En nuestras relaciones interpersonales en el trabajo, en la vida social y a veces hasta en la familia, muchos solemos criticar a los demás. El vicio de la crítica termina por intoxicar las relaciones y hacer pesados los ambientes.

Es evidente que hay muchas situaciones que debe ser juzgadas todos los días. Dios nos dio la inteligencia para poder distinguir los actos buenos de los actos malos. Pero una cosa es decir “esto está bien o esto está mal” y otra es dañar la reputación de la otra persona. A veces lanzamos dardos envenenados que hieren, envenenan y dan muerte al hermano.

La clave para detenernos en nuestros juicios y críticas a las personas, es recordar siempre que el otro es un hermano. Y aunque no lo sea de sangre, es un hermano de la misma raza humana porque, en último término, todos somos hijos del mismo Padre, que es Dios.

Así como muchas veces nos detenemos y no hablamos mal de la propia familia, aprendamos a ver como un hermano al compañero de trabajo, al vecino, al amigo, al conocido… incluso al que nos hace daño. Y aunque no estés de acuerdo con lo que te hace, no le lances los dardos envenenados de la crítica porque, tarde o temprano, esos dardos terminarán hiriéndote a ti. Mejor habla con él de frente y encomiéndalo a Dios, que es el único que conoce nuestro interior y el único que nos puede juzgar.

Ver en el Blog del Padre Hayen