1 Sam. 26,2.7,9. 12,13.22-23; Sal. 102; 1Cor 15, 45-49; Lc. 6,27-38

Sed misericordiosos como
Vuestro Padre es misericordioso.

Poco antes de la era cristiana, un rabino recomendaba:
“No hagas a otro lo que a ti te desagrada. Toda la ley está aquí. El resto, no
es más que un comentario”. (Hillel). Jesús no se detiene en este punto, sino
que nos llama a una transformación más profunda de nuestra mentalidad: «Amen a sus
enemigos, hagan el bien a quienes los odian, lo que quieran que los demás hagan
con ustedes, háganlo ustedes con ellos». Nadie, ahora, puede ser excluido de
nuestro amor, ni siquiera los enemigos declarados, ni siquiera los que nos persiguen
y difaman.

1 Sam. 26,2.7,9. 12,13.22-23.- Una ley contestada – El
Rey Saúl, dominado por la enfermedad de los celos, quiere asesinar al joven
David y lo persigue por todas partes. Una noche David se encuentra en la
posibilidad de vengarse de su perseguidor y asesinarlo: “Abisay, guardia de
David, le dice: Dios lo ha puesto en tus manos. Deja que lo clave de un solo
golpe en tierra con su propia lanza. David replicó: No lo mates. ¿Quién puede
atentar contra el ungido del Señor y quedar sin pecado?”. David no responde al
odio enfermizo, a los celos, a la envidia con la violencia. La bondad y la
humanidad son características del joven David, pero más todavía su justicia, su
fidelidad y el temor de Dios.  David, de
hecho, tiene temor de Dios, y rechaza la ley de la venganza.  En esto prefigura a Cristo «manso y humilde de
corazón», promulgador de la ley nueva del amor y del perdón.  

Sal 102, 1-2. 3,-4. 8-10.12-13.- Este “Te Deum” del
A.T. es un himno que canta la misericordia amorosa de nuestro buen Dios. Leemos
algunos versitos de él. Luego de una introducción (v.1), el salmista da gracias
por los beneficios experimentados: ante todo, el perdón de los pecados; y junto
con esto, el haber sido liberado del peligro de muerte, de modo que su vida
parece volver a empezar en una nueva juventud. (3-5).  De la experiencia personal pasa a las grandes
experiencias históricas del pueblo. Dios hace justicia defendiendo al oprimido
contra el opresor. En el v.8 leemos la gran definición de lo que es Dios: una
fórmula cúltica que concentra muchas experiencias de convivir con Dios: el
Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

En su actuación frente al pecado de los hombres,
muestra Dios principalmente su misericordia: la confesión humilde es la gran
apelación. (v.10:
“no nos trata
como merecen nuestros pecados/ ni nos paga según nuestras culpas
”). En tres comparaciones va creciendo la intensidad hasta esta cumbre
del salmo: la ternura paternal de Dios: “
Como un padre siente ternura por sus hijos/, siente el Señor ternura por
su fieles
”. (v.12).

(Esta paternidad tendrá su revelación plena en el
N.T.  ver: 1Jn. 3,1 y sobre todo Rom
8,14-17.  En Cristo se revela el amor del
Padre, su comprensión de los hombres, su misericordia perpetua).  

1Cor 15, 45-49.- Accesible solo por la fe – En tiempos
de Pablo, un sistema filosófico llamado “gnosis” disfrutaba de un gran
prestigio. Distinguía entre otras cosas cuerpos “animales” (los hombres de la
tierra) y hombres espirituales (a ejemplo de los astros).  Pablo toma cierta distancia en relación a
estas concepciones. Pablo no tenía nuestra misma sensibilidad, y encontraba en
la gnosis la ocasión de mostrar que un cuerpo resucitado es diverso de un
cuerpo terrestre. Sin embargo, la idea fundamental de Pablo en todo el capítulo
15 es que la resurrección es cierta, pero no se puede decir nada, no hay
explicaciones exhaustivas, entra en el misterio escondido de Cristo, accesible
solo por la fe.  

 Lc. 6,27-38.-
Las condiciones de la felicidad – Las exigencias formuladas por Jesús en el
discurso de la “llanura” son tan radicales que no dejan de desconcertarnos.
Sobre todo, hoy el amor a los enemigos nos hace mucho ruido. A este propósito
hay quien en nombre del evangelio aprueba la violencia y quien la condena. El
contraste no se remediará jamás, hasta que quien condena la violencia no crea
verdaderamente en la ley del amor, comprometiéndose a servir al prójimo en sus
derechos fundamentales, con desinterés, verdad y justicia.  Pero a veces tomamos la paz evangélica para
nuestras mediocridades. Y cuántas veces hablamos del evangelio con el corazón
lleno de odio y resentimientos, de celos, envidias y deseos de venganza. Lo
hacemos coexistir con nuestras emociones corrosivas.

