De todos los personajes que aparecen en las escenas de Navidad, san José es con quien más me identifico. Tuvo el privilegio de ser quien preparara la primera Navidad. Él condujo a María durante el largo viaje a Belén mientras que el niño divino esperaba en el vientre de su madre. José fue quien buscó ansioso el alojamiento adecuado para que Jesús naciera. Fue José quien condujo a María a la gruta para el alumbramiento. Limpió la cueva y la calentó con una hoguera. Él recibió a los pastores, mostrándoles a María y al Niño. José tomó a su familia y huyó a Egipto para salvarla de la amenaza de Herodes. José nos enseña que la verdadera hombría es ejercer la capacidad de cuidar y proteger a la esposa y a los hijos, o amar hasta el sacrificio por un alto ideal.

Los varones tenemos que aprender mucho de san José. Uno de los problemas más serios que tenemos hoy los hombres –y esto no sólo afecta a casados y solteros sino también a los sacerdotes– es que padecemos el síndrome de Peter Pan. Este personaje del cuento infantil tenía diez años de edad, odiaba el mundo de los adultos y nunca crecía; vivía en el país del Nunca Jamás donde sólo quería vivir inmerso en aventuras con piratas, indios, hadas y sirenas. De manera semejante hay varones de 40 50 y 60 años que no quieren crecer y mueren sin tomar responsabilidades en sus vidas; hombres que quieren seguir siendo hijos y no quieren asumir su papel de padres; hombres que no quieren proteger y cuidar a su esposa y a sus hijos; varones que no saben sacrificar sus gustos y placeres de la juventud por asumir un gran ideal y estar dispuestos a dar la vida por alcanzarlo.

Por eso me identifico con José, y le pido que me enseñe los secretos de la verdadera madurez masculina. Le pido que enseñe a tantos hermanos míos, varones casados y padres de familia, a descubrir el don y la responsabilidad de la paternidad. Y que como san José, sepamos ser los custodios de la fe y de la santidad de nuestras familias y parroquias. Sancte Ioseph, ora pro nobis.

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