“¡Pedro abatido! Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos, ni de pintarlos bonitos. Nos presentan la vida como viene y no como tendría que ser. El Evangelio no tiene miedo de mostrarnos los momentos difíciles, y hasta conflictivos, que pasaron los discípulos……”

“Momento de turbulencias. Conozco el dolor que han significado los casos de abusos ocurridos a menores de edad y sigo con atención cuanto hacen para superar ese grave y doloroso mal. Dolor por el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían puesto en los ministros de la Iglesia. Dolor por el sufrimiento de las comunidades eclesiales, y dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza. Sé que a veces han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle; que ir «vestido de cura» en muchos lados se está «pagando caro». Por eso los invito a que pidamos a Dios nos dé la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo”. Con estas palabras se dirigía el Papa a los sacerdotes, en Chile y en donde quiera que los haya.

Según publicaba El País antes de la visita, Chile pierde fieles católicos de forma acelerada. En una reciente y respetada encuesta regional, el Latinobarómetro, se detalla que mientras en el cercano Paraguay el 89% de los ciudadanos se declara católico;  80% en México y 73% en Colombia o Perú, en Chile baja al 44%.  Pero lo más inquietante es que no hay una competencia con los evangelistas, como en otros países, en especial en Centroamérica y Brasil –en Guatemala llegan al 41%- sino que el verdadero rival es el ateísmo, ya que el 38% de los chilenos dice que no tiene ninguna religión, un récord regional que dobla la media. El desplome desde 1995 de los que se declaran católicos ha sido de casi 30 puntos. El Papa viene a salvar a la Iglesia chilena, pero él tampoco sale bien parado.

¿Cómo pudo llegarse a este punto? ¿Cómo pudo, un país de matriz cien por ciento católica y española, desplomarse a tal punto? ¿No será llegado el momento en que, de nuevo y seriamente, “el Ángel” lea lo que el Espíritu dice a la iglesia? (ver Ap. caps.2-3). La valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo. Tal es el reto. Porque así es como habla Dios; así, como el Espíritu guía. O, ¿no son los acontecimientos otras tantas voces de Dios? ¿Dónde está la falla?

¿Será la pederastia de los clérigos? La pederastia es simplemente patología. Catón escribió este jueves un artículo bien intencionado, no envenenado por el odio ni la inquina, sino más bien, la expresión dolorida de un creyente. Porque ante estos hechos no caben más que el dolor y la tristeza, nunca ni el morbo ni el motivo de falsas generalizaciones.  Ante esto cabe el dolor creyente. Sin embargo, dentro de ciertas verdades que arguye, hay un error de perspectiva. En pocas palabras atribuye la pederastia de los clérigos al celibato. La pederastia tiene que ser vista con mayor detenimiento.

Raro es el día que no vemos en nuestro Diario el reporte de ultrajes cometidos contra niños(as), incluso de meses de edad. Y esto es de lo mínimo que aflora. Pero vemos que quienes cometen estos delitos no son personas célibes y muchas veces están en unión con la mujer, madre de las víctimas.  Tienen a la mujer como pareja, sin embargo, consuman esos delitos.  De igual manera las estadísticas muestran que este fenómeno se da también entre los pastores protestantes que están casados.  Luego no es el celibato. Y aquí no voy a tratar este tema. Sin embargo, San Pablo ya advertía del riesgo: vale más casarse que quemarse, queriendo decir con ello que, si bien el celibato es aconsejable, si no es posible llevarlo adelante, vale más tener mujer. Luego las cosas no son tan simples. (Lo mejor que he leído al respecto es el libro de George Weigel, doctor en teología, laico católico, casado con cuatro hijos, The Courage to be Catholic, N.York 2002, escrito a propósito de los escándalos en USA. El autor hace descansar gran parte de la responsabilidad en la función episcopal.)

