Génesis 3 contiene el relato (etiológico) que explica esa quiebra, tan profunda como misteriosa, de la entera raza humana concretizada en el mal con todos sus rostros. Lo vemos, hiriente, en el caso James; tras un mes y días en su búsqueda fue encontrado muerto. Nuestra imaginación y pensamiento se detienen estupefactos ante el hecho. “Y nadie vido nada”.

Sí, “Dios vio todo lo que había hecho y vio que era muy bueno”, (Gen.1,31); si todo es bueno desde el principio y el hombre es la corona de ese universo tan bueno, ¿cómo se explica la presencia innegable del mal?  El teólogo final que redacta el Génesis encuentra la respuesta remontándose al origen de la humanidad: entre la bondad inicial de la creación y el estado de experiencia actual ha sucedido una quiebra que se llama “desobediencia a Dios”. Aquí radica la madre de todas las tragedias. Los trágicos griegos, Goethe o Dostoievski y todos los ingenios giran en torno a esa tragedia primordial intentando entender su significado y asombrados ante el desastre. Todo confluye en esa desobediencia primordial, en la ruptura entre el Creador y su creatura.

La historia del pecado (Gen.2-3) está construida según el esquema clásico de la experiencia israelita: don de Dios-rebelión humana-castigo limitado-nuevo comienzo. Algunos materiales parecen de ascendencia mítica, mientras el problema del origen del mal está planteado en clave sapiencial, en clave de sabiduría. Entonces, desobedecer a Dios es necedad, es imprudencia, es insensatez.

Esa desobediencia original está planteada en el Libro Santo de la manera más sencilla y profunda a la vez. No es crónica, es una reflexión sapiencial. ¿Por qué las cosas son así? Reflexión a profundidad que no alcanzada por ninguna psicología; y en un tono llano, se plantea el único y radical problema humano: el mal.  Todo es plenitud de belleza, comunión y amor, una especie de ‘constitución del amor’; la serpiente primordial, “el más astuto de los animales”, envidioso, se acerca a la mujer para buscar un diálogo, un diálogo falso, por supuesto. Es muy sencillo y en su sencillez está el valor universal: “¿con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?”. La mujer contestó a la serpiente: ¡No! Podemos comer de todos los árboles del jardín, menos del que está en el centro, de ese ni tocarlo bajo pena de muerte. Y la serpiente replicó: ¡Nada de pena de muerte! Lo que pasa es que Dios sabe que, en cuanto comáis de ese árbol, se os abrirán los ojos y serán como Dios capaces de determinar lo bueno y lo malo”. (3,1-5). El golpe da en el blanco.

He ahí trazada la psicología de la tentación: el diablo es un gran orquestador de debates, un gran director de reality shows, un estupendo levantador de encuestas, un buen propagador de fake news: al final solo queda la duda, la sospecha, la nada; la mentira y el engaño.

Jesús dice a sus oponentes, a los que se resisten a creer y se refugian en la seguridad equivocada de sus ritos y su raza: “Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis realizar los deseos de vuestro padre. Él fue un asesino desde el principio, y nunca ha estado con la «verdad» porque en él no existe la verdad. Cuando dice la mentira le sale de dentro, porque es falso y padre de la mentira. A mí, como digo la verdad, no me creéis”. (Juan 8,44-45). Escalofriante descripción de diablo y su método. Ahí el garlito donde el hombre se juega  todo.

Eva ante un falso diálogo, una pregunta basada en una mentira. El diablo se introduce en la serena vida de la pareja primordial mediante una mentira, y responder a ello fue un segundo error. Y sobrevino el colapso universal: la desarmonía total, el mal, la muerte. La naturaleza se rebeló, los esposos se enfrentan, un hermano asesina a su hermano. Y Dios se arrepiente de haber creado al hombre. “En la tierra crecía la maldad del hombre y toda su actitud era siempre perversa”. (ver: Gen.6,5-6). Y con el diluvio busca lavar la tierra de tanta maldad.

El diablo nunca ha estado con la verdad y es asesino siempre, hasta hoy. Fábrica de noticias falsas. Matt Skiber no existía, pero era un tipo muy ocupado. Durante la campaña electoral estadounidense de 2016  reclutó a manifestantes para la Marcha por Trump, contrató anuncios en Facebook que presentaban a Clinton dándole la mano a Satán. Como miembro y casi líder del movimiento conservador Somos Patrióticos, Skiber era un activista entregado al que nunca le faltaba dinero.

