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Peripecia, la más grande de la historia, fue la presencia de Pablo en Atenas (Hech. 17,16-34). Huyendo llega a la gran Ciudad dejando en Berea a sus  compañeros Timoteo y Silas. El narrador destaca así la soledad de Pablo en la imponente Ciudad. Recorre el Ágora como lo hicieran los filósofos y los ciudadanos atenienses de siempre. Imponente se alza de la Acrópolis al sureste.  Habilidad de Lucas para crear situaciones de contraste, para montar un escenario casi paradójico: este pobre misionero cristiano que viene huyendo para salvar el pellejo se atreve a predicar su esa doctrina, a en el lugar de culto a los dioses griegos; ese pequeño predicador se sitúa ante las dimensiones gigantescas de los templos, su pobre figura se incorpora a la mas grandiosa decoración de la Europa antigua. La Acrópolis, el Areópago, las esculturas de los dioses y diosas con sus templos de singular belleza.  ¿Qué puede hacer aquí personaje semejante, qué es lo que busca?

Pablo no es turista; tiene una misión según la cual es el apóstol de las gentes, pero descubre en todas las esquinas y encrucijadas las esculturas de los grandes artistas plásticos: los jóvenes de miembros suaves y los toscos guerreros; ondulándose el mármol en las líneas sensuales de las caderas y en los pechos rotundos de los más bellos cuerpos femeninos.  De todos los ángulos le llegaba la representación artística del cuerpo humano deificado. (Schlatter). No eran paseos los que Pablo daba en Atenas, sino más bien golpes para su espíritu; marchas violentas de un hombre que experimenta cómo el hombre se corrompe y se convierte en ídolo para sí mismo.

Pablo transforma su cólera en energía misionera.  La mayor parte del tiempo, al mejor estilo griego, la pasa en el Ágora. «Discutía ahí, con los judíos y los prosélitos en la sinagoga y, además, en la plaza, con los que se encontraba» (v.17) ¿Qué les reprocharía a los judíos? Ante la idolatría hiriente, ¿indiferentes, ocupados solo en hacer dinero y en su Ley? Pero no solo los judíos; con cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlo trababa conversación.

«Incluso algunos filósofos epicúreos y estoicos conversaban con él. Unos preguntaban: ¿qué tendrá que decir este charlatán? Otros, al oír que anunciaba a Jesús y la resurrección decían: parece ser un propagandista de dioses extranjeros». (v.18).

Lucas conoce muy bien las costumbres atenienses; el Ágora era un gran mercado, una macro plaza, rodeada por los templos a las divinidades, donde se acudían a hacer las compras y a escuchar novedades; el verbo ágorazein significa precisamente hablar, comprar, vender y encontrarse con amigos; pero significa también salir de casa sin un propósito determinado.  Pasear por ahí, ver si hay alguna novedad, pasar la tarde y regresar a comer.  Pero lo más impresionante es que esto es lo que hacía ahí mismo, Sócrates.  ¿En qué pensaba Lucas cuando pone a su personaje en ese escenario? Sócrates representa el nacimiento del filósofo a partir del espíritu del mercado, del hablar sencillo con la gente, de caminar juntos confrontando las ideas mediante preguntas y respuestas hasta asentar una verdad.  Era un hombre de ciudad.  Pablo también es un hombre de ciudad, necesita la multitud, las ocasiones de reunión, los foros, del gusto por mirar y el placer de oír. Él no quiere aprender como Sócrates: lo que quiere es enseñar, pero sabe, como Sócrates, “que el hombre no sabe nada”. Mayéutica ante kerigma. Pablo se enfurece ante la idolatría y sufre con el dolor de los que saben, lo que los demás ignoran.  Por eso, ni Pablo ni Sócrates, se pierden entre la gente, sino que se mezclan con ella, y preguntan y ponen en entredicho las respuestas.  Así pues, el paseo de Pablo por Atenas cuenta con un modelo famoso, el Apóstol sigue los pasos de Sócrates.  Lucas busca aclarar la situación y pone entre paréntesis: (Es que los atenienses, todos, y los forasteros residentes ahí gastaban el tiempo contando y escuchando la última novedad. v.21). ¡Y vaya novedad la que les espera!

