El próximo domingo iremos a las urnas para elegir al presidente de México, a nuestro alcalde y a los diputados federales. A unos días de tal acontecimiento, en la Iglesia aparece, como una antorcha esplendente, la figura gigante de san Juan el Bautista. El precursor del Mesías, como le llaman, ilumina este momento decisivo de la historia de México y nos invita a orar por nuestros próximos gobernantes, y a elegirlos bien.

El hijo de Zacarías e Isabel no fue un político sino un líder espiritual. Sin embargo sus virtudes de liderazgo ilustran a todo candidato que aspire a sentarse en la silla presidencial o a ocupar un curul en la Cámara. “Yo envío a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí”, decía Malaquías el profeta. Si Juan tuvo la tarea de aparejar el camino Jesucristo, varón perfecto, todo servidor público debe aparejar a todos el camino, para que todos los ciudadanos tengan una vida más digna y se desarrollen hacia su perfeccionamiento.

Juan el Bautista tenía muy claro el principio y el fin de la vida. Desde antes de nacer quedó lleno del Espíritu Santo. Sabía que su vida tenía origen en Dios y a Dios se dirigía. Por eso señaló al Cordero de Dios como el que quita los pecados del mundo, y el término de la vida humana. Muchos de nuestros políticos son ateos o no tienen ninguna práctica religiosa. Me pregunto, ¿hacia dónde nos quieren llevar? Piensan que sólo dando trabajo y comida al pueblo los hombres somos felices, como si fuéramos cochinitos que hay que cebar. Se les olvida que la vida tiene una dimensión más profunda, que es intelectual, moral y espiritual. Sin ningún poder superior al que deban rendir cuentas, vemos a muchos de ellos proponer el aborto, pretender destruir a la familia natural y perseguir a la religión. Los católicos no debemos votar por ellos.

Por muchas razones nos duelen las circunstancias en que vivimos en México y en Ciudad Juárez, pero más hiere que las personas que toman el gobierno del barco no estén a la altura moral de lo que nuestras ciudades y el país necesitan. Los escándalos de corrupción de grandes figuras políticas como algunos gobernadores, alcaldes y funcionarios, descubrieron que los que se decían servidores del pueblo resultaron ser ignominia y vergüenza para sus pueblos.

Es en el seno de las familias cristianas donde se forman los grandes hombres de bien. Los hogares pueden ser escuela de virtudes o fábrica de delincuentes. Juan el Bautista fue formado en la más exquisita caridad, en austeridad de vida, en la forja de virtudes morales y en la santidad interior. Aprendió a vivir y a morir por la verdad cuando denunció la conducta inmoral de Herodes Antipas. Las virtudes de Juan son escasas en la mayoría de nuestros servidores públicos. Sin embargo, cuando se cultivan desde el seno familiar, el mundo puede llegar a conocer personajes de la vida política de enorme talla como santo Tomás Moro, Alcide Gasperi, Alberto Marvelli, Giorgio La Pira, Robert Schuman y Konrad Adenauer, entre otros. Si no todos están en proceso de canonización, fueron grandes católicos.

Juan tuvo la humildad y la sabiduría de sentirse sólo un instrumento para servir al Mesías. No quiso atraer para él las miradas de los hombres, sino que se preocupó únicamente de que toda la atención fuera para Jesús. Sabemos que el Estado no es confesional; sin embargo cuando la política se utiliza sólo para promoverse a sí mismo, se comete un error grande y dañoso para él y para los demás. Con la obsesión de hacerse de fama, prestigio, y muchas veces dinero, se instrumentalizan las tareas que deben estar dirigidas a la comunidad política. El buen político debe ser humilde al grado de desear y trabajar por un bien superior a él mismo: el bien de la ciudad, a semejanza del Bautista que decía “que Él crezca y yo disminuya”.

Los antiguos griegos no andaban tan errados al buscar que sus políticos tuvieran cuatro virtudes: primero, que buscaran el bien de sus padres, es decir, que fueran hombres de familia. Segundo, que fueran hombres valientes en las batallas, es decir, que tuvieran carácter ante sus enemigos. La tercera era el dominio sobre sus impulsos sexuales, ya que para poder gobernar a la ciudad, primero debían gobernarse a sí mismos. Y cuarto, que no fueran derrochadores de sus fortunas personales, que su dinero fuera de buena procedencia. ¿Nos fijamos hoy en estas características de nuestros líderes políticos?

Mientras nos preparamos para ir a votar el próximo domingo, pedimos en oración a san Juan Bautista que conceda a los candidatos y a todos los políticos la gracia del servicio generoso entregado al bien común, libre de intereses mezquinos; pedimos para ellos la gracia de la humildad y que el Espíritu de sabiduría que viene de lo Alto, los dirija en la toma de sus decisiones. Y que de entre nuestras familias surjan líderes que sean orgullo de nuestro pueblo, nunca vergüenza de nuestra raza.

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