La Eucaristía es la presencia del Cielo en la tierra. “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54)

Vi una puerta abierta en el cielo, y la voz que había oído antes, me habló y me dijo: “Sube hasta acá y te enseñaré lo que va a suceder después”. (Ap 4,1). La santa Misa es la puerta abierta al cielo; por la Misa nos remontamos hasta la liturgia celestial donde contemplamos a todas las fuerzas de la creación al servicio de Dios. En la misa nos transportamos al canto de alabanza de los serafines que aclaman a Dios diciendo “Santo, Santo, Santo”. Nos unimos al coro de los 24 ancianos que dicen “Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.

 La Eucaristía, en su liturgia de la Palabra, nos abre los tesoros de los cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. Son los evangelios: el de san Mateo, con rostro de hombre que describe mejor que nadie la humanidad de Cristo; el de san Marcos, con rostro de león, que inicia con la predicación rugiente del Bautista; el de san Lucas, quien acentuará el carácter sacerdotal de Cristo representado por un toro que evoca los sacrificios; y el de san Juan, con rostro de águila, que por la subliminal de sus revelaciones volará más alto que todos.

La Santa Misa es esa escalera abierta al cielo que nos introduce en los misterios de Dios. Por ella se renueva todo nuestro sentir y nuestro obrar. La Misa nos saca del tiempo y nos introduce en la eternidad, para regresarnos al tiempo y a la historia con un corazón más puro y más bueno.

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