Más clara aún es la alusión a Sócrates en la alusión burlona que le dirigen a Pablo: «parece ser predicador de divinidades extrañas». Sócrates en su defensa dice: «dicen que yo inventaba dioses, y como a un inventor de dioses nuevos, que no cree en los antiguos, me acusan justamente ante un tribunal». El paralelismo entre estos dos personajes se acentúa cuando Pablo refiriéndose a los dioses griegos emplea la misma palabra de Sócrates: “daimonia”, es decir, demonios.  En todo caso, Pablo se estaba jugando la vida, solo, ante aquella inmensa cultura. Por menos de lo que va a decir Pablo, Sócrates hubo de beber la cicuta.

Pablo está en el corazón del pensamiento y de la filosofía que marcará el mundo occidental. Es un encuentro de proporciones histórico-universales. En pocos versitos se vuelca el dramático encuentro de dos mundos, de dos ideas; y en la forma más desigual.

Del Ágora, «lo agarran de la mano, lo llevan al Areópago y le preguntaron: ¿se puede saber qué es esta nueva doctrina que enseñas?, porque estás metiendo conceptos que nos suenan extraños y queremos saber qué significan». (v. 19-20). Curiosidad e interrogatorio.

Al mejor estilo de la oratoria griega, Pablo comienza su discurso: «Atenienses, en cada detalle observo que sois en todo extremadamente religiosos. Porque paseándome por ahí y fijándome en vuestros monumentos sagrados encontré incluso un altar con esta inscripción: «al dios desconocido»”. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo». Es una pieza maestra de oratoria, rigurosa, precisa.  Y pasa enseguida a hablar del Dios verdadero que hizo el mundo, que creó al hombre y que no tiene necesidad que le sirvan manos humanas. «Quería que lo buscasen a él a ver si al menos a tientas lo encontraban, por más que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos. Así lo dice algunos de vuestros poetas “sí, estirpe suya somos”. Por tanto, somos estirpe de Dios y no podemos pensar que la divinidad parezca oro, plata o piedra, esculpidos por la destreza y fantasía de un hombre» (v.cf. 22-29). Los poetas aludidos son Arato y Cleantes. Hasta aquí Pablo hace una presentación del Dios hebreo, como creador, dueño y Señor de la historia.

Y lo decisivo, lo desestabilizador, la novedad radical son los vv. 30-31: «Pues bien, Dios pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia manda ahora a todos los hombres de todas partes que se enmienden; porque tiene señalado un día en que juzgará al universo con justicia, por medio del hombre que ha designado, y ha dado a todos garantía de esto resucitándolo de la muerte».  Esta pieza, dice D. Hildebrandt, constituye una de las fascinaciones más poderosas de la teología occidental.  El Theós agnóstos que se nos ha revelado en Jesucristo a quien resucitó de entre los muertos.  San Justino, (+165), filósofo griego convertido al cristianismo, escribe: “Nadie, en efecto, es capaz de poner nombre al Dios inefable, y si alguien se atreve a decir que hay un nombre que expresa lo que es Dios, es que está rematadamente loco”. (Apol. 61)

El choque ha tenido lugar, de igual a igual, frente a frente. Ya no es el Pablo electrizante de ICor.1-2, o Rom. 1, declarando insuficiente la sabiduría humana para salvar al hombre y oponiendo a la filosofía griega la locura de la cruz, “la estupidez de lo que predicamos”. Ahora, frente a frente, con la historia como testigo, Pablo presenta el mensaje cristiano cuyo centro de gravedad es la Resurrección de Cristo.

Igual, la reacción no se hace esperar: «Al oír “resurrección de los muertos”, unos se rieron; otros le dijeron: de eso te oiremos hablar después». ¿Era esta una palabra excesiva con la que Pablo no debió presentarse en Atenas? Claro que no, era lo que Pablo buscaba.

Quien tiene un ideal tan claro, ligero y luminoso como la inmortalidad del alma, la resurrección de un muerto tiene que antojársele como algo fantasmal, horrendo y macabro.  «Así salió Pablo de en medio de ellos». Y el final del relato no puede ser más desconcertante: «después de esto, dejó Atenas y se marchó a Corinto» (Hech.18,1).  Pero la semilla quedó sembrada, y toda semilla necesita tiempo para madurar, necesita morir para brotar multiplicada.  Era el ocaso de los dioses griegos.

Las nuestras son también ciudades llenas de ídolos; tal vez esperen un Pablo que les recuerde la desconcertante verdad única del cristianismo: «Yo soy la resurrección y la vida».

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Millones de horas-niño-clases-escuela se están perdiendo; esto es muy, pero muy grave. Lo peor para un pueblo. Amén que se está afectando la tramitología ya de por si lenta y burocrática. Ojalá haya solución pronta.

 

 

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