Hay personas que les incomoda la Navidad cristiana. Sus posadas se realizan sólo por seguir una tradición, más cultural que religiosa, pero el tema de Jesucristo nunca se menciona. La cena navideña, para ellos, es sólo una cena de familia con apertura de regalos, música y una buena dosis de vinos y licores. Conozco personas que, envueltas en el ambiente consumista y materialista, gastan grandes cantidades de dinero en regalos para sus seres queridos. De esa manera degradan y trivializan la Navidad.

En algunos lugares decir `Feliz Navidad´ es embarazoso. Prefieren el `happy holidays´ o el `felices fiestas´, y nunca se dice cuál es el motivo de la fiesta. De hecho hay países secularizados donde se busca sustituir la Navidad por las fiestas del solsticio de invierno, como deseando regresar al antiguo paganismo de los romanos que celebraban la fiesta del sol invicto en el mes de diciembre. Este cambio de lenguaje despoja de sentido a la Navidad y también degrada la fiesta.

La fiesta que vamos a celebrar este martes 25 de diciembre es para adorar el misterio de la Encarnación, y después para cantar y bailar en familia de puro gozo espiritual, porque Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Las palabras de la Carta a los Hebreos nos introducen en el misterio de Jesús: “Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo. No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley– para hacer, Dios, tu voluntad”.

Navidad es celebrar a Aquél que nace para convertirse en una ofrenda para Dios Padre, en un sacrificio, en un holocausto, es decir, en aquel tipo de sacrificio judío en el que toda la víctima se quemaba en honor a Dios. Así fue la vida de Jesús: holocausto y entrega absoluta. Ese es el sentido de la Navidad. El niño que va a nacer es entrega absoluta y total a la voluntad del Padre, en obediencia a Él y por amor a nuestra salvación.

Este lunes 24 de diciembre muchas familias compartirán juntas la cena de Navidad, y rodearán su celebración de detalles hermosos como acostar al Niño en el pesebre o pedir posada. Recordarán el frío de Belén, la pena de no haber encontrado lugar para María y José en la posada, la incomodidad de la cueva donde nació Jesús, los pañales y la paja. Todos esos detalles son parte del amor de sacrificio de Cristo por nosotros. Todo habla de ofrenda de amor. Ese es el Cristo al que vamos a adorar en el pesebre.

Nacerá quien fue llamado el cachorro de `León de la tribu de Judá´, es decir, el que viene con la fiereza de un león, y al mismo tiempo con la mansedumbre de un cordero, a deshacer las obras del diablo, y arrebatar la presa que el ángel caído había retenido para sí. Esa presa somos nosotros. Jesús nace para devolverle al Padre, por medio de su obediencia amorosa, a aquellos llamados a compartir con él su gloria en el cielo. Esta es la única noticia que puede traer verdadero gozo y alegría a la tierra.

Con estos hechos salvíficos que llevamos los cristianos en lo más profundo del corazón y que celebraremos en la Navidad, ¿cómo podremos saludarnos y decirnos solamente `felices fiestas´? Tampoco es ocasión para desperdiciar la fiesta derrochando dinero y endeudándonos con regalos o excesos. ¡Nace el que es nuestro regalo! ¡Nace nuestro Salvador! Sea el asombro, la gratitud inmensa y el amor lo que inunde nuestros hogares. El amor de Jesús no tiene límites. Bendito sea Él. ¡Feliz Navidad!

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