Hace muchos años mi familia decidió que no habría regalos en Navidad. Fue una liberación para todos. Dejamos de sentirnos presionados por la ola consumista que a muchos empuja a tener que comprar algo, muchas veces de manera forzada. Aprendimos que el gran regalo de unos para otros es estar juntos y convivir como familia. Un desprendimiento de la costumbre de darnos regalos navideños nos ha hecho darnos cuenta de que el verdadero regalo es la presencia de Jesús en nuestras almas.

Los magos, reyes o sabios de Oriente hoy nos siguen dando una gran lección: nuestros regalos han de ser para Jesús. Los Santos Padres de la Iglesia, buscando el significado de aquellos regalos nos enseñaron que ofrecieron oro al Niño por ser rey, incienso por ser Dios, y mirra por ser hombre, ya que la mirra, en el imperio romano, era un anestésico para los moribundos o los condenados a muerte. Jesús será, más adelante, el condenado a muerte para nuestra salvación.

Personalmente me gustan mucho los regalos, pero aprecio, sobre todo, los que son más espontáneos, fuera de la presión consumista. Ellos son expresiones de cariño hacia las personas que queremos. Los regalos tienen su origen en Dios, que “tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En esta fiesta de Reyes entendamos que Jesús es el gran regalo del Padre para todos, y nosotros estamos llamados a ser regalos para Dios.

Me impresionó la historia de Manuelito Foderá, un niño de cuatro años que enfrentó su cáncer como una historia de amor inagotable con Jesús. Un pequeño que ofrecía su dolor hasta el final para convertir el mayor número de almas posibles a Dios. Un niño que no entendía cómo era posible que hubiera personas que no amaran al Señor. Un niño que a los nueve años vivía una relación con el Padre celestial como si estuviera en una fiesta, tan seguro del Paraíso que no veía frontera entre la tierra y el cielo. Murió en 2010 ofrendando su enfermedad y su vida a Jesús.

Los reyes magos pusieron sus dones a los pies de Jesús. Es una espléndida enseñanza. Todos hemos recibido talentos como la inteligencia, la salud y el cuerpo, capacidades de liderazgo, talentos artísticos o administrativos. Es triste saber que hay personas con inteligencia muy aguda y capacidades enormes, pero al servicio del mal, del crimen, de la mafia, del daño a la gente. La Epifanía nos recuerda que el oro, el incienso y la mirra han de colocarse frente al Señor. Dice San Pablo: “Yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer” (Rom 12, 1).

La madre de Francisco Javier Olivera tomó muy en serio la exhortación de san Pablo y, como Ana, la madre del profeta Samuel, ofreció a su hijo al Señor, siendo éste un niño, para que fuera sacerdote en Asia. Dios escuchó su petición. Hoy el padre Francisco Javier es misionero en Mongolia, donde apenas hay 1200 católicos y con leyes muy restrictivas para el catolicismo. Ahí lleva la Palabra de Dios y su amor sacerdotal con temperaturas de 30 grados bajo cero en el invierno.

Santo Tomás de Aquino se preguntaba qué sucedió con los regalos que los Reyes magos ofrecieron al Niño. Y cita una antigua tradición que dice que la Sagrada Familia los utilizó para aliviar las necesidades de otros hermanos. Ni el oro que recibió el niño alteró la forma sencilla de vivir de la Familia de Nazaret. Además de llevar nuestros talentos a los pies de Jesús, la fiesta de hoy nos invita a ponerlos al servicio de los hermanos.

Son tantos los testimonios maravillosos de servicio generoso entre hermanos en nuestra diócesis, que no se podrían enumerar. Me quedo con el testimonio del equipo del Método Billings, a quienes Presencia reconoció como los Discípulos de Jesús 2018. Ellos comparten con otras parejas el gozo de amar, defender y celebrar la vida; así contribuyen a fortalecer el amor de los esposos. Instruyen a matrimonios a utilizar el método Billings, y ofrecen conferencias de sexualidad a grupos juveniles.

Los regalos son el sentido de la vida. Sin ellos no podemos vivir. Clave para la felicidad es recibir el regalo del amor divino y hacerlo circular, en el servicio, con los hermanos.

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