Estamos viviendo un momento particularmente doloroso en la vida de la Iglesia. Los escándalos en las cúpulas de la Jerarquía, especialmente en Estados Unidos; un lobby gay al interno del clero; la carta de Carlo María Viganó, el ex Nuncio Apostólico en Estados Unidos en la que acusa al papa de encubrir al arzobispo McCarrick de sus abusos sexuales; grupos de clérigos y laicos que se han manifestado abiertamente contra el papa Francisco pidiendo su renuncia. Por si fuera poco, un Encuentro Mundial de las Familias en el que se invita al sacerdote James Martin a impartir una conferencia sobre por qué y cómo debemos acoger a las personas LGBT y a sus familias en las parroquias. La confusión es terrible. No son mentira aquellas palabras de Pablo VI: “Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación”.

Hemos de preguntarnos qué es la Iglesia para nosotros. Muchos católicos la podemos ver como una institución de prestigio y poder. Así nos equivocamos rotundamente. Viene a mi mente una anécdota que me hace comprender una de las raíces de los escándalos de los sacerdotes abusadores de menores. Cuando yo estaba en el Seminario, un muchacho que era seminarista me abordó un día y empezó a contarme que había tenido relaciones sexuales con otro chico. Comprendí inmediatamente que su pretensión era hacerme caer en su juego para ver si yo tenía sus mismas tendencias y así poder entablar una relación. Se equivocó conmigo. Le pregunté por qué quería ser sacerdote. Recuerdo su triste respuesta: “Porque el sacerdote es un puesto de prestigio social y de poder”. Gracias a Dios el padre rector del Seminario ya sabía de las mañas de este muchacho y, al poco tiempo, fue expulsado del Seminario.

¿Qué hubiera sido de su vida si ese chico fuera ordenado sacerdote? ¿Qué daño podría hacer a otras personas y a las comunidades cristianas a las que hubiera sido asignado? Hoy la Iglesia de Estados Unidos, principalmente, está pagando un precio demasiado caro en víctimas de abusos, en desprestigio, desconfianza y pérdida de credibilidad, además de mucho dinero, por tolerar actividades homosexuales dentro de sus Seminarios, y por haber permitido que esos muchachos llegaran a la ordenación sacerdotal.

En los Seminarios en los que yo recibí la formación para el sacerdocio, que fueron el Seminario de Monterrey y el Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae en Roma, encontré ambientes saludables y no viciados. Puedo decir con toda sinceridad que la mayoría de los seminaristas, sobre todo en Roma, eran personas con buenas virtudes humanas y morales, y seriamente comprometidas en su santificación personal y en su entrega a su vocación sacerdotal. Hoy muchos de ellos son sacerdotes apasionados por su ministerio sirviendo en sus diócesis, algunos son obispos y algunos ya murieron.

Si creemos que la Iglesia es una institución de prestigio y poder, o una especie de organización no gubernamental que realiza grandes obras de caridad, una gran fundación cultural con bellas obras de arte, o una especie de compañía teatral que monta ceremonias litúrgicas muy hermosas, estamos perdidos y no tenemos nada que hacer aquí. Si así pensamos, es mejor que nos vayamos todos, y que el último apague la luz y cierre la puerta. En cambio, si para nosotros la Iglesia es el lugar del encuentro con Jesucristo, y un Jesucristo que está vivo para darnos su gracia y cambiarnos la vida, para hacernos morir a nuestros egoísmos y transformarnos en santos, entonces sí vale la pena estar en la Iglesia y gastar la vida por ella.

Aunque me duela verla manchada por mis propios pecados y los de mis hermanos sacerdotes, tengo la confianza de que Dios está haciendo una gran obra de purificación dentro de la Iglesia. Nos está empujando a decidirnos por la santidad. De alguna manera está permitiendo que Satanás nos zarandee como el trigo, pero Jesús está rogando por nosotros, para que no nos falte la fe (Lc 22, 31-32). Hoy nos toca sufrir y orar con la Iglesia porque queremos ver su belleza y su bien espiritual, belleza que ha quedado ofuscada por el pecado de sus miembros.

Así como Mónica derramó lágrimas de amor y de dolor por la conversión de su hijo Agustín –dos santos a quienes hemos celebrado en estos días– también nosotros hemos de convertir nuestro corazón en un altar, esperando entre el amor y el dolor, el advenimiento de una primavera eclesial de santidad. Oremos, más que nunca, por la Iglesia y por el Santo Padre. En este momento de oscuridad recordemos las palabras de san Bernardo sobre la Virgen María: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud”. Acogiéndonos a ella, nadie se extraviará, y llegaremos al puerto.

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