V DOMINGO T. ORDINARIO A.

Is. 58,7-10; Sal.111; 1Co. 2,1-5;Mt. 5,13-16.

“Lo que el alma es para el cuerpo, son los cristianos para el mundo”, (Diogeneto). Ellos no se distinguen en nada de los demás. Sin embargo, sin ellos el mundo no tiene luz, se pudre: “Ustedes son la sal de la tierra, la luz del mundo”. Los cristianos están llamados a ser en el mundo evangelio viviente. “Es curioso: la historia de la Iglesia no la llevaron adelante los teólogos, ni los curas, las monjas, los obispos… sí, en parte sí, pero los verdaderos protagonistas de la historia de la Iglesia son los santos”. (Entrevista a Papa Francisco de El País). Fueron sal y luz del mundo. De no ser así, el discípulo ya no sirve más que para ser tirado a la calle y sufrir el desprecio de la gente.

 

Is. 58,7-10 – Oración y acción – En el tiempo de Isaías, como en el tiempo de Jesús, se buscaba dar siempre un mayor esplendor al culto, con frecuencia a expensas de los pobres. Las palabras de Isaías conservan todavía su significado. El cristiano de ahora tiende a unir la liturgia y la vida; quiere que el mensaje comprometa, que la oración y la acción se encuentren; teme que el amor de Dios sea una fuga ante las exigencias del amor al prójimo. Por tanto, el mensaje del profeta, confirmado y autentificado por Jesús, conserva su actualidad. Este mensaje describe la liturgia de la nueva alianza, que debe saber reconciliar la contemplación y la acción, el celebrante y el profeta, el sacrificio y la misericordia.

 

Sal.111 – Salmo alfabético, el tema es la conducta del hombre justo y sus bendiciones. v.4. El verso es dudoso; algunos traducen «En la tiniebla brilla para el justo». v.5. Nuevo comienzo: otro aspecto de la conducta honrada. vv. 6-8. Nueva serie de bendiciones: la firmeza y seguridad en el peligro y en los ataques del enemigo. v.9. Una variación de lo anterior: la caridad y su gloria.

Transposición cristiana. San Pablo cita el verso 9, exhortando a la limosna: «El que siembra tacañamente, tacañamente recogerá, y el que siembra generosamente, generosamente cosechará… Al que da de buena gana lo ama Dios… El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer, os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra caridad». (2Cor. 9,6-10).

 

1Co. 2,1-5 – Dios se apoya en nuestra pobreza – La predicación de Pablo es la garantía del mensaje mismo que Pablo anuncia. Pablo no intenta convencer a los corintios con pruebas, ni de imponerse con la elocuencia o con el prestigio de su persona. Él lleva simplemente su testimonio de apóstol. Del mismo modo, ningún cristiano está a la altura del evangelio que quiere difundir. A través de palabras pobres y un testimonio insuficiente, el Espíritu sabrá, sin embargo, hablar al corazón de aquellos que busca.

 

Mt. 5,13-16 – El gusto de la existencia – La sal está hecha para salar, es decir, para ser tomada del lugar donde se encuentra, ser arrojada al mundo y dar sabor y preservar todo lo que toca. Disolviéndose y perdiéndose realiza su vocación. Si quisiese conservar su sabor, permanecería en las salinas, y, en realidad, perdería su sentido. ¡Mensaje de consolación!, ustedes creían que para nada servían y he aquí que se abre una vocación ante ustedes: dar gusto y vida a la existencia. Lo mismo sucede con la luz. En la oscuridad no se sabe dónde se pone el pie; pero, aparece la fascinación de la luz y el camino se ilumina.

 

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El ayuno que yo quiero …….!

El fragmento evangélico de hoy hace la función de unir las bienaventuranzas con el resto del discurso. Jesús ha dicho quienes, y cómo,  pueden ser dichosos, felices, bienaventurados. Nos ha dicho que la humildad, la pobreza, la confianza, la invocación del nombre del Señor, la ausencia de maldad y de doblez en la vida, son el único camino de la felicidad.

Una vez que los apóstoles, ese pequeño “resto”, han aceptado la perspectiva de las bienaventuranzas, están en posibilidad de ser testigos: luz y sal. Con frecuencia Jesús se manifiesta como un predicador fascinante: ligado a la concreta experiencia cotidiana, hombre del pueblo, sabe conducir a los oyentes casi inadvertidamente hacia una propuesta nueva e interior. El discurso de la montaña, que la liturgia propone estas semanas a la reflexión de la comunidad, con frecuencia está animado por estos motivos sencillos, humildes, elementales, tomados de la vida cotidiana del pueblo, imágenes sencillas, pero profundas e inagotables que, sin embargo,  todos comprenden.

