Masacre en Las Vegas


La noche del 1 de octubre fue de terror en Las Vegas Nevada. Una persona vació su arsenal de armas de fuego contra los asistentes a un concierto, desde el piso 32 de un hotel. Fueron 59 los muertos y más de 500 los heridos. Nos parece inaudito que una persona se atreva a abrir fuego contra una multitud, pero también resulta increíble que las leyes de Estados Unidos pongan tan pocas restricciones a quienes compran armas de fuego.

Detrás de esta facilidad para adquirir armamento, está la segunda enmienda de la Constitución estadounidense, que proclama el derecho que tienen los ciudadanos a tener armas de fuego. Pero también está la poderosa Asociación Nacional del Rifle, organización que defiende a capa y espada la segunda enmienda.

Nos preguntamos si en una sociedad que sufre por constantes masacres en las calles, restaurantes, aeropuertos, escuelas, campus universitarios, parques y salas de concierto, deben continuar vendiéndose armas de fuego a todos, o si el derecho a tener armamento debe ser restringido sólo a personas que demuestren que son responsables, que no tienen antecedentes penales, que no utilizan drogas y que pueden controlar sus emociones.

No importa que la Asociación Nacional del Rifle ayude a financiar campañas electorales. Tanta sangre vertida inútilmente exige que el bien común y la seguridad de los ciudadanos estén por encima de cualquier interés político y económico.

Misterio de la vida y de la muerte


En las últimas semanas hemos visto cercano el espectro de la muerte. Los huracanes y los sismos, eventos naturales, segaron muchas vidas. La masacre de Las Vegas, acontecimiento provocado por el pecado, acabó de pronto con la existencia de 59 personas. Quienes se levantaron el 19 de septiembre para vivir sus habituales ocupaciones no se imaginaron que aquel sería su último día. A quienes fueron a disfrutar de un concierto de música country no les pasó por la cabeza que una lluvia de plomo los despediría de este mundo para enviarlos a la eternidad.

¡Qué misterio es estar en el tiempo! Si nos dijeran que dentro de una hora vamos a morir, ¿qué haríamos? ¿cómo reaccionaríamos? Quizá nos pondríamos a hacer algo para lo que nunca tuvimos tiempo. Delante de la muerte y la eternidad, tantas cosas a las que dimos importancia, de pronto, nos parecerían irrelevantes. Y algunas otras, a las que no prestamos atención, nos parecerían fundamentales. La inminencia de la muerte nos llevaría a lo esencial. Tal vez iríamos a reconciliarnos con alguien, quizá suplicaríamos un poco más de tiempo para estar y abrazar a la familia. O nos lamentaríamos de no habernos acercado más al misterio de Dios.

Recordemos siempre que estar en el mundo es un gran regalo, y que vale más veinte años de amor, que noventa y cinco de vida inútil.

Consumo de cristal entre menores


Los menores de edad se están drogando más que antes. El consumo de cristal ha aumentado hasta en un 60 por ciento en menores de entre 12 y 14 años, en el último año. Así lo ha dicho la Mesa de Prevención de las Adicciones en el Programa Todos Juntos por Chihuahua. Los expertos dicen que los adolescentes tienen serios problemas familiares y psicológicos que los llevan al uso de las drogas.

Nuestra cultura no ayuda a que los jóvenes no se droguen. En la cultura del consumo en que vivimos, muchas personas no pueden percibir cuál es el sentido de su vida y dónde está su destino vital. Las aspiraciones a una vida plena se reducen a vidas que sólo buscan los tiempos de ocio y de consumo. Muchos jóvenes no se sacrifican para un futuro, sino que viven sumergidos sólo en el presente. Su aspiración se ha vuelto solamente terminar el tedioso trabajo, para vivir el fin de semana. La finalidad de sus vidas es sólo la diversión y el espectáculo.

Cuando no se tiene algo grande por lo que valga la pena vivir y sacrificarse, la vida se vuelve angustia y ansiedad. Para llenar este vacío, una gran tentación son las drogas. Mostremos a los jóvenes que sólo cuando se abraza un gran ideal, la vida es una aventura estupenda que tiene sentido.

Ver en el Blog del Padre Hayen