VI DOMINGO A.

Eclo. 15,16-21; Sal. 118; ICor.2,6-10; Mt.5,17-37.

 

Si el hombre peca

el cosmos sufre.

(Sta. Hildegarda de Bingen).

 

No es posible responder a las exigencias de la moral cristiana sin el sostén de una vida mística: la unión con Cristo. ¿Cómo se comportaría Cristo en tales o cuales circunstancias? He aquí el modo personal, para cada uno de nosotros, de ‘observar la ley’. Y esto es decir demasiado poco todavía. El profeta del nihilismo, Nietzsche, decía: «Se cree poder ir caminando con un moralismo sin fondo religioso». Una moral sin fe, es lo mismo que una mística sin Dios. Hablar del compromiso moral del cristianismo al margen de Cristo, es absurdo. El S de la M no es un bloque autónomo, que pueda ser asumido independiente de su autor. El Sermón se extiende por todo el evangelio.

 

Ecclo. 15,16-21 – El juego de la libertad – Delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Sabemos que es así, pero también que nuestra libertad está atada y que hacemos menos de lo que nos gustaría. Es más, que muchas veces hacemos el mal que no queremos y dejamos de hacer el bien que queremos. Querer el bien está en mí, dice Pablo, realizarlo, ya no. (cf. Rom. 7,15-25). ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo,(condición), mortal? ¡Gracias a Dios por Jesucristo Señor nuestro? (7,25). Por eso necesitamos que el Señor nos haga conocer dónde está nuestro bien y con el salmista le pedimos: Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón. (ver infra)

 

Sal. 118 – Largo canto o meditación o antología en honor de la ley del Señor. La ley es la voluntad de Dios que se revela para ordenar la vida religiosa del hombre, su convivencia con Dios y con el prójimo: por eso es amable y perfecta e inagotable la ley. El salmista está continuamente hablando a Dios en segunda persona: la ley no es un orden objetivo impersonal, sino una realidad muy personal. La ley es parte de la alianza y parte de la revelación divina; es voluntad de Dios hecha palabra para enseñar y guiar al hombre.

 

Este domingo, en consonancia con el tema dominante, leemos los versitos 1-2.4-5.17-18.33-34, ocho versitos en total.

 

ICor.2,6-10 – La verdad de lo imprevisto – La cruz de Jesús es el signo del más completo malentendido entre Dios y los hombres. Los hombres quieren conocer los secretos de la vida, pero cuando Jesús quiere revelárselos, lo asesinan; no es esto lo que esperaban, se esperaba otra diferente interpretación de la vida. Dios es desconcertante; mas, por esto, es real, no es el eco amplificado de nuestros deseos y frustraciones.

 

Mt.5,17-37 – La libertad y la ley – Todo este fragmento está construido bajo el siguiente esquema: ustedes tienen una escritura (una regla a seguir) y yo les ofrezco una palabra (una llamada que provoca). La obediencia demasiado jurídica debe ceder el lugar a una confianza incondicional, entonces la ley se convierte en promesa. Con la ley, puesta delante de nosotros como una serie de obstáculos a superar, se podría pensar a un cierto punto en el fracaso o soñar que vamos a superar la dificultad a base de esfuerzos. El amor rechaza semejantes cálculos, llamándonos a jugar el juego gratuito e impredecible de la fe, a través del amor. (Al final encontrarás una lectura abreviada de este fragmento evangélico sugerida por la Conferencia Italiana de Liturgia).

 

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El evangelio es claro: existe una ley de Cristo, y esta ley es nueva. Ella no abole la antigua, sino que la lleva a su plenitud exigiendo una adhesión profunda, más allá de los gestos formales, y una justicia más radical que la de los escribas y fariseos; Jesús llama a superar la letra de la ley para llevar una vida de fe auténtica.

 

Para él, todo se juega a nivel del corazón del hombre. Está prohibido enojarse con el hermano porque esto encierra ya el germen del homicidio. Está prohibido, aún a nivel de la “mirada”, el deseo del cónyuge del prójimo: hay miradas que ensucian tanto como el adulterio. Salvo en el caso de una unión ilegítima, está prohibido el repudio de la mujer por parte del marido; este gesto no puede nacer más que de la dureza del corazón (Mt.19,8). Están prohibidos los juramentos por verdaderos o falsos que sean: el hombre debe dar su palabra y atenerse a ella con lealtad total. Si pensábamos que el evangelio no era más que dulzura, consolación, indulgencia, hétenos aquí ante una exigencia sin precedentes, con la impresión de haber caído en una trampa. Es normal nuestra sorpresa, e incluso una cierta indignación; también los apóstoles reaccionaron así, en otra ocasión, cuando Jesús ha declarado de un modo brusco que los ricos no entrarán en el reino: «Y, ¿quién puede salvarse? Para el hombre es imposible, pero no para Dios» (Mc.10,26). Tal vez algún espíritu heroico lo logre pero ciertamente no los pecadores ‘normales’.

 

«Sin mí nada podéis hacer» (Jn.15,5). No es posible responder a las exigencias de la moral cristiana sin el sostén de una vida mística; nuestra vida de unión con Cristo, de nuestro estar unidos a su persona, fuente del querer y del hacer. La mirada de ternura que él posa sobre nosotros nos hace descubrir que sin él no podemos hacer nada, pero que con él y en él todo es posible. Cómo no recordar a san Pablo al que Jesús le dice: “Mi gracia te basta”. Preguntarnos en toda circunstancia cómo actuaría Cristo es ya el modo personal, para cada uno de nosotros, de observar la ley. La santidad no es, después de todo, “un asunto de atletas de alto rendimiento”, (B. XVI); es nuestra vocación; la cuestión es dejarnos atrapar por la fascinación de Jesús.