Una imagen difundida por la cuenta ‘Armada de Jesús’, deja ver a Jesús y Satán jugando unas ‘vencidas’. Mesa de por medio, tomados de la mano, el diablo dice: si gano pierde Clinton; Jesús responde: si yo lo permito. Sí, lector estimado, el diablo tiene master en ciencias de la comunicación. Maneja mejor que nadie las redes y sabe para qué sirven mejor que nosotros.

O, ¿qué le parece esta gran convocación moralizadora: “ancianos venerables de las comunidades indígenas, maestros y maestras, padres, madres de familia, jóvenes, filósofos, antropólogos, psicólogos, especialistas, escritores, poetas, activistas, indígenas y líderes de diferentes religiones. Será un diálogo ecuménico, interreligioso, entre religiosos y no creyentes, para moralizar a México”. Sí; por mi voluntad sola se borrarán todas las diferencias. Tú no lo lograste; es más, hiciste lo contrario. Yo voy a corregir tu obra. Para eso soy el ‘príncipe de este mundo’. Parece que oímos a Dostoievski. Thomas Browne en su interesante suma ‘Examen de numerosas ideas recibidas’, escribe: “Intentar redactar la lista de todas sus astucias, (del diablo), es una aritmética demasiado complicada para el hombre”.

El diablo no es un doctrinario. No está atado a un engaño o a un sistema específico. Goza de una flexibilidad tal que gusta de orquestar errores contrarios. Alianzas para el poder entre los más opuestos. Cero principios. Todo, menos la verdad. Su firma ilegible, tanto en el plano de la afectividad como en el plano de la inteligencia es jugar desde todas las bandas de la mesa del póker. Así, Browne habla de: “la extraña manera en la que él nos llena de errores y nos incita con el engaño de falsedades contradictorias”. Hay cinco falsedades primordiales que luchan entre sí, que nos propone el diablo: “que no hay Dios; que hay muchos dioses; que él mismo es dios; que él es inferior a los ángeles o a los hombres; que él no es nada en absoluto”.  Yo añadiría otra: que todas las religiones son iguales, es decir, ninguna sirve.

Y es que en lo incognoscible funda su esencia. Bernanos lo describe con su arte genial: “¡Su risa! Esa es el arma del príncipe de este mundo. Se oculta lo mismo que miente, adopta todos los aspectos, incluso el nuestro. Nunca espera, no se queda quieto en ningún sitio. Está en la mirada que lo desafía, está en la boca que lo niega. Está en la angustia mística, está en la seguridad y en la serenidad del necio”.

Escribo motivado por los comentarios que mereció mi entrega anterior. Aludía en ella a Fausto, obra de J. W. Goethe; una obra mayor de la literatura universal. Pero debemos entender que esta obra no es un “divertimento” sino un intento de explicar el mismo misterio: el hombre que se cree Dios, el «hombre fáustico», que intenta suplantarlo, corregir su obra, e incluso, lo más demoniaco, querer hacer el bien sin Dios.  (Fabrice Hadjajd). En el “Prólogo en el Cielo” está la frase que impresionó a mis lectores: “Nada puedo decir del sol y de los mundos. No veo más que una cosa: la miseria de los hombres (…) vivirían un poco mejor si no les hubieras dado ese destello de luz celestial a la que le dan el nombre de razón y que no les ha servido más que para ser más bestias que las bestias”. Se trata de un reproche que el diablo dirige a Dios haciéndole ver su error. Y en eso también miente porque la inteligencia nos la dio Dios para usarla para el bien. Solo bajo su influjo perverso podemos usarla para el mal.

Goethe no era superficial. En su obra denuncia el nacimiento de la nueva cultura que irá desplazando a Dios para erigirse ella misma por todos los medios en dios, conocedora del bien y del mal, dueña de una eterna juventud, “del instante eterno”, realizadora de un progreso lineal y ascendente y creadora, al fin, de la verdadera felicidad del hombre.

En la corte imperial, Fausto accede al mundo de la economía, de los negocios y de las grandes realizaciones industriales de carácter cosmopolita. Con un simple artilugio logra salvar al emperador de la ruina económica mediante la invención del papel moneda; arma un ambicioso plan de industrialización y de apertura de grandes empresas colectivas creadoras de una sociedad cosmopolita.  Ese progreso no tiene fin; ese crecimiento no tiene límite.

El cumplimiento del deseo y la realización de la acción tienen, pues, carácter siniestro. Se crea el bien, la civilización y el progreso, pero por la vía satánica del mal, de la explotación, del saqueo y de la negación, de la corrupción

Seréis como Dios, o el hombre fáustico, ¿dónde encarna, hoy, mejor, ese ideal de Mefistófeles? Fausto terminó ciego.

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