+++

No cabe duda de que
estamos frente a una exigencia propuesta por Jesús que nos rebasa por completo.
Creo que esta doctrina es más fácil vivirla que explicarla; o si se quiere,
explicarla con la vida. A poco de entrar en comunión con Jesús, comprendernos que
en realidad se trata, no solo del mejor, sino del único camino posible para
vivir bien, de manera razonable. Por otra parte, la doctrina de las
bienaventuranzas se encuentra esparcida por todo el evangelio; Jesús no nos
pide nada que él no haya hecho primero.

+++++

El texto de Lucas que
leemos hoy tiene dos centros en torno a los cuales gira el mensaje, (y todo el
evangelio): el amor a los enemigos (6,27-35) y la misericordia y benevolencia,
(querer bien), cristiana (6,36-38). El primer centro gira en torno a un dicho
sapiencial: “lo que no quieras que hagan los hombres contigo, no lo hagas con
ellos”, y el segundo, gira en torno a la expresión exquisitamente evangélica:
“Sed misericordiosos como vuestro Padre Celestial es misericordioso”. Estos son
los dos centros.

El amor a los enemigos
(6,27-35). Jesús se dirige de nuevo a los destinatarios del discurso, “los
discípulos” (v.20). La nueva ley que propone Jesús a sus discípulos se expresa
en sus líneas fundamentales con los verbos amar, hacer el bien, bendecir, rogar.
En cambio, los “enemigos” son descritos con los verbos odiar, maldecir y
maltratar, difamar.  Encontramos aquí lo
que nos dice la última de las bienaventuranzas: “Dichosos ustedes cuando los
odien… expulsen, insulten y calumnien por causa mía”. (v.22).

Jesús extiende este
principio a límites infinitos, lo extiende hasta el amor a los enemigos poniéndole
una carga inaudita. Y solo Lucas añade al precepto “amen a sus enemigos”; aquello
de que “hagan el bien a quien los odian, bendigan a los que los maldicen, oren
por los que los persiguen y calumnian”, es el máximo de exigencia.  El cristiano debe desarrollar este deseo de
bien a todos los hombres alcanzando incluso esa área temible y hostil de los
enemigos. La ejemplificación de la bofetada del manto y del préstamo es una
concretización viva y comprometedora. El cristiano deberá ponerse en esta línea
y será siempre el resultado del contacto con Jesús que nos enseñó a rezar,
“perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

El segundo centro está,
por el contrario, basado en otra expresión: “sed misericordiosos…”. El modelo
ahora es infinito, es el amor de Dios. Y es a través de ésta “imitación” de
Dios como nos transformamos en hijos suyos. Es de notar que el pasaje paralelo
de Mateo pone el acento en la perfección, mientras que Lucas lo pone en la
misericordia.  De hecho, el evangelio de
Lucas destaca con colores muy intensos la misericordia de Dios que se ha
manifestado en Cristo.

Nosotros vivimos a
partir de esa misericordia. En un célebre pasaje, S. Bernardo dice: “Luego mi único mérito es la misericordia
del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y
porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y
aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, donde abundó el pecado
sobreabundó la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también
cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¿Cantaré acaso mi propia
justicia? Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también
mía, pues tú has sido constituido mi justicia de parte de Dios”.

La no violencia.

Gandhi, Luther King y
muchos otros han hecho de las bienaventuranzas la fuente de su inspiración. El
grito de Albert Camus, lanzado en 8 de agosto de 1945, comprueba la validez y
universalidad permanente del mensaje de Jesús sobre la paz: “La única batalla razonable es el compromiso por la
paz. Ya no se trata de una petición, sino de una voz de mando de los pueblos a
los gobernantes: la orden de elegir definitivamente entre el infierno y la
razón”.
La motivación última de Jesús es la
actuación del Padre que es generoso con los ingratos y los malvados y hace
salir el sol para los justos y los pecadores.

Es evidente que vivimos
un momento especialmente violento a todos los niveles. Con cuánta razón
Bernhard Häring nos habla en su libro “La No Violencia”, de “la enfermedad
mortal en plena expansión”, que se ha echado de ver en las guerras horrendas
que marcaron el siglo XX y marcan lo que va de éste.

