¡Tierra, no cubras mi sangre,

no encierres

mi demanda de justicia!

 

Triste amanecer. Y mortal. 06.53 horas. Esta mujer apreciada, periodista de profesión, fue abatida. Miroslava Breach ha sido asesinada. Plenitud de vida e hijos que lloran la orfandad. Gremio consternado, detritus final de la situación nacional. «Tormentoso  mal de desesperación fatal». «!Ah! ¡Ve la injusticia que sufro!, palabras que Esquilo pone en la boca del héroe encadenado en los confines del mundo. La Tragedia.

 

La ola de muerte que recorre el país, la alcanzó. Es la cuota de sangre que exige el Mal. Los medios destacan la ausencia de quien debería estar cerca del pueblo ‘mientras pasa la calamidad’.  Obituarios y palabras no cubren la tragedia. El mal es profundo. La mentira es la forma ya habitual de comunicación. Desigualdad, pobreza, zozobra, miedo, inseguridad; incompetencia y descaro.  Dudas, muchas dudas. La mentira. El diablo es mentiroso desde el principio. Es el padre de la mentira. También asesino.

 

Camus interpretó nuestra época, aunque los matices cambien. Por los campos de esclavos bajo el estandarte del crimen, las matanzas justificadas por la ambición, por una sed inexplicable de la sangre del hermano dejan sin amparo al juicio. El día que el crimen se acicala con los restos de la inocencia, resulta una curiosa inversión de valores, (no por ‘campesina’, menos fatal), que es propia de nuestro tiempo, es la inocencia la que se ve forzada a justificarse. El criminal no lo necesita. La inversión tiene lugar cuando la inocencia es la sospechosa. Resta en el nebuloso mundo de la duda, de la sospecha.

 

La cuestión de nuestra Patria, de nuestro mundo es menos política que religiosa. Hemos desplazado y proscrito al Dios revelado por Jesucristo, y nos hemos levantado, de nuevo, el becerro de oro. En torno a él danzamos y le ofrecemos a nuestros hijos e hijas en un aquelarre espeluznante. La Patria es una tumba clandestina. Y en todos los aspectos. También la verdad está soterrada.  ‘Los príncipes de este mundo, dice Pablo, mantienen prisionera la verdad’.

 

El sentimiento de lo absurdo, cuando se pretende ante todo obtener de él una regla de acción, hace al crimen cuando menos indiferente y, por consiguiente posible. Nos resulta fácil, muy fácil, de hecho son delitos menores, mentir, robar, asesinar. Lo que vemos desolados en los medios, aquello que nos muestran, es lo que sucede cuando los Mandamientos son conculcados. Un profeta del A.T. grita para los siglos: «Escucha, pueblo, mandatos de vida; presta oído para aprender prudencia. ¿A qué se debe, pueblo mío, que estés disperso, que envejezcas en tierra extranjera, que estés entre los muertos y que te cuenten con los habitantes del Abismo? – Es que abandonaste la fuente de la Sabiduría. Si hubieras seguido el camino de Dios, habitarías en paz para siempre».

 

“Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene culpa ni razón, se pueden atizar los hornos crematorios, (multiplicar las tumbas clandestinas, asesinar a mansalva), del mismo modo que cabe dedicarse a cuidar leprosos. Maldad y virtud son azar y capricho”. Camus se equivoca, no obstante la perfección del texto. En el fondo está la decisión del hombre, el juego tremendo de su libertad. El bien y el mal, la vida y la muerte, están frente al hombre. “Elije la vida y vivirás”.

 

El relato de Caín y Abel ha conservado y desplegado su fuerza de sugestión a través de los siglos. Es un relato pequeño con enorme densidad de materia y capaz de desencadenar una energía incalculable. La densidad del relato, de todos conocido, no consiste solo en la brevedad, sino en que sobre ella gravita uno de los problemas radicales de la humanidad. Si todos los hombres somos hermanos, todo homicidio es fratricidio. ¿De dónde brota la violencia que aniquila la vida humana? ¿Por qué resulta tan tristemente cierto el adagio de que ‘el hombre es un lobo para el hombre’? Una pregunta insoslayable, siempre actual. Y terrible. ¿Podemos decir que el libro del Génesis, cuando crea este relato, se hace la misma pregunta que nosotros? Creo que sí. Y remonta al exordio de la historia la explicación. Desde el principio, un relato de origen, un intento de explicación, para la suprema estupidez de la muerte sin idea, sin ideal, manejada por la ambición y el odio.

 

Es la muerte de la humanidad, en Londres o en Chihuahua: homicidio, fratricidio. El homicidio brota del odio. El odio es homicida desde el principio. El odio puede nacer o manifestarse en forma de rencor, de antipatía, de desprecio, de despreocupación. De ambición.  En una palabra, de no aceptar el puesto y la función del hermano.

 

Ortega y Gacet escribían en 1914, en sus Meditaciones sobre El Quijote: «El odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los valores. Cuando odiamos algo, ponemos entre ello y nuestra intimidad un fiero resorte de acero que impide la fusión, siquiera transitoria de la cosa con nuestro espíritu. Solo existe para nosotros fusión, siquiera transitoria de la cosa con nuestro espíritu. Solo existe para nosotros desconocido, o lo vamos olvidando, haciéndolo ajeno a nosotros. Cada instante va haciendo el objeto menos, va consumiéndose, perdiendo valor.

 

El rencor es una emanación de la conciencia de inferioridad. Es la suspensión imaginaria de que no podemos con nuestras propias fuerzas realmente suprimir. Lleva en nuestra fantasía aquél por quien sentimos rencor, el aspecto lívido de un cadáver, lo hemos matado, aniquilado con la intensión». Con la intensión o con las balas. El complejo de inferioridad busca siempre la venganza artera.

 

Y llegamos al borde de la desesperación cuando leemos: “Además de los 4 mil 59.2 millones de pesos que el INE  les asignó para 2017, los nueve partidos con registro nacional se llevarán otros 4 mil 176.3 millones de pesos con cargo al erario de las entidades federativas”. (El Diario). ¿Dónde está el verdadero mal?

 

Descanse en paz esta periodista arrebatada. Y los miles y miles de mexicanos que están muriendo igual.

 

 

 

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