La mayoría de los mortales somos torpes para corregir, probablemente porque no fuimos corregidos de manera adecuada cuando éramos niños. Quizá porque nos humillaron en público, o bien porque vimos a nuestros padres corregirse entre gritos y groserías. Tal vez también porque no teníamos un claro sentido de las reglas en casa.  

A veces encuentro personas en la calle o en el súper, a madres de familia, por ejemplo, que se ponen furibundas contra sus hijos, delante de la gente y les espetan una retahíla de groserías. Pobres niños, me quedo pensando. Su autoestima debe estar por la calle de la amargura. Estas criaturas, cuando sean varones o mujeres adultos, serán torpes para amonestar y corregir porque fueron víctimas de una pésima corrección.
Cuando viví en Colorado como estudiante de intercambio, hace muchos años, me tocó ver a un padre de familia corregir a su hijo. El niño quería un juguete que su hermana tenía, y se lo arrebató de las manos. El papá dijo al hijo que lo devolviera a su hermanita y el niño le gritó: “¡No!”. Y comenzó una batalla entre voluntades. El padre, con calma y firmeza tomó a su hijo llevándolo a otra habitación, mientras que la criatura, como energúmena, pataleaba y gritaba haciendo berrinches. Después de unos minutos el papá regresó, en tanto que los gritos del niño continuaron en el cuarto, hasta poco a poco se fue calmando. Siempre pensé que aquel era un buen método para disciplinar a los hijos. 
Un primer paso para una adecuada corrección a los hijos es dejar muy en claro las reglas de la casa y mantenerse firme con las consecuencias de una conducta que rompa las reglas. Hay que explicárselo a los hijos. Cuando la desobediencia ocurra, las consecuencias deben manifestarse. Éstas no se pueden negociar. Si un hijo desobedeció gravemente una regla en la familia, los padres deben ponerle un castigo y han de mantenerse firme en la sanción. Si por ejemplo a un hijo adolescente que se ha portado mal, se le quita el coche durante el fin de semana, y él le dice a su papá que tan sólo le permita lavar y encerar el auto, hay que decirle que no. No se deben de negociar las consecuencias de su mala conducta.
Segundo paso, hay que corregir en privado. A nadie nos gusta que se nos corrija en público porque lo consideramos humillante. Si un hijo se porta mal, hay que hacérselo saber y decirle que cuando llegue a casa vendrán las consecuencias. Si se le tiene que corregir de manera inmediata, hay que encontrar un lugar privado para hacerlo. Reprender en privado es cuestión de respeto al hijo. De hecho, aún en la corrección, se debe tratar al hijo atentamente. Estamos hablando, evidentemente, de niños mayores de cinco años. Los menores ni siquiera distinguen todavía el bien del mal.
Por último, hay que conservar la calma. Cuando nos dejamos llevar por la ira, solemos transformarnos en otras personas. Dicen los expertos que cuando una persona está muy enojada o tiene miedo, su adrenalina corre más velozmente y su fuerza se incrementa en un 20 por ciento. Eso funciona muy bien para escapar de algún peligro, pero no para corregir a los hijos. Si el padre o la madre sienten de pronto rabia contra un hijo, es mejor que se vayan a otra habitación y ahí busquen la calma. Hay que respirar hondo y hacer oración en ese momento. Si no hay otra habitación, deben guardarse sus palabras hasta que tengan tranquilidad. Una vez recobrada la calma, se habla con el hijo para que asuma las consecuencias de su mala conducta.
Si aprendemos el arte de la corrección con humildad y caridad, evitaremos que muchos hijos vivan resentidos contra sus padres, alumnos contra sus maestros, que trabajadores vivan hablando mal de sus jefes; o que seminaristas dejen el Seminario heridos por algún sacerdote; o que sacerdotes vivan aislados por resentimientos contra su obispo. 

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