La hostilidad característica
de nuestra época es una ceguera como consecuencia de la verdad reprimida, (los
que han aprisionado la verdad, rom.1,18), de un modo neurótico. El valor para
llegar a la verdad, cuyo núcleo es el amor que nos conforta y estimula, es el
alma de la capacidad pacificadora. La hostilidad no es un aspecto de la salud
humana sino más bien una enfermedad.  No
es, pues, algo que deba darse ni algo que por desgracia tenga que darse
inevitablemente.  No tenemos por qué
resignarnos a la misma. El investigador de la paz y conocedor del hombre sabe
que la hostilidad es una mezcla confusa de estupidez y malicia. Con todo, la
hostilidad no puede tratarse desde fuera ni como estupidez ni como maldad,
precisamente porque no se la puede vencer ni con la instrucción ni con la
condena. Solo con la curación, la sanación, llega el enfermo a ser dueño de sí
mismo, en la medida de que como enfermo, era necio y culpable.  El enfermo cuya enfermedad no ha sido curada,
o que aún no ha podido serlo, necesita de cuidados. La curación de la
hostilidad no es posible, desde una perspectiva humana, sin un marco que abarca
la solicitud en favor del enfermo ¿Quién duda hoy que estamos en medio de una
sociedad enferma? Lo afirman los mejores psicólogos.

Pero también a nivel
personal necesitamos sanar la enfermedad de la violencia. Nosotros tomamos como
pretexto los odios fratricidas que lastiman a los pueblos para sustraernos de
nuestras responsabilidades inmediatas como si de un proceso de justificación se
tratara. Hoy mismo, aunque fuesen solo dos o tres personas debemos tomar la
decisión de amar en el nombre de Jesús y perdonar y pedir perdón. “Por lo que a
ustedes respecta, vivan en paz con todo el mundo”, aconseja Pablo. Este amor se
caracteriza siempre como la superación de un muro, de una repugnancia, de una
incompatibilidad humana, como el amor de Cristo por nosotros, que ha derrumbado
el muro de la separación que nos mantenía lejos de Dios y como extranjeros. Sean
dadas gracias a Dios, a aquél que «por medio de la cruz, ha matado en sí mismo
la hostilidad».  (Ef. 2,16) Esta es la
herencia que él nos ha dejado y que debemos hacer nuestra, si queremos
continuar llamándonos discípulos de Jesús.

+++++++

A raíz del Año de la
Misericordia, cuyo lema fue precisamente este texto de Lucas, compartí con
ustedes seis entregas en las que se destacaba precisamente este dato: Lucas, el
evangelio de la Misericordia. Una de esas entregas, la número 6, la comparto
contigo ahora. (recién te he mandado el ensayo completo).

Viendo,
pues, con san Lucas, a Jesucristo en quien han sido reconciliadas todas las
cosas, (cf. Ef.1,3-10; 2,13-16), nos damos cuenta de que todos somos pecadores,
que todos hemos sido reconciliados con el Padre en él. Si la misericordia nos
alcanza es en él. Nosotros nos apoyamos sobre la vida que él nos da para gustar
una inocencia que brota no de nuestro propio querer, sino de nuestra aceptación
de la misericordia que ya se ha manifestado en la historia.

Afirmando
que él está con nosotros hasta el fin del mundo, Jesús nos dice que la
misericordia ofrecida en su vida entregada es él, presente, enraizada en
nuestras vidas sometidas a la tentación, heridas, pecadoras, pero llenas de
confianza. Nuestra confianza descansa sobre el perdón definitivo que es él
mismo, sobre esta misericordia inscrita en la historia y en los brazos de la
cruz. 

Para
cambiar nuestras vidas, nosotros no esperamos una utopía o un mesianismo
futuro. Nosotros cambiaremos nuestra vida por su poder que atraviesa la
historia. Si podemos reconciliarnos con Dios y con “los otros” es que, un día,
el universo fue reconciliado definitivamente en Cristo.  De hecho, es la misericordia la que mueve los
hilos del tiempo de los hombres y que asegura la presencia divina desde los
orígenes hasta nosotros. La misericordia renueva el proyecto original, lo
fortalece, lo garantiza y le da un sabor de eternidad. En Cristo, hemos sido ya
reconciliados, es decir, tejidos de la misma estofa de las Tres Divinas
Personas. (A imagen y semejanza de Dios). ¿O es que no participamos ya, a nivel
de la gracia, de la naturaleza divina, como nos dice Pedro? ¿No se hizo Dios
hombre para que nosotros no hiciésemos dioses, como dicen los Padres? La
resurrección de Cristo, manifestada en nuestros cuerpos mortales nos hace
experimentar que este amor paterno es más fuerte que la muerte, tanto física
como espiritual. Vivir de la misericordia, es vivir una liturgia Pascual.

