Llegué al Foro de Reconciliación Nacional al teatro Gracia Pasquel de la UACJ el martes pasado. La sala, abarrotada al máximo, escuchó atenta al presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador. Fueron innumerables las interrupciones de su discurso -algunas de muy mal gusto-, en el que dijo: “Tenemos que estar dispuestos a perdonar. Yo lo dije en campaña y lo repito ahora, coincido con los que dicen que no hay que olvidar, pero sí estoy a favor del perdón. Respeto mucho a quienes dicen ni perdón ni olvido, yo digo ‘olvido no, perdón sí’”. En otro momento añadió: “No se va a resolver el problema de la inseguridad con masacres, la violencia no se puede enfrentar con violencia. No creo en esa máxima del ojo por ojo y el diente por diente. El mal hay que enfrentarlo haciendo el bien”.

En su discurso hay dos conceptos: el perdón y el bien para derrotar al mal. Son conceptos tomados del cristianismo. Sin embargo nadie se ha atrevido a reclamar al futuro presidente que con ellos se esté violentando al Estado laico. Imagino a AMLO haciendo alusión al mandamiento divino de `No matarás´ en referencia a las mujeres que exigen el derecho al aborto; entonces sí que a ciertos grupos les darían retortijones y sudores, y se pondrían a gritar `crucifícalo´.

En lo personal no tengo ningún problema para aceptar que Andrés Manuel hable del perdón y de la fuerza del amor para derrotar al mal. Son conceptos que, para los que vivimos en México, hemos mamado toda la vida porque nuestra cepa y raíz cultural es el cristianismo católico. ¿Hay algo malo en ello? No podemos prescindir de nuestras raíces. ¿Acaso los Derechos Humanos no son también fruto de una visión cristiana de la vida, donde el eje del desarrollo es la altísima dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios? Claro, esto de la `imagen de Dios´ no se menciona, pero está implícito. Todo mundo lo acepta y no por ello se contradice el Estado laico.

El Estado jacobino, en cambio, sí tiene motivos para sentirse incómodo con el discurso lopezobradorista. La masonería no acepta ninguna inspiración religiosa en las políticas públicas. Mencionar citas bíblicas en mensajes políticos, declararse seguidor de Jesucristo, hablar de perdonar al enemigo, de llegar a la paz con la fuerza del amor o de crear una `república amorosa´ -como AMLO lo dijo hace algunos años-, eso sí debe provocar urticaria y rechinar de dientes a los que se declaran juaristas de la más alta ortodoxia.

¿Es católico o evangélico el futuro presidente? No sabemos con certeza. Él se ha declarado simplemente `cristiano´, respetuoso de creyentes y no creyentes. Ha dicho: “Soy un seguidor de la vida y de la obra de Jesucristo. Porque Jesucristo luchó en su tiempo por los pobres, por los humildes. Por eso lo persiguieron los poderosos de su época. Entonces soy en ese sentido un creyente. Tengo mucho amor, lo digo de manera sincera, por el pueblo”. Su alianza con el Partido Encuentro Social, de corte cristiano, parece indicar su ser evangélico. Sin embargo el sociólogo y simpatizante del tabasqueño, Andrés Lajous, ha resaltado las relaciones de López Obrador con la Iglesia Católica. Ha dicho que cuando Juan Pablo II visitó México en 2002, Andrés Manuel llevó a Rocío Beltrán, su entonces esposa aquejada por la enfermedad, a recibir la bendición del pontífice. En 2015 AMLO visitó en Roma al papa Francisco, a quien regaló una medalla de fray Bartolomé de las Casas y entregó una carta personal.

Es evidente, pues, que Andrés Manuel López Obrador está inspirado por principios cristianos, y que muchos de estos principios orientarán las políticas públicas durante los próximos años. Si es así, esperamos que el futuro presidente sea coherente en todo lo que significa ser seguidor de Jesucristo, y que su amor por los pobres -como él lo ha expresado en muchas de sus alocuciones, también se exprese en su opción por la defensa de los más débiles de todos -los niños no nacidos y los ancianos en etapa terminal- quienes reclaman el respeto a su dignidad y la defensa de sus vidas.

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