A mi juicio, el problema está en otro lado. Desafortunadamente perdí una entrevista aparecida en El País, en la que un sacerdote jesuita, periférico, no en Santiago sino en Chile, habla para ese diario sobre el problema citado más arriba, el abandono de la religión católica y la irrupción del ateísmo en esa sociedad. Sin más, lo atribuye al hecho de que la jerarquía se ha alejado del pueblo, los pastores han abandonado al rebaño y se han refugiado en el clericalismo. El entrevistado hacía notar el factor que fue la dictadura de Pinochet y el papel  de la iglesia entonces y a la presencia, poco afurtunada de Bertone como Nuncio. El p. Kevin Mullen, misionero mucho tiempo en Chile, prudentemente me daba los mismos datos.  En abono de esta tesis lo dejo a usted con las palabras de Francisco a los obispos chilenos. Léalo, léalo bien y lea entre renglones:

“Dentro de poco se cumplirá un año de su visita ad limina, ahora me tocó a mí venir a visitarlos y me alegra que este encuentro sea después de haber estado con los sacerdotes. Ya que una de nuestras principales tareas consiste precisamente en estar cerca de nuestros consagrados  de nuestros presbíteros. Si el pastor anda disperso, las ovejas también se dispersarán y quedarán al alcance de cualquier lobo. Hermanos, ¡la paternidad del obispo con su presbiterio! Una paternidad que no es ni paternalismo ni abuso de autoridad. Un don a pedir. Estén cerca de sus curas al estilo de san José. Una paternidad que ayuda a crecer y a desarrollar los carismas que el Espíritu ha querido derramar en sus respectivos presbiterios.

la conciencia de ser pueblo. Uno de los problemas que enfrentan nuestras sociedades hoy en día es el sentimiento de orfandad, es decir, sentir que no pertenecen a nadie. Este sentir «postmoderno» se puede colar en nosotros y en nuestro clero; entonces empezamos a creer que no pertenecemos a nadie, nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca de una élite de consagrados, sacerdotes u obispos. No podremos sostener nuestra vida, nuestra vocación o ministerio sin esta conciencia de ser Pueblo. Olvidarnos de esto «acarrea varios riesgos y/o deformaciones en nuestra propia vivencia personal y comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado». La falta de conciencia de pertenecer al Pueblo de Dios como servidores, y no como dueños, nos puede llevar a una de las tentaciones que más daño le hacen al dinamismo misionero que estamos llamados a impulsar: el clericalismo, que resulta una caricatura de la vocación recibida.

La falta de conciencia de que la misión es de toda la Iglesia y no del cura o del obispo limita el horizonte, y lo que es peor, coarta todas las iniciativas que el Espíritu puede estar impulsando en medio nuestro. Digámoslo claro, los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como «loros» lo que decimos. «El clericalismo, lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios y no sólo a unos pocos elegidos e iluminados».

Velemos, por favor, contra esta tentación, especialmente en los seminarios y en todo el proceso formativo. Los seminarios deben poner el énfasis en que los futuros sacerdotes sean capaces de servir al santo Pueblo fiel de Dios, reconociendo la diversidad de culturas y renunciando a la tentación de cualquier forma de clericalismo. El sacerdote es ministro de Jesucristo: protagonista que se hace presente en todo el Pueblo de Dios. Los sacerdotes del mañana deben formarse mirando al mañana: su ministerio se desarrollará en un mundo secularizado y, por lo tanto, nos exige a nosotros pastores discernir cómo prepararlos para desarrollar su misión en ese escenario concreto y no en nuestros «mundos o estados ideales». Una misión que se da en unidad fraternal con todo el Pueblo de Dios. Codo a codo, impulsando y estimulando al laicado en un clima de discernimiento y sinodalidad, dos características esenciales en el sacerdote del mañana. No al clericalismo y a mundos ideales que sólo entran en nuestros esquemas pero que no tocan la vida de nadie.

Y aquí, pedir, pedir al Espíritu Santo el don de soñar y trabajar por una opción misionera y profética que sea capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se conviertan en un cauce adecuado para la evangelización de Chile más que para una «autopreservación eclesiástica». No le tengamos miedo a despojarnos de lo que nos aparte del mandato misionero”. He aquí un mensaje “desestabilizador”. Entre los viejos curas corría un dicho: Jesucristo instituyó el sacerdocio, y el diablo el clericalismo.

 

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