En
el desarrollo de su evangelio, Lucas lleva al lector a confesar su complicidad
con el escándalo de la muerte de Cristo (ver El sentido del cap.13). En efecto,
el lector, ¿no se ve tentado a vociferar como la multitud: «crucifícalo,
crucifícalo» (23,21); nosotros somos pecadores, y reconociéndonos como tales,
es como puede surgir la seguridad de una misericordia universal, pero siempre
singular, es decir, que toca a cada uno en particular (como al buen ladrón),
pero abierta a todos. La cruz es el cumplimiento del programa mesiánico
proclamado por Jesús en Nazaret (4,18-21). Si Jesús se hunde en el poder de las
tinieblas, baja a los infiernos, (22,53), es para que la luz de su filiación
divina, de su reino, de su mesianidad, aparezcan en el gran día. En el seno de
las tinieblas que cubre la tierra entera, (23,44), «el sol se eclipsó», el
Santo de Dios aparece a los ojos de todos porque el velo del Santuario se ha
rasgado. (23,45). Tanto el judío como el centurión, están llamados a reconocer
en esta figura perfecta de la inocencia, al «justo», al único justo; es el
momento cuando el resucitado, y nosotros con él, tomamos verdaderamente lugar
en el Templo de la Jerusalén celeste, por pura gracia.  Y si las multitudes presentes en esa escena
han vuelto a la ciudad golpeándose el pecho, es que presintieron el gran
misterio del perdón que se realizaba.  A
todo pecado, misericordia, para aquél que tiene la humildad de reconocerlo,
misericordia. Si el hombre Dios ha muerto por nuestras faltas, en su cuerpo
entregado por nosotros, se encuentra nuestro perdón y nuestra vida nueva. La
misericordia pasa por el cuerpo entregado de Cristo, entregado «en manos de los
pecadores». Este misterio permanece actual a través del cuerpo de la iglesia,
de los bautizados y también de los diversos ministerios de la misericordia. (en
la Eucaristía)

Lucas
nos muestra que existe un verdadero dinamismo de la misericordia que teje los
lazos fraternales de la humanidad. Si Dios nos ha hecho misericordia en Cristo,
en el mismo movimiento, nosotros estamos llamados a hacer misericordia a los
otros. Quizá haya que usar el verbo “hacer” con la misericordia como
complemento directo, mejor que el verbo “tener”.  Es el sentido de las palabras del Padre
Nuestro. El lugar de la cruz es central. La muerte de Cristo nos revela que las
raíces más profundas del mal en el mundo, se hunden en el pecado y en la
muerte. La resurrección es la revelación completa de un amor misericordioso y
vencedor. «Cantaré sin fin la misericordia del Señor» (Sal. 89,2). La resurrección
anuncia «el cielo nuevo y la tierra nueva» (Ap. 21,1), mientras que el «mundo
viejo» (Ap. 21,4) no haya pasado, la cruz será el lugar donde el amor se revela
como misericordia. La persona de Cristo sobre la cruz, es una llamada
paradójica para cada cristiano. 
Identificado con el pecado, (Dios lo hizo pecado por nosotros), y con
todo pecador, Cristo se ofrece también a nuestra misericordia. Nosotros no
podemos tener misericordia sin Dios, pero Dios nos pide tener misericordia de
su Hijo crucificado. Cristo suscita por su inocencia ofrecida, nuestra
misericordia porque ha sido su amor que lo identifica con los pecadores. Se
trata de una llamada a vivir éste «admirable intercambio» entre Cristo y cada
uno de nosotros.  Comprendiendo poco a
poco lo que hemos hecho crucificando a Cristo (23,34), puede nacer en nosotros
el deseo de sufrir con él, de probar como él las penas y los dolores por el
pecado de los hombres; y de hacer la súplica humilde y confiada como nos
aconseja S. Ignacio en los Ejercicios (Tercer Preámbulo. 104).

La
contemplación de Cristo en la cruz produce los frutos de perdón en nosotros.
Asociándonos al don de su vida por todos, nos transforma en personas-de-perdón,
en personas misericordiosas. Ir hasta las últimas consecuencias de la
misericordia de Cristo, es actuar como él y con él.

Por
último, digamos que la misericordia es más amplia que el perdón. Se inscribe en
la historia de los hombres en muy diversas formas. El año jubilar nos invita a
una lectura del tercer evangelio bajo esta perspectiva: ¿Qué aspectos toma, en
los hechos y dicho de Jesús narrados por Lucas? Este sobrevuelo nos hará
descubrir la importancia de la misericordia en la vida cristiana. Tener
misericordia es una obra humana de todos los días.

