En Ciudad Juárez hay conmoción. Urbano Zea, el atleta, el nadador en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, que ocupa un lugar en el Salón de la Fama deportiva juarense, el buen amigo, esposo y padre de cinco hijos murió de manera repentina. Un infarto hizo que su corazón dejara de latir y con ello muchas personas de esta ciudad quedaron en absoluto desconcierto.

Uno de los grandes misterios que tiene la existencia es que a muchos se les pide suspender la redacción de su vida sin que tengan oportunidad de terminar el párrafo. A media frase deben cortar su inspiración. Quedan así tantas cosas por escribir, asuntos que arreglar, gente para despedir, círculos qué cerrar, una última plegaria para musitar, una esposa y unos hijos para besar. Cayó el telón imprevistamente y no hubo tiempo. Jesús advertía sobre el carácter dramático y fulminante de la muerte cuando dijo: “Estén prevenidos, porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del Hombre” (Lc 12,40).

En estos días he encontrado a algunos amigos de Urbano. Están francamente impactados. Algunos han empezado a visitar al cardiólogo; otros están haciendo programas de ejercicio físico y otros más están ingiriendo jugo verde por las mañanas. Hay, en el fondo, un miedo a morir súbitamente. Todos sabemos que algún día moriremos, pero el problema es que imaginamos que ese día está lejano todavía. El joven de 18 años piensa que le faltan 80 por vivir; yo, a mis 54 años pienso que, al menos, me quedan otros 30. Mi abuela, que murió a los cien, alguna vez dijo que creía que llegaría hasta los 105. Incluso quien está grave en el hospital no cree que ese día se morirá. Se nos olvida que “boda y mortaja del cielo baja”.

Ante la muerte de un amigo relativamente joven pensamos en cambiar nuestras dietas y comprarnos una máquina de ejercicios cardiovasculares. Recuerdo la muerte sorprendente del padre Carlos Márquez, hace unos años, hizo que muchos sacerdotes hiciéramos fila para entrar a consultar al cardiólogo. Eso de darle un mejor cuidado al cuerpo no está mal, ciertamente. Sin embargo poco hacemos por mejorar el alma y tenerla preparada por si Dios nos arrebata la vida en el momento menos esperado.

Damocles, ese cortesano que solía adular de manera exagerada al rey Dionisio de Siracusa en el siglo IV a. C., fue escarmentado cuando el rey le ofreció intercambiar los papeles durante un día. Sentó a Damocles en el trono real y ofreció un espléndido banquete para que gozara como si fuera el monarca. Damocles disfrutó de todos los manjares y de las hermosas mujeres que había pedido. Al final de la bacanal miró hacia arriba y descubrió, que pendía sobre su cabeza, una filosa espada afilada atada por un solo pelo de crin de caballo. A Damocles se le quitó el hambre y pidió al rey abandonar su puesto.

Además de ser como Damocles, conscientes de que hoy puede ser el último día de nuestra vida, los cristianos hemos de vivir con un solo deseo: ser santos. Dice el papa Francisco en su último documento ‘Gaudete et exsultate’: “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1)”.

Agradezcamos a Dios por la vida Urbano Zea, por los signos de bondad que manifestó en su vida como esposo, amigo, deportista y padre de familia. El papa Bergoglio reconoce que le gusta ver la santidad del pueblo de Dios: “padres que crían con tanto amor a sus hijos, hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, los enfermos, las religiosas ancianas que siguen sonriendo… Esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, ‘la clase media de la santidad’”. (GE, 7)

Tengamos los ojos abiertos para ver esos signos del amor divino en nuestros familiares y amigos difuntos. Pero sobre todo que no nos llegue el sueño de la muerte con el corazón frío, sin obras de amor a Dios y a los hombres. Entonces sí podríamos ser como los peces en el anzuelo atrapados en el tiempo malo, como los pájaros aprisionados por el lazo (Qo 9,12).

El Señor, en su misericordia infinita, conceda a Urbano Zea el perdón de sus faltas para llegar al lugar de la paz perpetua, a los Campos Elíseos de la eternidad, donde sólo descansan los atletas espirituales, los que supieron dar en su vida la buena pelea del amor.

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