 

+ Filosofía griega y sabiduría hebrea. No deja de llamar la atención encontrar textos como el que leemos este domingo en la 1ª lectura. Impresiona su actualidad. Es muy importante leer todo el segmento, 15,11-20; el leccionario omite los vv. 11-14 de importancia decisiva en la interpretación. “No digas: «mi pecado viene de Dios», porque él no hace lo que odia; no digas: «Él me ha extraviado», porque no necesita de hombres inicuos; el Señor aborrece la maldad y la blasfemia, los que le temen, (respetan), no caen en ellas. El Señor creó al hombre al principio y lo entregó en poder de su albedrío” (vv. 11-14).

 

El fragmento vv.11-20 constituye una digresión de tipo filosófico, extraña al espíritu del A.T.; la espiritualidad del hombre bíblico descansa siempre sobre la obediencia a Dios, nunca sobre la racionalización de sus mandamientos. En el A.T. nunca se advierte, como aquí, la necesidad de conciliar la omnipotencia de Dios con la libertad del hombre. Esa objeción, que debía circular en el ambiente del Ben Sirá, viene citada en los vv. 11-14. El autor responde en este texto igual que en 33,14-15: “Frente al mal está el bien, frente a la vida la muerte, frente al honrado el malvado, frente a la luz las tinieblas. Contempla las obras de Dios: todas de dos en dos, una corresponde a otra”. También podemos tener presente el texto de Deut 31,15-20. No nos cabe duda de que ciertas corrientes filosóficas pertenecientes al mundo griego, sobre el bien y el mal, sobre el destino de los buenos y los malos, sobre las consecuencias de las acciones humanas, ya se conocía en el mundo bíblico.

 

Yo jamás he encontrado un texto que con tan pocas palabras y en una forma tan dramática exprese el significado tremendo de la libertad. En el juego de nuestra libertad nos jugamos, simplemente la vida, aquí y en la eternidad. Frente a nosotros están el bien y el mal, la vida y la muerte y el hombre tiene la escalofriante posibilidad de escoger equivocadamente, a veces culpablemente, el mal y la muerte. Esto hacía exclamar a Dostoievski que la libertad es el don más terrible que Dios pudo conceder al hombre. Existe indudablemente una idea perversa de la libertad; ésta, está a la base de las más profundas revoluciones de nuestro tiempo, tales como una determinada forma de feminismo, de familia o ideología de género. Hoy, la revolución no es contra tal o cual emergencia, es contra el hombre mismo; es el hombre enfermo de sí mismo. La libertad es para escoger el bien, para eso nos libertó Cristo; pero cuando haciendo mal uso de nuestra libertad escogemos el mal, entonces, perdemos la libertad y somos reos de muerte. «A nadie mandó pecar ni enseñó mentiras a los embusteros; no deja impune a los embusteros ni se apiada del que practica el fraude» (v.16), concluye nuestra lectura.

 

La ley enraizada en nuestros corazones. (S. Ireneo).

“En la ley hay preceptos naturales que nos dan ya la santidad; incluso antes de que Dios diera la Ley a Moisés, había hombres que observaban estos preceptos: quedaron justificados por su fe y fueron agradables a Dios. El Señor no abolió estos preceptos, sino que los extendió y les dio plenitud. De eso nos dan prueba sus palabras: Se dijo a los antiguos: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola ya ha sido adúltero con ella en su interior. Y también: Se dijo: no matarás. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano sin motivo tendrá que comparecer ante el tribunal. Estos preceptos no implican ni la contradicción ni la abolición de los precedentes, sino su cumplimiento y extensión. Tal como el mismo Señor dice: Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

 

¿En qué consiste este ir más allá? Primeramente, en creer no sólo en el Padre, sino también en el Hijo manifestado en lo sucesivo, porque él es quien conduce al hombre a la comunión y unión con Dios. Después, en no decir tan sólo, sino en hacer – porque dicen pero no hacen -, y guardarse no sólo de cometer actos malos, sino también de desearlos. Con estas enseñanzas, el Señor no contradecía la Ley, sino que la llevaba a su cumplimiento, a su plenitud, y ponía en nosotros la raíz de las prescripciones de la Ley”.

 

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La lectura del evangelio del VI Domingo es larga y contiene elementos difíciles de explicar en el límite de una homilía, tales como mutilarse en función del Reino. Esto es cierto pero requiere una muy adecuada explicación. El misal de la Conferencia Italiana de Liturgia da la siguiente opción de lectura que comparto contigo y que, a mi juicio, contiene los elementos esenciales de la perícopa. (A ver qué dice Leo). El texto comprendería los siguientes vv.: 5,20-22a.27-28.33-34a.37. Helo aquí:

 

«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si su justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de Dios.

 

Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás; el homicida responderá ante el tribunal. Pero yo les digo, todo el que se deje llevar de la cólera ante su hermano responderá ante el tribunal. Quien llame a su hermano inútil, responderá ante el Consejo. Quien lo llame loco incurrirá en la pena del fuego.

 

Han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

 

También han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás y cumplirás tus promesas al Señor. Pero yo les digo que no juren en absoluto, ni por el cielo que es el trono de Dios ni por la tierra que es el estrado de sus pies.

 

Que tu palabra sea sí cuando es sí y no cuando es no. Lo que digas de más viene del maligno».

Leer homilía en JesúsMaestro