Quiero
terminar parafraseando las palabras de Jesús: Cuando venga el Hijo del hombre,
¿encontrará fe en el mundo? Si no encuentra fe, tampoco encontrará
misericordia. Ni amor, solo odio. Seamos, pues, misericordiosos, como nuestro
Padre Celestial es misericordioso.

1 Sam. 26,2.7,9. 12,13.22-23.- Una ley contestada – El
Rey Saú, dominado por la enfermedad de los ellos, quiere asesinar al joven
David y lo persigue por todas partes. Una noche, David se encuentra en la
posibilidad de vengarse de su perseguidor y asesinarlo: “Abisay, guardia de
David, le dice: Dios lo ha puesto en tus manos. Deja que lo clave de un solo
golpe en tierra con su propia lanza. David replicó: No lo mates. ¿Quién puede
atentar contra el ungido del Señor y quedar sin pecado?”. David no responde al
odio enfermizo, a los celos, a la envidia con la violencia. La bondad y la
humanidad son características del joven David, pero más todavía su justicia, su
fidelidad y el temor de Dios.  David, de
hecho, tiene temor de Dios, y rechaza la ley de la venganza.  En esto prefigura a Cristo «manso y humilde de
corazón», promulgador de la ley nueva del amor y del perdón.  

Sal 102, 1-2. 3,-4. 8-10.12-13.- Este “Te Deum” del
A.T. es un himno que canta la misericordia amorosa de nuestro buen Dios. Leemos
algunos versitos de él. Luego de una introducción (v.1), el salmista da gracias
por los beneficios experimentados: ante todo, el perdón de los pecados; y junto
con esto, el haber sido liberado del peligro de muerte, de modo que su vida
parece volver a empezar en una nueva juventud. (3-5).  De la experiencia personal pasa a las grandes
experiencias históricas del pueblo. Dios hace justicia defendiendo al oprimido
contra el opresor. En el v.8 leemos la gran definición de lo que es Dios: una
fórmula cúltica que concentra muchas experiencias de convivir con Dios: el
Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

En su actuación frente al pecado de los hombres,
muestra Dios principalmente su misericordia: la confesión humilde es la gran
apelación. (v.10:
“no nos trata
como merecen nuestros pecados/ ni nos paga según nuestras culpas
”). En tres comparaciones va creciendo la intensidad hasta esta cumbre
del salmo: la ternura paternal de Dios: “
Como un padre siente ternura por sus hijos/, siente el Señor ternura por
su fieles
”. (v.12).

(Esta paternidad tendrá su revelación plena en el
N.T.  ver: 1Jn. 3,1 y sobre todo Rom
8,14-17.  En Cristo se revela el amor del
Padre, su comprensión de los hombres, su misericordia perpetua).  

1Cor 15, 45-49.- Accesible solo por la fe – En tiempos
de Pablo, un sistema filosófico llamado “gnosis” disfrutaba de un gran
prestigio. Distinguía entre otras cosas cuerpos “animales” (los hombres de la
tierra) y hombres espirituales (a ejemplo de los astros).  Pablo toma cierta distancia en relación a
estas concepciones. Pablo no tenía nuestra misma sensibilidad, y encontraba en
la gnosis la ocasión de mostrar que un cuerpo resucitado es diverso de un
cuerpo terrestre. Sin embargo, la idea fundamental de Pablo en todo el capítulo
15 es que la resurrección es cierta, pero no se puede decir nada, no hay
explicaciones exhaustivas, entra en el misterio escondido de Cristo, accesible
solo por la fe.  

 Lc. 6,27-38.-
Las condiciones de la felicidad – Las exigencias formuladas por Jesús en el
discurso de la “llanura” son tan radicales que nos dejan de desconcertarnos.
Sobre todo, hoy el amor a los enemigos nos hace mucho ruido. A este propósito
hay quien en nombre del evangelio aprueba la violencia y quien la condena. El
contraste no se remediará jamás, hasta que quien condena la violencia no crea
verdaderamente en la ley del amor, comprometiéndose a servir al prójimo en sus
derechos fundamentales, con desinterés, verdad y justicia.  Pero a veces tomamos la paz evangélica para
nuestras mediocridades. Y cuántas veces hablamos del evangelio con el corazón
lleno de odio y resentimientos, de celos, envidias y deseos de venganza. Lo
hacemos coexistir con nuestras emociones corrosivas.

