Puedo comenzar con las palabras de Jeremías: “¿Quién es el sabio que lo entienda? A quien le haya hablado el Señor, que lo explique. ¿Por qué perece el país y se abrasa como desierto intransitado?” (9,11). Loretta Ortiz, coordinadora del Consejo para la Paz, a pregunta expresa de El Diario, nos da un diagnóstico conocido: “… el día que se conozca la tragedia que vive nuestro país, porque todavía no se tiene conciencia de esta crisis humanitaria, calificada así por los organismos internacionales. Nada más Guerrero es un cementerio (clandestino). En ningún país … desaparecen a las personas, las entierran … y ponen a sus familiares a buscarlas”. El mal es, pues, muy grande y ha crecido exponencial. Aquí es de dar miedo. ¿Cómo podremos nosotros revertirlo? ¿Qué pueden nuestras iniciativas? En esto hay mucho de misterio, misterio de iniquidad. Las implicaciones y los implicados son muchos.

Häring ha escrito con claridad evangélica que al movimiento pacifista le ha faltado hasta ahora una clara visión terapéutica. El mensaje pacifista solo puede desarrollar su fuerza realmente liberadora si consigue presentar, de forma clara y sabiendo lo que quiere, la fuerza curativa del evangelio de la paz, especialmente la fuerza de la no violencia creativa.

La entrega confiada al Cristo no violento, que es nuestra paz, (Ef.2,14), debe también acreditarse en el compromiso solidario en favor del saneamiento de la vida pública, tantas veces tan sucia, y en favor de un nuevo ordenamiento pacífico. Solo con la vista puesta en la alternativa real, en una fuerza salvífica decisiva, será posible abordar un diagnóstico a fondo, aunque muy doloroso, de la patología de la hostilidad que lleva a la muerte y buscar las causas profundas de la misma.

El mal social consiste fundamentalmente en la reciprocidad del odio y de la violencia. Pero también puede haber un verdadero y propio mal social aun cuando una situación de opresión y de injusticia no provoca alguna reacción inmediata solo porque, por ejemplo, domina el temor o la intimidación. El miedo largamente reprimido suele hacer explosión con extrema violencia. En tal caso el reto y la reacción violenta permanecen como sofocadas en el corazón del oprimido, en espera de explotar, en forma más o menos incontrolada y destructiva apenas lo consienta la situación. Toda la historia está ahí para demostrar como las reacciones más cruentas han sido exactamente aquellas sedimentadas por más tiempo, precedidas de largos períodos de rendición o resignación pasiva ante el opresor. Ahora lo podemos ver en Nicaragua. Esas tiranías mediocres suelen ser las más crueles. Los obispos nicaragüenses son un bello ejemplo del profetismo cristiano. No importa que les quemen las iglesias.

Una actitud reconciliadora, que se inspira en la lógica del perdón y en la reconciliación divina, no tiene nada que ver en situaciones como esta, con tal tipo de rendición y resignación. Es algo sustancialmente diferente, sea respecto a la respuesta reactiva, violenta e incontrolada, sea respecto al temor y al silencio. El perdón cristiano viene de Dios y la persona misericordiosa que participa de este don expresándolo en sus actitudes, en sus palabras y en sus gestos es un profeta y tiene las características precisas del profeta:

  1. Es hombre de Dios que ve; y juzga la realidad con la fuerza y la claridad de una palabra que viene de Dios; con la libertad y el ansia por la verdad de quien es poseído por el Espíritu; con el coraje y la pasión de quien ha aprendido a reconocer la presencia privilegiada de Dios en el pobre e indefenso. Por esto tiene como un sexto sentido que le permite reconocer también las opresiones e injusticias de frente a las cuales no puede callar ni permanecer indiferente. Es como si la pasión de Dios por el pobre y el oprimido se hubiera vertido en su corazón. No busca nada para sí mismo, por ello es libre y al mismo tiempo es empujado a intervenir por el bien de quien sufre. Coherentes hasta el final. Entonces, un programa de esta magnitud no es mero voluntarismo. “Cómo van a hacer el bien, ustedes, los habituados a hacer el mal”, dice decepcionado Jeremías. (13,23).
  2. Es un hombre de Dios reconciliado con la sangre de la cruz del Hijo, y por tanto siervo y ministro de la reconciliación. Su denuncia profética, aun siendo valiente y apasionada, mira hacia este objetivo final: ser uno en Cristo. No es un partidario ni simplemente un agitador social, no se anuncia a sí mismo ni le hace al demagogo. Por esto su acción se caracteriza por un estilo preciso: aquel que sabe unir la fuerza de ánimo a una mansedumbre que le es característica, que tiene el coraje de decir la verdad, y busca obstinadamente el diálogo, y no se deja nunca tomar únicamente de la fogosidad de quien acusa. Sufre profundamente los problemas de su gente, pero no renuncia nunca a esperar y a enseñar esperar: es preciso y puntual en la denuncia, pero también terco en el creer en la posibilidad de la enmienda y de la conversión.

