Recrudecimiento contemporáneo

del mesianismo.

Hoy domingo, 2.12.18, iniciamos en la liturgia cristiana el tiempo de adviento. (=Adv.) tiempo de espera y preparación. Y la república entra también en Adv. con nuevo presidente. ¿Qué podemos esperar, realmente? Son los mismos hombres con resentimientos añejos. Obvio, desconozco el mensaje de ayer. El Adv. litúrgico y el Adv. político-social coinciden. México entra todo él en Adv. ¿Simple coincidencia? Pareciera que cada sexenio es adventual, una esperanza que no cuaja. Esperamos tiempos mejores. Siempre es Adv. porque siempre seremos huéspedes y peregrinos sobre la tierra, anhelantes de la plenitud y la belleza y siempre fallidos en nuestro intento. Tenemos esperanzas, pero nos falta Esperanza.

La Biblia y la liturgia convergen para mostrarnos que el Adv. no es una especie de accidente temporal: la espera antes de Cristo o las 4 semanas que anteceden a Navidad. El tiempo anterior a la Encarnación del Verbo y las 4 semanas deben ayudarnos a comprender que nuestra vida es Adv., espera, preparación.

Incluso, la salvación operada por Cristo, sin ser puro futuro, es objeto de esperanza. «En la esperanza hemos sido salvados», nos dice Pablo. (Rom. 8,27). Esperar contra toda esperanza esta salvación, es la virtud teologal de la esperanza. Esta convicción nos da la seguridad presente y el gozo propios de la esperanza cristiana. El Adv. nos invita y ayuda a fortalecer nuestra esperanza. Pero, el que espera desespera. La desesperanza pude teñir nuestra vida y tiñe nuestra cultura. De las situaciones de desesperanza emergen y medran los mesianismos ansiosos, enfebrecidos. Se da el recrudecimiento contemporáneo del mesianismo. Para vencer a Hitler hago alianza hasta con el diablo, decía Churchill. Las situaciones desesperadas explican el curdo realismo de las caravanas que se arrojan contra el muro.

A lo largo de los siglos ha sucedido, al menos en ciertos períodos, que la civilización alcanzara un éxito aparente de modo que sus afortunados beneficiarios pudieran, por un momento, pensar solo en saborear su felicidad. Es lo que ha sucedido en occidente desde hace algunos siglos. Ciertos pensadores – sobre todo en el siglo XVIII, pero ya durante el renacimiento – habían sacado como conclusión el fin de la religión cristiana, ni más ni menos; después de todo no andaban tan errados, pues si el cristianismo es un asunto de salvación, no puede menos de desaparecer o por lo menos pasar a segundo término cuando el hombre se cree suficientemente seguro de sí mismo y cómodamente instalado en este mundo como para ser sensible a la necesidad de salvación.

Pero todos los cálculos se fundaban en la hipótesis de que todo iría cada vez mejor en el mejor de los mundos. Las promesas de quienes se sienten ungidos, por irreales que sean, a ellos les parecen claras y fáciles de lograr. Como es raro que semejante programa se realice en todos sus puntos y en forma absolutamente permanente, no tarda en producirse cierta desilusión o decepción, en tal o cual zona del globo, en tal o cual estrato de la población. Por poco que el desequilibrio vaya acentuándose, el fuego que se ocultaba bajo las cenizas se reanima rápidamente y no tardan en levantar cabeza los mesianismos de toda especie. Siempre, los anteriores fueron inútiles y deshonestos, pero yo, ungido, sé muy bien lo que conviene, lo que debemos hacer y cómo. Yo no soy como los anteriores. Soy honesto. Suena mejor Taibo que Mahojo. Gijonés y aventurero. Hagamos una consulta.

El eminente historiador inglés, A. J. Toynbee, estima que es una especie de ley histórica, verificada no pocas veces en el pasado. Es posible que nuestra época se halle en trance de dar una nueva demostración de ello. No se vería surgir a tantos falsos profetas, y sus promesas, aunque vanas y engañosas, incluso negadas por los hechos, no hallarían tan fácilmente adeptos, si tantas mentiras no se ocultaran ni fueran suscitadas por ese mismo deseo mesiánico latente. Ya Jesús advertía sobre los mesianismos: “!Cuidado! Muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «yo soy». No se dejen engañar”. (Lc.21,8).