+++

No cabe duda de que
estamos frente a una exigencia propuesta por Jesús que nos rebasa por completo.
Creo que esta doctrina es más fácil vivirla que explicarla; o si se quiere,
explicarla con la vida. A poco de entrar en comunión con Jesús, comprendernos que
en realidad se trata, no solo del mejor, sino del único camino posible para
vivir bien, de manera razonable. Por otra parte, la doctrina de las
bienaventuranzas se encuentra esparcida por todo el evangelio; Jesús no nos
pide nada que él no haya hecho primero.

+++++

El texto de Lucas que
leemos hoy tiene dos centros en torno a los cuales gira el mensaje, (y todo el
evangelio): el amor a los enemigos (6,27-35) y la misericordia y benevolencia,
(querer bien), cristiana (6,36-38). El primer centro gira en torno a un dicho
sapiencial: “lo que no quieras que hagan los hombres contigo, no lo hagas con
ellos”, y el segundo, gira en torno a la expresión exquisitamente evangélica:
“Sed misericordiosos como vuestro Padre Celestial es misericordioso”. Estos son
los dos centros.

El amor a los enemigos
(6,27-35). Jesús se dirige de nuevo a los destinatarios del discurso, “los
discípulos” (v.20). La nueva ley que propone Jesús a sus discípulos se expresa
en sus líneas fundamentales con los verbos amar, hacer el bien, bendecir, rogar.
En cambio, los “enemigos” son descritos con los verbos odiar, maldecir y
maltratar, difamar.  Encontramos aquí lo
que nos dice la última de las bienaventuranzas: “Dichosos ustedes cuando los
odien… expulsen, insulten y calumnien por causa mía”. (v.22).

Jesús extiende este
principio a límites infinitos, lo extiende hasta el amor a los enemigos poniéndole
una carga inaudita. Y solo Lucas añade al precepto “amen a sus enemigos”; aquello
de que “hagan el bien a quien los odian, bendigan a los que los maldicen, oren
por los que los persiguen y calumnian”, es el máximo de exigencia.  El cristiano debe desarrollar este deseo de
bien a todos los hombres alcanzando incluso esa área temible y hostil de los
enemigos. La ejemplificación de la bofetada del manto y del préstamo es una
concretización viva y comprometedora. El cristiano deberá ponerse en esta línea
y será siempre el resultado del contacto con Jesús que nos enseñó a rezar,
“perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

El segundo centro está,
por el contrario, basado en otra expresión: “sed misericordiosos…”. El modelo
ahora es infinito, es el amor de Dios. Y es a través de ésta “imitación” de
Dios como nos transformamos en hijos suyos. Es de notar que el pasaje paralelo
de Mateo pone el acento en la perfección, mientras que Lucas lo pone en la
misericordia.  De hecho, el evangelio de
Lucas destaca con colores muy intensos la misericordia de Dios que se ha
manifestado en Cristo.

Nosotros vivimos a
partir de esa misericordia. En un célebre pasaje, S. Bernardo dice: “Luego mi único mérito es la misericordia
del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y
porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y
aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, donde abundó el pecado
sobreabundó la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también
cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¿Cantaré acaso mi propia
justicia? Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también
mía, pues tú has sido constituido mi justicia de parte de Dios”.

La no violencia.

Gandhi, Luther King y
muchos otros han hecho de las bienaventuranzas la fuente de su inspiración. El
grito de Albert Camus, lanzado en 8 de agosto de 1945, comprueba la validez y
universalidad permanente del mensaje de Jesús sobre la paz: “La única batalla razonable es el compromiso por la
paz. Ya no se trata de una petición, sino de una voz de mando de los pueblos a
los gobernantes: la orden de elegir definitivamente entre el infierno y la
razón”.
La motivación última de Jesús es la
actuación del Padre que es generoso con los ingratos y los malvados y hace
salir el sol para los justos y los pecadores.

Es evidente que vivimos
un momento especialmente violento a todos los niveles. Con cuánta razón
Bernhard Häring nos habla en su libro “La No Violencia”, de “la enfermedad
mortal en plena expansión”, que se ha echado de ver en las guerras horrendas
que marcaron el siglo XX y marcan lo que va de éste.