En este campo es emblemática la figura de uno de estos profetas: Mons. Romero, el obispo de El Salvador, asesinado en la Iglesia mientras pedía justicia en nombre de Dios para su pueblo. (Tengo el relato del crimen artero y cobarde del militar que se apostó a la entrada del templo y mientras celebraba la Eucaristía le disparó certeramente). Sus homilías – un verdadero testamento espiritual – son un ejemplo de esta actitud profética y reconciliadora. Particularmente en el último período de su vida sus largos sermones dominicales (durante más de una hora) eran una dura denuncia de los delitos del poder, con nombres, datos, lugares y todas las referencias precisas que daban verdad concreta a sus palabras; pero al mismo tiempo, él era también el profeta de la Palabra, el pastor que de domingo a domingo ofrecía a su pueblo la Palaba del Padre, una Palabra que regularmente, en su corazón y en su boca se convertía siempre en una invitación a la conversión y al perdón. Resulta conmovedor releer su penúltima homilía (16 03.1980), titulada por él mismo “La reconciliación de los hombres en Cristo, proyecto de verdadera liberación”. En ella, dice claramente: “La Iglesia es una misionera de la reconciliación, teniendo la obligación de decir a unos y a otros, no obstante las opciones que los separan: !amaos, reconciliados con Dios! En la última homilía (24.03.) invita a tener “un espíritu de donación y de sacrificio”, y recuerda que todos los creyentes están llamados a hacer algo en una situación tan conflictiva, “al menos mostrando espíritu de comprensión”.  Y también cuando debe contestar a los militares en sus atroces hechos sangrientos, él no cesa de creer y de esperar en el hombre, haciendo apelo a la conciencia de los mismos militares, a los sentimientos naturales de fraternidad y a la tensión natural del hombre hacia el bien: “Hermanos (del ejército), ustedes son parte de nuestro pueblo y estáis matando a vuestros hermanos campesinos… Es tiempo de que encontréis el coraje de actuar según vuestras conciencias. Obedezcan en primer lugar a su conciencia y no al orden de pecado”. Era el 23 de marzo, un día después, sería asesinado. El asesino vaga, no sé si todavía, en el submundo del anonimato y el alcohol.

Así fueron asesinados otros profetas de la no violencia como Gandhi y M. L. King. “No habrá solución permanente del problema racial – afirmó el líder negro poco tiempo antes de ser asesinado – hasta que los oprimidos no desarrollen la capacidad de amar a sus enemigos. La tiniebla de la injusticia racial será disipada solo por la luz del amor capaz del perdón.

¿Por qué quien anuncia la reconciliación paga frecuentemente con la vida su profecía?

Perdón y martirio. Porque el martirio es la expresión más alta y también más natural y consecuencial de una actitud misericordiosa y reconciliadora. Quien perdona, según las bienaventuranzas, denuncia el mal, toma posición, ataca también si es necesario, pero en cualquier caso no responde al mal con otro mal, opta explícitamente por la no violencia, exponiéndose así inevitablemente a la violencia de los demás. Es un manso, o sea un indefenso. De esos que gozarán de la bienaventuranza por que aman la paz y trabajan por ella. El modelo, y no hay otro, es Cristo en la cruz.

“¿Por qué perece el país? Responde el Señor: Porque abandonaron la Ley que yo les promulgué” (Jer.9,12).

  • Ver: Amadeo Cencini. Vivir Reconciliados. Aspectos Sicológicos. Bologna 1988.
  • Nota gramatical. El vocablo cooptar no existe en español, vendría a ser como ‘optar juntos’. Sí el verbo “copar”, que significa cortar la retirada a un ejército, envolverlo, aislarlo, encerrarlo. Así, por ejemplo, el 6º ejército alemán la mando de von Paulus fue copado en Stalingrado el 31.01.1943. Pero nunca leeremos que el 6º ejército fue cooptado. Salvo lo que diga DRAL, digo. Tampoco existe el vocablo empoderar. Se puede decir: fortalecer, reforzar, etc. ¡Tan rico y bello nuestro idioma! Y tan maltratado.

 

 

Leer el artículo en JesúsMaestro