“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Me decía un feligrés que, después del nacimiento de su tercer hijo, el ginecólogo le preguntó a la parturienta que si quería que le ligaran las trompas de Falopio mediante una pequeña intervención quirúrgica. “Por su puesto que no –dijo la señora–, es algo que debo consultar con mi marido”. El médico se molestó mucho con la paciente y le dijo que era ella quien debía tomar la decisión, sin tener que consultarlo con su marido, ya que ella era dueña de su cuerpo. La recién parida, convencida, no permitió la castración, pues estaba convencida de que su cuerpo no era totalmente suyo, sino que también pertenecía a su esposo. Eran ellos, por el sacramento del matrimonio, una sola carne.

En su diálogo con los fariseos, Jesús enseña que marido y mujer con una sola persona conyugal, que el divorcio no existe en el plan de Dios y que, tanto los casados como los célibes por amor al Reino de los cielos, deben tener como ideal la santidad de aquel ‘principio’ cuando Dios creó al hombre y a la mujer en estado de santidad originaria. Una sola carne significa elegir el tesoro más precioso de nuestra vida que es nuestra alianza con Dios, y que se expresa “en la carne”, es decir, en una vida entregada al cónyuge y a las relaciones familiares.

No permitamos que la mentalidad mundana nos envuelva. El divorcio, la contracepción, la esterilización y el aborto son males que hoy han infectado al mundo y quieren también contaminar a la Iglesia. Quienes queremos ser libres hemos de permanecer unidos a Jesús y fieles a su Palabra que se nos transmite a través de su Cuerpo Místico. Pidamos al Señor permanecer en su amor, ya que es Él quien nos ha elegido.

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