Sin ninguna especial formación literaria el pueblo entiende la metáfora, adivina la imagen, sabe de qué  está hablando, realmente, el predicador.  Ser sal, es decir, ser ese elemento que sirve no solo para condimentar, sino sobre todo, para preservar los alimentos de la putrefacción, es una franca alusión a la misión testimonial del discípulo que habrá de impedir la descomposición. Sin este testimonio de los discípulos, la sociedad acaba corrompiéndose. ¿Cuántos signos de corrupción vemos en nosotros y en nuestro derredor?

Y la luz, ese símbolo primordial tan manejado y querido en el mundo religioso,  nos permite, no ver a Dios, sino comprender  lo que Dios es para nosotros,  nos permite ver el camino que hemos de hacer para llegar a él, (cf. Is.60 1-3); imagen muy querida y muy usada en la Biblia tal como ha quedado de manifiesto en domingos precedentes.

Pablo dirá a la comunidad: “ …ustedes antes eran tinieblas pero ahora son luz en el Señor; y también dice a los filipenses: “Haced todo sin protestar ni discutir. Así seréis íntegros e intachables, hijos de Dios sin falta en medio de una generación depravada, ante la cual brilláis como estrellas en el mundo ostentando el mensaje de la vida. (2, 14-16) Estas palabras de Pablo constituyen ya un comentario al texto evangélico de hoy.  De igual manera, pues, bajo la imagen de la luz, en este paso se hace referencia a la necesidad testimonial de los discípulos. Los discípulos de Jesús han de ser luz en un mundo oscurecido y devaluado, en un mundo que ha perdido el camino que conduce a Dios.  Sin la presencia de los discípulos, la sociedad se encuentra en tinieblas.  Cuando se oscurece la idea de Dios, se oscurece, también, el idea del hombre.

En una de sus obras, G. Bernanos hace que un ateo se dirija a una comunidad de fieles con estas palabras: Ustedes dicen que son la sal de la tierra. Si el mundo huele mal, ¿a quién voy a echarle la culpa? Y San Juan Crisóstomo, parafraseando estas palabras evangélicas, decía: El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades ni a diez ni a veinte; ni siquiera a una nación, como en tiempos de los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo; y a un mundo, por cierto, muy mal dispuesto.

Así pues, no nos extraña la conclusión de esta perícopa: Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres de modo que al ver sus buenas obras glorifiquen al Padre que está en los cielos. Indiscutiblemente estamos hablando del discipulado entendido primordialmente como testimonio. Sobre este particular podemos leer algunos pasajes de Evangelii Nutiandi, la carta magna de la evangelización en mundo, ya no contemporáneo, sino posmoderno y post humano. (Reivindicada  por papa Francisco en la citada entrevista).

La primera lectura tomada de Isaías constituye el transfondo perfecto de la perícopa evangélica de hoy. Decía hace ocho días que Jesús no fue muy «original»; en realidad, él bebió de la milenaria fuente en la que se nutrió la piedad de su pueblo, purificando y llevando a plenitud las propuestas que luego presentará al mundo. En efecto, el capítulo 58 de Isaías versa sobre el ayuno y el sábado. Es conveniente leer 58,1-12 para que el contexto nos permita entender mejor el mensaje.

El Padre Luis Alonso S. en su «Profetas», (vol.1.ad loc.), nos habla de este texto diciendo que el capítulo 58 se presenta como una requisitoria de Dios contra el pueblo con varios elementos típicos del género: invalidez del culto, denuncia de pecados contra el prójimo…. En una jornada de ayuno litúrgico la voz denunciadora del Profeta hará de trompeta litúrgica… Estos son los elementos que el pueblo aduce en su descargo: las prácticas de culto y las consultas a sacerdotes y profetas, pero no hay cambio de corazón. El Señor desenmascara la farsa piadosa, la contradicción de ayunar y perseguir el negocio, entre mortificarse uno y golpear al prójimo; la ironía de Dios se expresa insistiendo en la palabra ayuno en consonancia con otras palabras cercanas que en hebreo pueden significar tentación, lucha.

Realmente, ¿eso es ayuno? El ayuno que yo quiero es éste: comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces aparece el tema de la luz; cuando se observa “el ayuno que Dios quiere” entonces, y sólo entonces, el discípulo se convierte «en luz». El verdadero ayuno, que es la misericordia, transfigura al hombre, casi lo diviniza, lo hace como un sol que amanece. Tal es el tema del salmo responsorial de este domingo.

