La vida de santa Rosa de Lima ilumina la crisis que se vive hoy en la Iglesia, en torno a los escándalos de abusos sexuales de una parte del clero. Santa Rosa encontró la perla preciosa del Reino de Jesucristo y el tesoro escondido del amor de Dios. Desde niña quiso consagrarse a Jesús, cuando ante aquella imagen de la Virgen sintió que el Niño le decía: “conságrame todo tu amor”. Rosa renunció al matrimonio con un joven de familia rica, y lo hizo por entregarse con amor exclusivo a su Señor.

La suya fue una vocación muy especial para la Iglesia. Inspirada por los escritos y la vida de santa Catalina de Siena, Rosa se entregó a la meditación y al estudio, a la oración y a la penitencia, encerrada en su casa. Sólo salía para asistir a la santa Misa y a visitar a los enfermos. Mortificó su orgullo y amor propio, vivió en ayuno casi continuo, comiendo lo mínimo para no desfallecer. Se mortificaba bebiendo muy poco, durmiendo en tablas y teniendo un palo por almohada. Es difícil pensar en penitencias más fuertes.

Las personas a las que Dios llama para consagrarse a Él con un amor exclusivo son los sacerdotes, los religiosos y laicos consagrados. Cuando Dios llama es para que el elegido se entregue con amor absoluto a Jesucristo y una pasión grande por su reino. Dándole el don del celibato, Dios libera el corazón de su elegido y lo inflama en el amor a Dios y a sus hermanos. El celibato es un medio para que sacerdotes y consagrados se dediquen con entusiasmo y alegría al servicio de Dios y del apostolado. Para ello tendrán que practicar la mortificación y habrán de disciplinarse en la guarda de sus sentidos.

La crisis sacerdotal que hoy ha desatado un terremoto en la Iglesia es una crisis de celibato. Los abusos sexuales de una parte del clero se debe, mayormente, a la homosexualidad y no a la pederastia. Una persona que tiene una homosexualidad fuertemente arraigada se vuelve incapaz de donarse para el Reino de Dios al estilo de Jesucristo como lo hizo santa Rosa de Lima. Es importante, entonces, trabajar en las vocaciones para que éstas no se perviertan, sino que sean expresión de una entrega apasionada y alegre al servicio de Dios y de la Iglesia. El Pueblo de Dios merece sacerdotes que sean auténticos esposos de la Iglesia y verdaderos padres espirituales de las comunidades cristianas. Que la vida de santa Rosa nos inspire a dar todo por Jesús, negándonos a nosotros mismos, para que se embellezca la Iglesia que Jesús compró con su sangre.

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