Meditación.

Todos vamos hacia

Belén. R. Darío.

LOS PASTORES EN CAMINO

Reflexionemos esta noche en los pastores. ¿Quiénes eran los pastores? En su ambiente, los pastores eran muy bien vistos; se les consideraba poco de fiar y en los tribunales no se les admitía como testigos. Pero ¿quiénes eran en realidad?

Eran almas sencillas, personas vigilantes. Acostumbrados a la noche, al silencio, a ver el cielo y las estrellas. A vigilar, a estar atentos a cualquiera cosa que se saliera de lo habitual. Tranquilos y sin más preocupaciones que cuidar el rebaño. Un ambiente sereno, pues, donde se puede estar con uno mismo y oír y sentir la naturaleza. Bien podía ser la palabra de Dios o el anuncio del ángel. Atentos, siempre con un corazón abierto. Así pasaban la noche.

Una noche de esas, el Ángel le anunció algo inusitado: les traigo una gran noticia que será causa de alegría para ustedes y para todo el pueblo: Ho les ha nacido un Salvador. Lo que el Ángel anunció a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Esta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Si es cierta, también me afecta a mí. El Evangelio no nos narra la historia de los pastores sin motivo. Ellos nos enseñan cómo responder de manera justa al mensaje que se dirige también a nosotros. ¿Qué nos dicen, pues, estos primeros testigos de la encarnación de Dios? Esta noticia buena, ¿es causa de alegría para mí? ¿O mi vida sigue siendo una vida triste?

Se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Pasaban la noche velando por turnos sus rebaños. Nosotros hemos de despertar para escuchar el mensaje. Somos una sociedad adormecida. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto? La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en ese mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos.

El conflicto en el mundo, la imposibilidad de una reconciliación es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intereses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisioneros de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid afuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios.

Despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia.

Hay quien dice «yo no tengo oído para la música, eso no se me da». Pareciera, del mismo modo, que la capacidad de percibir a Dios fuese un don que a algunos les está negado, “no se les da”. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de sentirnos «sin oído musical» para Él. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, existe la capacidad de encontrarlo.

Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los demás, por los que parecen «no tener este oído musical» y en los cuales, sin embargo, está vivo el deseo de que Dios se manifieste. Señor, abre los ojos de nuestro corazón, para que estemos vigilantes y atentos y podamos llevar así tu cercanía a los demás.

La mayoría de los hombres no considera una prioridad las cosas de Dios, no les preocupan de modo inmediato. Y también nosotros, como la inmensa mayoría, estamos bien dispuestos a posponerlas. Se hace ante todo lo que aquí y ahora parece urgente. En la lista de prioridades, Dios se encuentra frecuentemente casi en último lugar. Esto – se piensa – siempre se podrá hacer. Pero el Evangelio nos dice: Dios tiene la máxima prioridad. Así, pues, si algo en nuestra vida merece premura sin tardanza, es solamente la causa de Dios. Una máxima de la Regla de San Benito, reza: «No anteponer nada a la obra de Dios (es decir, al Oficio divino)».

Dios es importante, lo más importante en absoluto en nuestra vida. Ésta es la prioridad que nos enseñan precisamente los pastores. Recibida la buena nueva, los pastores no dijeron: no podemos ir; tenemos otras cosas más importantes, tenemos que cuidar el rebaño. Aprendamos de ellos a no dejarnos subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana. Queremos aprender de ellos la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones – por más importantes que parezcan – para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo. El tiempo dedicado a Dios y, por Él, al prójimo, nunca es tiempo perdido. Los pastores fueron a toda prisa a Belén a ver lo que se les había anunciado. Ellos esperaban un consuelo más grande.

Los pastores estaban allí al lado. No tenían más que «atravesar» (cf. Lc 2,15), como se atraviesa un corto trecho para ir donde un vecino. Por el contrario, los Magos vivían lejos. Debían recorrer un camino largo y difícil para llegar a Belén. Y necesitaban guía e indicaciones. Pues bien, también hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente. […] pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros. Vivimos en el mundo de la noticia, de la política, de la economía, de los negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él.

Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo momentos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos, para que también nosotros podamos decir: ¡Vamos!, emprendamos la marcha, vayamos a Belén, – todos vamos hacia Belén, dice R. Darío – hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí. Superémonos a nosotros mismos. Hagámonos peregrinos hacia Dios de diversos modos, estando interiormente en camino hacia Él.

Ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15).

En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente. Dios es así. El Ángel había dicho a los pastores: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12; cf. 16). La señal de Dios, la señal que ha dado a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en niño; se deja tocar y pide nuestro amor.

Este misterio lo revivimos en la Liturgia. Que ellos, los pastores nos ayuden en nuestro camino hacia Belén.

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