Norteamericanos divididos
Con la llegada, el viernes 20 de enero, de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y la Marcha de las mujeres al siguiente día, se vio la profunda división que padece la sociedad norteamericana.

Por una parte están quienes quieren recuperar el sueño americano de progresar económicamente, salir de la pobreza y dejar a sus hijos una mejor situación económica; son personas que no necesariamente odian a los inmigrantes pero desconfían de ellos, especialmente por los actos de ciertos grupos terroristas. Son personas profundamente religiosas que defienden la libertad religiosa como uno de los pilares fundacionales de su nación, personas con una fuerte defensa de la familia natural y que no se sienten representadas por la agenda liberal del partido demócrata. Fueron ellos quienes votaron por Trump y lo ovacionaron el día de la inauguración de su mandato.

En las antípodas están los grupos que defienden los derechos de las minorías, los grupos a favor de los migrantes, la liga LGBT, el feminismo radical que reclama el aborto legal y la ideología de género. Ellos promueven la conformación de la sociedad en una pluralidad de formas de familia, y no sólo la integrada por un hombre y una mujer. Piden el derecho a la educación y a la asistencia sanitaria, apoyan una economía mixta que combata los extremos de riqueza y pobreza que produce el capitalismo desenfrenado. Creen que todos los ciudadanos tienen el derecho a ver cubiertas sus necesidades básicas y defienden la protección al medio ambiente. Son quienes se sienten representados por el Partido Demócrata y apoyaron la Marcha de las Mujeres en Washington.

Los católicos norteamericanos también están divididos, pues se identifican con uno o el otro grupo. Sin embargo quienes han recibido el bautismo no deben poner su identidad partidista por encima de su identidad más profunda, que es su ser cristiano. No se puede ser tan ciego que, por defender a un partido, se termine aplaudiendo absolutamente todo lo que una ideología política propone. Decir ‘soy demócrata’ o ‘soy republicano’ antes de decir ‘soy cristiano’ es caer en idolatría.

Inquietante película

El tráiler oficial de la película ‘Silence’, de Martin Scorsese, da la impresión de que es una historia sobre los misioneros en Japón que valientemente sufrieron el martirio por profesar su fe católica. La Iglesia celebra en su liturgia a aquellos mártires del Japón del siglo XVI y XVII; conocemos las historias reales de san Pablo Miki y sus compañeros mártires, entre ellos san Felipe de Jesús, que soportaron admirablemente el martirio de tomó proporciones de crueldad inaudita.

Pero ‘Silence’ no es una película que narra aquellas gloriosas historias de martirio en la historia de la Iglesia en Japón. La película es inquietante porque no se trata de mártires cristianos, sino de cristianos que evitan el martirio. Se trata de una novela de Shusaku Endo que presenta a dos jesuitas portugueses que viajan a Japón para buscar al padre Ferreira, de quien se rumora que ha apostatado públicamente. Es una película que explora el silencio de Dios en medio del sufrimiento extremo.

Los católicos del filme viven una dramática situación: defender su fe de manera pública los hará enfrentarse a muertes terribles con métodos y formas de tortura increíbles, o bien deberán pisotear a Cristo para escapar de tales suplicios. ‘Silencio’ se centra en la apostasía como medio para evitar el sufrimiento.

En ámbito católico ‘Silencio’ ha suscitado críticas favorables y otras no favorables. Quienes la defienden, como el intelectual católico Juan Manuel de Prada, argumentan que no se trata de una vivencia cómoda de la fe, sino de una dolorosa renuncia a propagar de manera pública el Evangelio, a cambio de evitar el exterminio de muchos hermanos. Ya san Agustín hablaba de ello diciendo: “Dios no quiere que rehuyamos el martirio; pero mucho menos quiere que nos arrojemos al martirio insensatamente, o que nuestra insensatez arroje al martirio a nuestros hermanos”.

Por otra parte ha habido críticos duros a ‘Silence’ como el obispo de San Sebastián José Ignacio Munilla, quien afirma que la película “le decepcionó” porque no es fiel al martirio que aconteció en aquel tiempo. “Los padres jesuitas, ellos por delante, dieron un testimonio de fidelidad en medio de aquella prueba martirial y, desde luego, la apostasía en ningún momento fue la que allí primó”, afirmó. Y dijo que la escena en la que el mismo Jesucristo pide al sacerdote que apostate y pise su imagen, es un absurdo. “El martirio –explica– es una gracia para que no caigamos en el pecado de apostasía”.

La película no se recomienda a personas de una fe frágil o inmadura, como un recién converso, por ejemplo, sino para aquellos cinéfilos firmes en su fe católica.

Ver en el Blog del Padre Hayen