Al sonar el despertador, hacia las seis de la mañana, lo primero que hago al salir de la cama es servirme dos vasos de un contenedor de agua que tengo en mi mesa de noche. Lo he hecho una costumbre desde hace muchos años y me hace sentir muy bien. Esta costumbre viene de Japón y que fue aprobada por la Japan Medical Association.

Me contaba un amigo mío sacerdote que lo primero que hacía por la mañana, al abrir los ojos, era servirse una taza de café. ¡Qué cosa tan espantosa!, le dije. ¿Cómo podía echarle a su estómago en ayunas una bebida estimulante como el café? Por supuesto que no tardaron en aparecer en mi hermano sacerdote una serie de trastornos estomacales que ya lo tenían preocupado. “Deja de meterle café a tu cuerpo y comienza a darle agua -le aconsejé-, es mucho más saludable”. Lo hizo, gracias a Dios.

Los expertos afirman que la terapia de beber agua en ayunas combate y previene los dolores de cabeza y del cuerpo, el sistema cardíaco, la artritis y la taquicardia; la epilepsia, el exceso de gordura y la bronquitis; la tuberculosis, meningitis, enfermedades de los riñones y urinarias; el vómito, la gastritis, diarrea y hemorroides; también la diabetes y el estreñimiento, todas las enfermedades de los ojos y el útero; también previene el cáncer, los trastornos menstruales y las enfermedades de oído, nariz y garganta. Por supuesto que todas estas prevenciones son son automáticas solamente por vivir con la terapia del garrafón. Hay que cambiar ciertos hábitos alimenticios y el estilo de vida que llevamos para que el agua haga mejor su trabajo.

También tengo la costumbre de terminar mis comidas con un té caliente. Lo hago para diluir la grasa en el estómago después de la comida. Muchas personas acompañan sus comidas con un vaso de gaseosa con mucho hielo, o después de comer se sirven agua fría o con hielo. Esta costumbre es bastante perjudicial para el cuerpo. A la grasa de la comida se le añade bebida fría y ello cuaja la grasa en el estómago dificultando el proceso digestivo.

Antes de irme a la cama, por la noche, bebo un vaso de agua completo. Tengo comprobado que esto me evita los calambres nocturnos, esos que te vienen en la planta de los pies o en muslos y pantorrillas y que te despiertan en la madrugada sacándote de la cama y haciéndote pisar el suelo. Desde que bebo el vaso de agua nocturno, dije adiós a esos calambres. Algo muy importante es que el agua me da pocas probabilidades de tener un infarto nocturno o una embolia, según dicen los expertos. Procuro, por supuesto, hacer pis antes de acostarme, pero bien vale la pena que a veces tenga que levantarme a la madrugada para ir al baño, con tal de evitar males mayores.

Para una mejor digestión hago el esfuerzo de no tomar comida ni agua dos horas después de cada comida. El proceso digestivo es como un ciclo de lavadora. Una vez que pones la ropa en el agua, colocas jabón y enciendes la máquina, debes dejar que termine el ciclo de lavado y no echar más ropa ni más jabón al proceso. Así con la digestión. A los 15 minutos de haber terminado la comida, deja que tu máquina digestiva termine su proceso de dos horas.

Son pequeños consejos de salud que he recibido de diversas fuentes informativas y que me han funcionado para evitar desórdenes corporales. Las terapias del agua las practico, sobre todo, por cariño a mi cuerpo que, aunque no es ninguna belleza, es el que me dio el Señor para ser vehículo de mi alma y templo donde habita el Espíritu Santo.

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