La hostilidad característica
de nuestra época es una ceguera como consecuencia de la verdad reprimida, (los
que han aprisionado la verdad), de un modo neurótico. El valor para llegar a la
verdad, cuyo núcleo es el amor que nos conforta y estimula, es el alma de la
capacidad pacificadora. La hostilidad no es un aspecto de la salud humana sino más
bien una enfermedad.  No es, pues, algo
que deba darse ni algo que por desgracia tenga que darse inevitablemente.  No tenemos por qué resignarnos a la misma. El
investigador de la paz y conocedor del hombre sabe que la hostilidad es una
mezcla confusa de estupidez y malicia. Con todo, la hostilidad no puede
tratarse desde fuera ni como estupidez ni como maldad, precisamente porque no
se la puede vencer ni con la instrucción ni con la condena. Solo con la
curación, la sanación, llega el enfermo a ser dueño de sí mismo, en la medida
de que como enfermo, era necio y culpable.  El enfermo cuya enfermedad no ha sido curada,
o que aún no ha podido serlo, necesita de cuidados. La curación de la
hostilidad no es posible, desde una perspectiva humana, sin un marco que abarca
la solicitud en favor del enfermo ¿Quién duda hoy que estamos en medio de una
sociedad enferma? Lo afirman los mejores psicólogos.

Pero también a nivel
personal necesitamos sanar la enfermedad de la violencia. Nosotros tomamos como
pretexto los odios fratricidas que lastiman a los pueblos para sustraernos de
nuestras responsabilidades inmediatas como si de un proceso de justificación se
tratara. Hoy mismo, aunque fuesen solo dos o tres personas debemos tomar la
decisión de amar en el nombre de Jesús y perdonar y pedir perdón. “Por lo que a
ustedes respecta, vivan en paz con todo el mundo”, aconseja Pablo. Este amor se
caracteriza siempre como la superación de un muro, de una repugnancia, de una
incompatibilidad humana, como el amor de Cristo por nosotros, que ha derrumbado
el muro de la separación que nos mantenía lejos de Dios y como extranjeros. Sean
dadas gracias a Dios, a aquél que «por medio de la cruz, ha matado en sí mismo
la hostilidad».  (Ef. 2,16) Esta es la
herencia que él nos ha dejado y que debemos hacer nuestra, si queremos
continuar llamándonos discípulos de Jesús.

+++++++

A raíz del Año de la
Misericordia, cuyo lema fue precisamente este texto de Lucas, compartí con
ustedes seis entregas en las que se destacaba precisamente este dato: el
evangelio de la Misericordia. Lucas. Una de esas entregas, la número 6, la
comparto contigo:

Viendo,
pues, con san Lucas, a Jesucristo en quien han sido reconciliadas todas las
cosas, (cf. Ef.1,3-10; 2,13-16), nos damos cuenta de que todos somos pecadores,
que todos hemos sido reconciliados con el Padre en él. Si la misericordia nos
alcanza es en él. Nosotros nos apoyamos sobre la vida que él nos da para gustar
una inocencia que brota no de nuestro propio querer, sino de nuestra aceptación
de la misericordia que ya se ha manifestado en la historia.

Afirmando
que él está con nosotros hasta el fin del mundo, Jesús nos dice que la
misericordia ofrecida en su vida entregada es él, presente, enraizada en
nuestras vidas sometidas a la tentación, heridas, pecadoras, pero llenas de
confianza. Nuestra confianza descansa sobre el perdón definitivo que es él
mismo, sobre esta misericordia inscrita en la historia y en los brazos de la
cruz. 

Para
cambiar nuestras vidas, nosotros no esperamos una utopía o un mesianismo
futuro. Nosotros cambiaremos nuestra vida por su poder que atraviesa la
historia. Si podemos reconciliarnos con Dios y con “los otros” es que, un día,
el universo fue reconciliado definitivamente en Cristo.  De hecho, es la misericordia la que mueve los
hilos del tiempo de los hombres y que asegura la presencia divina desde los
orígenes hasta nosotros. La misericordia renueva el proyecto original, lo
fortalece, lo garantiza y le da un sabor de eternidad. En Cristo, hemos sido ya
reconciliados, es decir, tejidos de la misma estofa de las Tres Divinas
Personas. (A imagen y semejanza de Dios). ¿O es que no participamos ya, a nivel
de la gracia, de la naturaleza divina, como nos dice Pedro? ¿No se hizo Dios
hombre para que nosotros no hiciésemos dioses, como dicen los Padres? La
resurrección de Cristo, manifestada en nuestros cuerpos mortales nos hace
experimentar que este amor paterno es más fuerte que la muerte, tanto física
como espiritual. Vivir de la misericordia, es vivir una liturgia Pascual.

