Santuario de Nuestra Señora de la Salette, Francia

La vida de las primeras comunidades cristianas en el mundo se desarrolló, después de Jerusalén, en lo que conocemos como Asia Menor, además de los territorios de Siria e Irak. Tierras que hoy conocemos como Grecia y Turquía fueron, desde el siglo II, lugares donde se asentaron numerosas comunidades cristianas como Éfeso, Pérgamo, Laodicea, Antioquía, Palmira, Bitinia y muchas otras.

En Frigia, al sur del mar Negro, un hombre llamado Montano se convirtió al cristianismo. Había sido sacerdote de la diosa Cibeles. Como cristiano, Montano tenía falsos éxtasis durante los cuales empezaba a hacer profecías. Se le unieron Prisca y Maximila, dos mujeres que también empezaron a profetizar. Los tres pitonisos anunciaban el inminente fin del mundo y ordenaban a los fieles que se reunieran en cierto lugar para esperar la llegada de la Jerusalén celestial.

Las profecías de Montano y sus compañeras agoreras permearon en todas las clases sociales, y se fueron creando comunidades con estas tendencias delirantes. Llegaron a decir que una nueva era se estaba iniciando –la era del Espíritu Santo-, y que ellos eran los recipientes de la divinidad. Era el Espíritu Santo quien hablaba por sus bocas. La gente crédula y exaltada aceptaba fácilmente estas enseñanzas, y el movimiento se extendió, durante más de doscientos años, por toda el Asia Menor hasta Roma, África y las Galias.

Ceferino fue el papa que condenó esta falsa doctrina a principios del siglo III, pero ¡vaya dolores de cabeza que causó el montanismo en la vida de la Iglesia!

En la actualidad, por toda la geografía católica, de cuando en cuando, aparecen también montanistas modernos, personas ingenuas que siguen fácilmente a quienes dicen tener contacto directo con Jesucristo o la Virgen santa, sintiéndose elegidos o privilegiados. De hecho en la Diócesis de Ciudad Juárez hemos tenido, en años pasados, experiencias dolorosas de personas que creyeron a falsos videntes surgidos en algunas parroquias. Una vez que se descubrió el engaño, estos montanistas contemporáneos se sintieron manipulados, defraudados, y optaron por retirarse de la fe con heridas más o menos graves en su vida espiritual.

La Iglesia Católica es consciente de que Dios puede manifestarse en la vida de una persona a través de locuciones o visiones. Es lo que se conoce como ‘revelaciones privadas’ que Dios concede a ciertos cristianos, pero lo hace raramente. De hecho quienes tienen estas revelaciones deben pasar por pruebas, a veces duras, de parte de la Iglesia, para verificar su autenticidad. Apariciones como la de la Virgen de Guadalupe, la Virgen de la Salette, Nuestra Señora de Fátima o Nuestra Señora de Lourdes fueron aprobadas por los obispos diocesanos después de un largo discernimiento y haciendo pasar a los videntes por el crisol de la prueba. Gracias a Dios la Iglesia es cautelosa y a veces rígida con estos místicos y profetas, pues de lo contrario tendríamos una gran cantidad de desviaciones doctrinales y una permanente confusión en muchos corazones.

Podemos acercarnos con confianza sólo a aquellos santos de la historia quienes tuvieron experiencias místicas extraordinarias y que llevan el sello de garantía de la Iglesia: santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz, san Pío de Pietrelcina, santa Gema de Galgani, los videntes de Fátima, santa Bernardita, san Juan Diego, santa Hildegarda y muchos otros que no se dejaron engañar ni tampoco engañaron.

Las revelaciones privadas son escasas y nunca podrán contradecir o tergiversar la Revelación divina, al hablar de doctrinas que la Iglesia no enseña. La Revelación de Dios en la historia quedó concluida con el último libro del Nuevo Testamento, y desde ese momento dejaron de existir otras revelaciones. No seamos cristianos que viven con el deseo del ‘espectáculo de la revelación’, queriendo cosas nuevas y espectaculares. No pequemos de ingenuidad.

¡Qué mejor profeta que aquel quien sigue a Jesucristo!, y es capaz de iluminar y dar significado a su trabajo a sus sufrimientos, y ayuda a las nuevas generaciones a descubrir la belleza de la fe cristiana. ¡Qué mejor pitonisa que aquella que da sentido a sus sufrimientos y trabajos!, y con su palabra y testimonio de vida invita a otros a encontrar al Señor. ¡Qué mejor agorero que quien sirve a los demás con el gozo del evangelio!, y ayuda a descubrir a sus hermanos la belleza de la fe cristiana, y que sabe sonreír hasta en los momentos de prueba.

Son éstos los mejores testigos del Resucitado. A ellos sí les creo, y no a los Montanos de nuestros tiempos.

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