Todos estamos llamados a llegar a la cima,
aunque no todos hacen el esfuerzo

Este domingo se abre un escenario maravilloso y terrible. La Palabra divina nos transporta hacia el fin del mundo con la segunda venida de Jesucristo. Antes de subir al Padre, el Señor dijo que regresaría como Redentor y Señor del mundo. Ello llena de sentido nuestra historia porque la humanidad no es un tren que viaja sin dirección, sino que tiene una última estación. El final de la aventura humana no será el regreso al caos, sino el encuentro con aquel que es el principio y el cumplimiento de todas las cosas.

La Iglesia nos invita a no tener miedo, sino una gran confianza porque nuestras vidas están en las manos del Señor. ¿Qué podemos hacer para salvarnos? Hemos de tener un regalo hermoso que para podernos salvar: el don de la perseverancia final. Esto quiere decir que es necesario persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación ocasione. No es que no podamos pecar en nuestra vida; pecadores somos todos. Pecar es humano, pero perseverar en el pecado es diabólico. Sin embargo la perseverancia final no sólo es una virtud del hombre, sino un regalo de Dios que hemos de pedir con frecuencia, y esto es que nos encontremos en estado de gracia en el momento de la muerte.

Todos estamos predestinados para ir al Cielo, lo que significa que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2, 3-4), porque Jesús murió por todos. Sin embargo al cielo no todos llegan; solamente van los que libremente abren su alma a Jesucristo y perseveran en la vida nueva que él nos trajo. Salvarse, entonces, es el gran regalo de Dios y responsabilidad del hombre. Antonio Royo Marín nos dice cuáles son signos de que estamos en el camino de la predestinación al cielo. Si perseveramos en ellos, con la gracia de Dios, llegaremos a la  meta.

Primero: Vivir habitualmente en la gracia de Dios. Solamente el pecado puede arrebatarte la perseverancia final. Dice Pablo “El Espíritu da testimonio de que somos hijos De Dios, y si somos hijos, también herederos”. En cambio, no hay ninguna otra señal más clara de condenación eterna como vivir habitualmente en pecado mortal, sin preocuparse ni poco, ni mucho, en salir de él.

Segundo: Tener espíritu de oración. Si oras habitualmente, Dios te dará el don de la perseverancia final. San Alfonso María Ligorio decía que “el que ora se salva ciertamente, y el que no ora, ciertamente se condena”. Excepto los niños, todos Los Santos se salvaron porque oraron, y todos los condenados se condenaron por no haber orado. ¡Qué espantosa desesperación para un condenado es saber que la salvación era algo tan fácil si hubiera orado!, porque a quienes oran Dios les concede siempre sus gracias.

Tercero: Cultivar la verdadera humildad. Es la base de las demás virtudes. Santiago dice que “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (St 4, 6). Jesús perdonó al instante a toda clase de pecadores, ladrones, adúlteros, pero rechazó el orgullo y la obstinación de los fariseos. ¡Cuántos que se creían superhombres y que no quisieron inclinarse ante Dios pagaron caro su orgullo, muriendo sin los sacramentos y con manifiestas señales de reprobación!

Cuarto: Paciencia cristiana ante la adversidad. El futuro condenado se desespera cuando le salen mal las cosas y se atreve echarle la culpa a Dios como el que lo descalabra. El paciente, en cambio, sabe reaccionar y acepta con paciencia las pruebas que Dios permite que vengan sobre él. Pablo dice que “seremos herederos De Dios y coherederos de Cristo padeciendo con él para ser glorificados con él” (Rom 8, 17).

El tren de la humanidad se dirige hacia la última estación
de la historia

Quinto: Ejercitarse en la caridad con el prójimo. “No apartes el rostro de ningún pobre, y Dios no lo apartará de ti… Con esto atesoras un depósito para el día de la necesidad, pues la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas” (Tob 4) Si esto se dice de las ayudas materiales, con mayor razón de las espirituales, como es convertir a un pecador o llevarlo al encuentro con Jesús. “Si alguno de ustedes se extravía de la verdad, sepa que quien convierte a un pecador salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados” (Sgo 5, 19-20).

Sexto: Un amor sincero y entrañable a Jesucristo. Es una señal segura y eficaz de predestinación al cielo. “Todo el que mi Padre me da viene a mí, y al que viene a mí yo no lo echaré fuera” (Jn 6,37). Y de su presencia en la Eucaristía dijo: “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna yo lo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54).

Séptimo: La devoción a la Virgen María. El rezo frecuente de Rosario es señal de predestinación. Es moralmente imposible que la Virgen deje de atender en sus últimos momentos a aquel que durante largos años la invocó todos los días repitiendo cincuenta veces: “Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Octavo: Un gran amor a la Iglesia. Es la dispensadora de la gracia y de la verdad. Los Santos se llenaban de inmenso gozo al pensar que eran hijos de la Iglesia, y sentían hacia ella todo el respeto y el amor de un hijo para con la mejor de las madres. La falta de respeto y de veneración a la Iglesia, como burlas y blasfemias, es una gran señal de reprobación.

Tratemos de ir reuniendo, en nuestra vidas, estas ocho señales de predestinación al cielo. Cuantas más tengas en el alma, más fuerza tendrás. Si las tienes todas puedes tener la esperanza firmísima de que perteneces al número de los predestinados a la gloria.

Ver en el Blog del Padre Hayen