Después de un tiempo de prosperidad, que luego se reconoce ficticio, el mundo ha comenzado de nuevo a agitarse tanto que en todas partes se reclaman salvadores. El genocidio que Arabia Saudí consuma en Yemen, la desestabilización, con excepción de Chile, en América Latina. Nuestro México, tan débil que puede ser tomado por caravanas que impunes circulan y comprometen sus relaciones internacionales prioritarias. Ahora sí: “¿De dónde me vendrá el auxilio? ¿Cómo dar solución a semejante problema multilateral? Parece que los únicos que callan son los expulsores. El hermano del presidente de Honduras está hundido, en EE.UU, por narcotraficante y uno más del grupo de H. Chávez por lavado de dinero.

Para comprobar el carácter crepuscular del momento, basta pensar en esos millones de seres a los que púdicamente se designa como «personas desplazadas», por la corrupción de sus gobiernos, la violencia en sus formas más crudas. América Latina, la región más letal para las mujeres. En su exilio y en las condiciones precarias de su existencia son la expresión concreta de una situación que es propia de un número mucho mayor todavía de seres humanos, «desarraigados» por la crisis de civilización que comenzaron con las guerras mundiales. A veces estos desgraciados, sacudidos en todos sentidos por el capricho de la política, corren peligro de perder toda esperanza.

V. Gheorghiu se ha hecho portavoz de ello en su novela La hora 25. (el tema: tras la invasión de Rumania por tropas alemanas durante la II Guerra Mundial, un campesino pierde la razón. Es en ese momento cuando el capitán de la policía local, que acosa sexualmente a su mujer, decide enviarlo a un campo de concentración.)

Pero de otro expatriado, también rumano, nos viene el testimonio de otra reacción. Con el título significativo de Dios ha nacido en el exilio, Vintila Horria escribe el seudodiario de Ovidio, desterrado por Augusto a los confines del Imperio, en tierras bárbaras. Se complace en imaginar, algo verosímil, que el autor de las Metamorfosis, madurado por la prueba, descubre en sí mismo y en sus contemporáneos, ahítos y podridos de placeres, algo más profundo, que aguardaba en silencio: «Vivimos – escribe – un tiempo de locura y de esperanza, el tiempo de la espera de Dios…Millares de hombres antes que yo, entre ellos Virgilio, pero también Sófocles y Platón, Pitágoras y Tales, aguardaron sin duda la misma cosa, la misma respuesta. Y, como ésta no llegaba, respondieron solos a sus angustias, pero no fue cada vez sino un nuevo camino hacia la misma espera, una nueva manera de plantarse frente al cielo, con el alma en tensión dirigida hacia el que no quería responder… Se espera más que nunca; la espera, es cierto, no tortura ya las entrañas de algunos privilegiados de la desesperación, sino que ha venido a ser una tortura general; vivimos en un siglo de espera y ninguna solución humana es ya aceptable o posible… A Dios es a quien todos esperamos sin saberlo». Tal es el Adv. permanente.

Cierto. No estamos ya en los tiempos del romanticismo cuando la inquietud era una especie de aristocracia a la inglesa. Aun sin hablar de la proliferación de las sectas en nuestros días, el mesianismo ha adoptado un semblante más masivo, en los socialismos adjetivados a capricho, pero no nos dejaremos engañar porque la esperanza se vea ahí enteramente secularizada. Por otra parte, ni siquiera es ya original hablar del «mesianismo marxista o comunista, capitalista o neoliberal». Parece que más bien se ha abusado de todo.

Quizá opine alguien que nos salimos de la realidad. Ni por asomo. Nos hallamos en el centro del problema que nos preocupa y que no es otro que el de la actualidad de nuestro adviento litúrgico. ¿Cuál es la diferencia de vivir antes o después de Cristo? A ello debe responder una pastoral del Adv.

Practicándolo entramos por lo pronto en comunión con la angustia y los esfuerzos de nuestro tiempo. Solo participando en la liturgia comprenderemos que vivimos en Adviento, que necesitamos el Adviento, que el Adviento nos dispone para el encuentro con el único Mesías y con los hermanos.

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Hay que lucir los cuernos.

El domingo pasado, los suizos hicieron una consulta ciudadana muy original para decidir si sus típicas y turísticas vacas deben mantener o no los cuernos. La disyuntiva es descornarlas o no. Esos mansos animales (las vacas), ¿deben lucir sus cuernos o no? La opinión se ha polarizado en Suiza. Desconozco el resultado final del debate cornamental. Ni por asomo tenemos lo mexicanos necesidad de semejante consulta ciudadana.

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