Entonces el ayuno no puede convertirse en algo trivial, en esa farsa de la que habla el padre Alonso, sino que ha de responder necesariamente a un cambio interior, a la expresión concreta de misericordia y de paz en la línea de las bienaventuranzas. Sólo entonces el discípulo podrá ser luz. Sólo entonces podrán ser realidad las palabras de Jesús: Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres de modo que al ver sus buenas obras glorifiquen al Padre que está en los cielos. O  Isaías: Entonces tu luz brillará en las tinieblas y tu oscuridad se volverá como el mediodía.

 

No podemos poner en duda la situación de nuestra sociedad, su descomposición. Culpamos de ello a las “autoridades”. El ateo, en la obra de Bernanos, ¿no tendría derecho a decirnos que tal descomposición, que tal oscuridad, no es más que el resultado de la ausencia testimonial de los discípulos de Jesús?

La sal luminosa o luz con sabor.

En los evangelios de los próximos domingos vamos a ir escuchando el comentario que Jesús mismo hará al sermón de las Bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado. Será Él quien vaya desarrollando lo que significa una vida dichosa, feliz, bienaventurada, según la lógica de su Buena Noticia.

La felicidad cristiana, quiere el Señor que se parezca a la sal: para dar sabor, para evitar la corrupción. La bienaventuranza de los cristianos, su dicha, quiere Jesús que se parezca a la luz: para disipar toda oscuridad y tenebrismo. Y esta es la relación que hay entre el evangelio de este domingo y el del domingo pasado. Ciertamente, que hay muchas cosas desabridas en nuestro mundo que dejan un pésimo sabor, o se corrompen. E igualmente constatamos que en la historia humana, la remota y la actual, hay demasiadas cosas oscuras, apagadas, opacas. Amplias zonas de nuestra vida y de nuestra historia no suficientemente iluminadas por el evangelio. No es un drama de éste o aquél país, de ésta o aquélla época, sino un poco el fatal estribillo de todo empeño humano cuando está viciado de egoísmo, de insolidaridad, de aprovechamiento, de cinismo, de injusticia, de mentira, de inhumanidad…

La presencia cristiana en un mundo con tantos rincones desaboridos y oscureci­dos, no es un alarde sabihondo. Los cristianos en tantas ocasiones hemos sido prota­gonistas o al menos cómplices de un mundo tan poco bienaventurado e infeliz. Por eso, lo que pide el Señor en este evangelio, no es una posición presuntuosa. No pretendemos decir a la gente insípida y apagada: miradnos a los cristianos. Sería arrogante e incluso hipócrita. Nuestra indicación es otra: miradle a Él, mirad a la Luz, acoged la Sal. Es lo que dice Pablo en la 2ª lectura: he venido a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no el mío, y lo he hecho no con ardid humano sino en la debilidad y el temor en los que se ha manifestado el poder del Espíritu (cfr. 2Cor 2,1-4).

Pero esa Luz y esa Sal que constituyen la Buena Noticia de Jesús, son visibles y audibles cuando se pueden reconocer en la vida de una comunidad cristiana, en la vida de todo cristiano. Ya lo decía Isaías: en ti rom­perá la luz como aurora, y se volverá mediodía la oscuridad cuando partas tu pan con el hambriento y sacies al indigente (cfr. Is 58,8-10). Jesús nos quiere felices, dichosos, bienaventurados, nos quiere con una vida llena de sabor y plena de luminosidad. Una luz que ilumina toda zona oscura, y una sal que produce un gusto de vida nueva. Es decir, una “luz salada” que puesta en el cande­lero de una ciudad elevada hace que el testimonio de Dios sea visible y audible, para que quien nos vea y escuche pueda dar gloria a nuestro Padre del cielo (cfr. Mt 5,16).

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Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

Si la sal pierde el sabor, ¿con qué se la salará? Nosotros somos la sal y lo que nos hace salados es la vida divina que se nos da. Los Santos Padres vieron en esta imagen el don del Espíritu Santo que nos da el amor y la vida del Padre, que constituyen la identidad del cristiano. El cristiano es en la tierra como la sal, es decir, es lo que da el sabor a todo. La iglesia a está en el mundo para iluminar, para alentar, apoyar y bendecir todo lo bueno que el hombre intenta hacer. El cristiano hace obras buenas, extiende el amor y la vida que se le han dado en todo lo que hace y en aquellos que encuentra. Y esto debería dirigir  a los demás al Padre, a glorificarle porque de él proceden el amor y la vida. La vida de los cristianos debería fascinar y atraer, porque la caridad atrae. La iglesia debería suscitar el deseo de la belleza de la vida con Dios.

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