de todo lo que hacen. Ellos serían incapaces de proveerse por sí mismos y por sus solas fuerzas de lo que necesitan para vivir. En este sentido los pajaritos deberían de ser un ejemplo en nuestro mundo de trabajo, de tensiones, de luchas, de competitividad. Hay una frase por ahí que todos conocemos “hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar”. O, “a Dios rogando y con el mazo dando”; o como decía S. Agustín: “trabaja como si todo dependiera de ti, sin olvidar que todo depende de Dios”.

La maravilla de las maravillas, que el hombre debe a Dios, es la vida; lo que el hombre añade a la vida le hace correr el peligro de ocultarle su fascinante esplendor. Si el Creador dispensa tanta belleza a las florecillas del campo, que por la mañana brotan hermosas y en la tarde se marchitan ¿con cuánta más razón Dios proveerá a sus hijos de lo que necesiten?

La inquietud o la angustia se expresan en una serie de cuestiones sintetizadas en estas tres necesidades del hombre, comida, bebida y vestido, son necesidades elementales y legítimas. La falta del hombre o de los discípulos no es sentirlas, sino sentirlas sin confianza.

Una vez más, el hombre aparece caracterizado, no por lo que es en sí mismo, sino por aquello a lo que tiende con todas sus fuerzas, por aquello que es «su tesoro»(19,21); en esta búsqueda inquieta, sin confianza en Dios, aparece el «paganismo», es decir, la actitud de quienes no conocen a Dios. Se tata, entonces, del “hombre enajenado”, de aquel que ya no se pertenece, sino que acaba siendo cosa como las cosas que maneja, acaba llamando dios a las obras de sus manos. El verdadero anhelo de los discípulos que suplen la búsqueda angustiosa de los paganos, es el anhelo gozoso y decidido del Reino. Todo lo demás vendrá por añadidura.

Homilía. En el evangelio de hoy se nos habla de las providencias divinas. La vida de la iglesia está llena de santos que en su vida han experimentado continuamente la protección de Dios, como S. Juan Bosco, Luis Orione, el Cura de Ars o la madre Teresa de Calcuta. Basta leer sus biografías para darse cuenta de que en muchas ocasiones estuvieron al límite de no poder pagar una deuda, atender a un pobre o alimentar a la gente, y el Señor intervenía.  Madre Teresa refiere esta anécdota: «Cuando abrimos nuestra primera casa en Nueva York, el cardenal Cooke parecía muy preocupado por el sostenimiento de las hermanas y decidió asignar una cantidad mensual a este fin. Yo no quería ofenderle, pero, al mismo tiempo, tenía que explicarle que nosotras dependemos de la divina providencia, que jamás nos ha faltado. Por eso, al término de la conversación, le dije medio en broma: “Eminencia, ¿acaso piensa que va a ser justamente en Nueva York donde Dios tenga que declararse en quiebra?”». Tal es la confianza en Dios.

Pero ninguno de estos santos eran personas despreocupadas. Todos ellos pedían para sus obras y trabajaban hasta el agotamiento. Sin embargo, buscaban ante todo cumplir la voluntad de Dios. Sabían que estaban colaborando en algo que el Señor les había pedido y por eso confiaban en él. Lo leemos en el evangelio de hoy: Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

 

Jesús nos indica un orden en las cosas. Los ejemplos anteriores no significan que debamos pensar que Dios va a proveer a cada necesidad nuestra mediante un milagro, pero nos sirven para entender que Dios cuida de nosotros y quiere nuestro bien. Puede suceder que nos pasen desapercibidas acciones de Dios a favor nuestro por el simple hecho de que vivamos encerrados en nosotros mismos, construyendo nuestra propia obra y sin prestar atención a Dios. La providencia de Dios la percibe quien está en relación con él.

Es fácil que un hijo, malcriado y desagradecido, sea inconsciente de lo que cada día hacen por él sus padres. Ni se da cuenta de que lo cuidan ni se sorprende cada día al encontrar la comida en la mesa o la ropa planchada. Se ocupan de él, pero sirve de poco si no lo agradece. Al recordarnos el cuidado que Dios tiene de nosotros, Jesús nos invita a limpiar la mirada para descubrir cada día su cercanía y su cuidado. Por eso, nos advierte también del peligro de apegarnos al dinero o de vivir obsesionados por la seguridad material.

Los filósofos modernos dicen que la angustia es la anticipación de un mal futuro, principalmente la muerte. El cristiano no puede vivir angustiado, porque se fía de Dios y pone en él su vida. Desde esa confianza han surgido y siguen surgiendo en la historia de la iglesia muchas iniciativas educativas y caritativas a favor de otros. La mayoría empiezan con una gran precariedad de medios, porque se busca un bien, el reino de Dios, expresado en el amor al prójimo y se confía en la ayuda de quien nunca defrauda. Poner nuestra vida en manos del Señor nos trae también la paz. Además nos ayuda a tratar adecuadamente los bienes terrenos sin poner en ellos nuestro corazón y dejando que sea Dios quien los cuide. Por lo demás, debemos tener cuidado con las cosas que Dios pone a nuestra disposición.

 

 

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