En un viejo cine, ya cerrado, del centro de mi ciudad, ha permanecido la marquesina con un letrero que dice ‘sólo adultos’. Ese establecimiento fue antaño una sala de cine pornográfico donde se refugiaron toda clase de sátiros, faunos, exhibicionistas, depredadores y gente proclive a los gozos del libido. A un menor de edad no le estaba permitida la entrada a aquella sala. Era sólo para adultos.

A veces llegan menores de edad al confesionario y se acusan de que han visto películas ‘para adultos’. Yo les digo que esas películas no son para niños, ni tampoco para adultos. La razón es porque a todos hacen daño y crean adicción. Nadie diría que la cocaína es una droga no apta para menores y sí para los mayores de 18 años. Las drogas dañan a todos por igual. De la misma manera, la pornografía se convierte muy fácilmente en una droga que afecta a grandes y chicos.

En su libro ‘The porn myth’, Matt Fradd explica que los neurocientíficos afirman que la corteza prefrontal del cerebro humano se localiza detrás de la frente. Es la parte que sirve como el centro de control de todo el cerebro. Es responsable de nuestra fuerza de voluntad, y regula nuestra conducta tomando decisiones basadas en juicios sobre el bien y el mal. Cuando las emociones, los impulsos y las necesidades surgen en el encéfalo, los lóbulos en la corteza prefrontal ejercen el control sobre ellos. Esta región del cerebro alcanza su madurez cuando la persona tiene de alrededor de 25 años, es decir, el pensamiento se vuelve más sofisticado y la persona tiene más facilidad para controlar sus emociones.

La pornografía tiene un fuerte impacto en esta región del cerebro. Cuando el cerebro responde a la estimulación sexual, oleadas de dopamina son liberadas, y la persona se concentra en su deseo sexual. La dopamina ayuda a traer recuerdos al cerebro para ayudar a la estimulación sexual. Pueden ser memorias de experiencias sexuales pasadas, sea con una persona, frente a una pantalla de cine, de un teléfono celular o una computadora.

Los científicos afirman que una continua exposición a la pornografía proporciona al cerebro una cantidad de dopamina mucho más alta de lo que puede gestionar, y el cerebro experimenta una fatiga. Gary Wilson, profesor de anatomía y fisiología, observa que así como el uso de drogas desensibiliza el cerebro, así también ocurre con la pornografía.

Es increíble. Así como las adicciones a drogas como la cocaína, la heroína y las metanfetaminas dañan los lóbulos del cerebro, así ocurre con la adicción sexual en grado severo. Cuando una persona adicta a la pornografía tiene el deseo de ver estas imágenes, queda muy poca fuerza de voluntad para regular sus deseos. Sus lóbulos cerebrales están afectados y la persona va perdiendo el control de sus impulsos y el dominio de sus pasiones. Por eso la pornografía crea adicción.

Lo que debiera ser un cerebro de adulto maduro, con claridad de pensamiento y fuerza de voluntad, se va convirtiendo en un cerebro más aniñado, como el de los adolescentes. Por eso el entretenimiento ‘para adultos’ va convirtiendo a las personas en seres más inmaduros.

Matt Fradd se pregunta: ¿Qué actividad es más madura y más propia para los adultos: tener relaciones sexuales con el cónyuge durante toda la vida, es decir, con una pareja a la que se ama, se sirve y se protege -a pesar de sus defectos-, o vivir navegando en internet, saltando de imagen en imagen, de escena en escena, durante horas para complacerse en un autoplacer?

Cuando veamos que en algún lugar se anuncien películas para adultos, entretenimiento para adultos, juguetes para adultos, espectáculos para adultos, recordemos que, en realidad, todo ello tiende a bloquear la madurez de esos adultos, a fijarlos en comportamientos adictivos y mantenerlos viviendo en el país del ‘nunca jamás’, como Peter Pan, en una permanente adolescencia.

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