En
el desarrollo de su evangelio, Lucas lleva al lector a confesar su complicidad
con el escándalo de la muerte de Cristo (ver El sentido del cap.13). En efecto,
el lector, ¿no se ve tentado a vociferar como la multitud: «crucifícalo,
crucifícalo» (23,21); nosotros somos pecadores, y reconociéndonos como tales,
es como puede surgir la seguridad de una misericordia universal, pero siempre
singular, es decir, que toca a cada uno en particular (como al buen ladrón),
pero abierta a todos. La cruz es el cumplimiento del programa mesiánico
proclamado por Jesús en Nazaret (4,18-21). Si Jesús se hunde en el poder de las
tinieblas, baja a los infiernos, (22,53), es para que la luz de su filiación
divina, de su reino, de su mesianidad, aparezcan en el gran día. En el seno de
las tinieblas que cubre la tierra entera, (23,44), «el sol se eclipsó», el
Santo de Dios aparece a los ojos de todos porque el velo del Santuario se ha
rasgado. (23,45). Tanto el judío como el centurión, están llamados a reconocer
en esta figura perfecta de la inocencia, al «justo», al único justo; es el
momento cuando el resucitado, y nosotros con él, tomamos verdaderamente lugar
en el Templo de la Jerusalén celeste, por pura gracia.  Y si las multitudes presentes en esa escena
han vuelto a la ciudad golpeándose el pecho, es que presintieron el gran
misterio del perdón que se realizaba.  A
todo pecado, misericordia, para aquél que tiene la humildad de reconocerlo,
misericordia. Si el hombre Dios ha muerto por nuestras faltas, en su cuerpo
entregado por nosotros, se encuentra nuestro perdón y nuestra vida nueva. La
misericordia pasa por el cuerpo entregado de Cristo, entregado «en manos de los
pecadores». Este misterio permanece actual a través del cuerpo de la iglesia,
de los bautizados y también de los diversos ministerios de la misericordia. (en
la Eucaristía)

Lucas
nos muestra que existe un verdadero dinamismo de la misericordia que teje los
lazos fraternales de la humanidad. Si Dios nos ha hecho misericordia en Cristo,
en el mismo movimiento, nosotros estamos llamados a hacer misericordia a los
otros. Quizá haya que usar el verbo “hacer” con la misericordia como
complemento directo, mejor que el verbo “tener”.  Es el sentido de las palabras del Padre
Nuestro. El lugar de la cruz es central. La muerte de Cristo nos revela que las
raíces más profundas del mal en el mundo, se hunden en el pecado y en la
muerte. La resurrección es la revelación completa de un amor misericordioso y
vencedor. «Cantaré sin fin la misericordia del Señor» (Sal. 89,2). La resurrección
anuncia «el cielo nuevo y la tierra nueva» (Ap. 21,1), mientras que el «mundo
viejo» (Ap. 21,4) no haya pasado, la cruz será el lugar donde el amor se revela
como misericordia. La persona de Cristo sobre la cruz, es una llamada
paradójica para cada cristiano. 
Identificado con el pecado, (Dios lo hizo pecado por nosotros), y con
todo pecador, Cristo se ofrece también a nuestra misericordia. Nosotros no
podemos tener misericordia sin Dios, pero Dios nos pide tener misericordia de
su Hijo crucificado. Cristo suscita por su inocencia ofrecida, nuestra
misericordia porque ha sido su amor que lo identifica con los pecadores. Se
trata de una llamada a vivir éste «admirable intercambio» entre Cristo y cada
uno de nosotros.  Comprendiendo poco a
poco lo que hemos hecho crucificando a Cristo (23,34), puede nacer en nosotros
el deseo de sufrir con él, de probar como él las penas y los dolores por el
pecado de los hombres; y de hacer la súplica humilde y confiada como nos
aconseja S. Ignacio en los Ejercicios (Tercer Preámbulo. 104).

La
contemplación de Cristo en la cruz produce los frutos de perdón en nosotros.
Asociándonos al don de su vida por todos, nos transforma en personas-de-perdón,
en personas misericordiosas. Ir hasta las últimas consecuencias de la
misericordia de Cristo, es actuar como él y con él.

Por
último, digamos que la misericordia es más amplia que el perdón. Se inscribe en
la historia de los hombres en muy diversas formas. El año jubilar nos invita a
una lectura del tercer evangelio bajo esta perspectiva: ¿Qué aspectos toma, en
los hechos y dicho de Jesús narrados por Lucas? Este sobrevuelo nos hará
descubrir la importancia de la misericordia en la vida cristiana. Tener
misericordia es una obra humana de todos los días.

Quiero
terminar parafraseando las palabras de Jesús: Cuando venga el Hijo del hombre,
¿encontrará fe en el mundo? Si no encuentra fe, tampoco encontrará
misericordia. Seamos, pues, misericordiosos, como nuestro Padre Celestial es
misericordioso.

Leer homilía en Jesús Maestro