Comentario a la Palabra de Dios, lunes XV del tiempo ordinario: Mt 10, 34-42

Todos tenemos tentaciones que quieren obstaculizar nuestro proyecto de vida. A veces pensamos en hechos del pasado, en amores de otros tiempos -de personas o cosas- que fueron legítimos o quizá desordenados. Hoy que nos hemos decidido por el Señor y su proyecto, sea en el matrimonio o en el sacerdocio, esos recuerdos pueden tentarnos para volver la vista atrás.

Acoger, recibir, hospedar, son palabras muy bellas. Sin embargo para Jesús son términos muy exigentes. Una casa saturada de cosas no es una casa grata para recibir a un huésped. Así es el corazón del hombre. Para que Jesús pueda hospedarse en él, es necesario, primero, liberarlo de amores egoístas y posesivos. “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.

San Juan de la Cruz, en estos asuntos, era muy radical. Escribía en su Cántico espiritual: “Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras”.

No se trata de convertirnos en anacoretas o personas ásperas y hoscas. Se trata de aprender a perder esa vida pseudo afectiva de compensaciones egoístas, para encontrar la auténtica vida del propio ser, en su auténtica capacidad de amar.

Aquel que tiene el valor de liberar su casa interior de deseos de posesión y de sentimientos egoístas, encuentra la libertad y la alegría de hospedar, de acoger a Jesús. Así el corazón queda libre para acercarnos a los hermanos y, de esa manera, acoger al amor infinito de Dios: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió”.

Enseñaba santa Teresa de Calcuta que es fácil sonreír a quienes están fuera de nuestra propia casa. Es fácil cuidar a las personas que no se conocen bien. Pero qué difícil es ser amables y serviciales, sonrientes y plenos de amor con nuestros familiares que viven en nuestra casa, día tras día, especialmente cuando estamos cansados y de mal humor.

Hoy buscaré alegrarme por la oportunidad que Dios me da de acoger, comprender, consolar y servir a los demás, sin pretensiones egoístas.

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