Creo en Dios, creador

del cielo y la tierra.

 

Me desperté, este miércoles, con la triste noticia de la muerte del gran científico inglés. Hombre ejemplar por muchos motivos. “El físico británico Stephen Hawking, el científico que explicó el universo desde una silla de ruedas y acercó las estrellas a millones de personas alrededor del mundo, ha fallecido esta madrugada en su casa de Cambridge, a los 76 años”, dice, escueta, la nota. Ejemplar, ejemplar por muchos motivos.

Ha muerto y, sin embargo, el Universo permanece inexplicable, oculto en su misterio formidable, envuelto en su silencio eterno; y las estrellas siguen brillantes y tan lejanas como siempre y los seres inteligentes de otros mundos, amenazantes, no han aparecido todavía. Muere Hawking y en el cielo los astros giran silenciosos…

«Y pesado y lejano

pende un velo

con reverencia. Silenciosamente

descansan en las alturas las estrellas

y abajo las tumbas». (F. Schiller)

Intento prometeico el de Hawking. Ahora este hombre extraordinario se ha sumido en el hoyo negro de la muerte. Y de eso, él ya no puede decirnos nada. Ha sido absorbido por el misterio radical. Pero nos deja el gran ejemplo de su vida. R. Rolland nos invitaba a “respirar el aliento de los héroes” para superar el grosero materialismo y la mediocridad de nuestra época. «Sin necesidad de consultar sus obras ni de oír sus voces leeremos … en la historia de sus vidas, que la vida ni tiene nunca tanta grandeza ni es tan fructífera – ni tan feliz – como en el dolor. … Siguiendo su ejemplo, vivifiquemos la fe en el hombre, en la vida y en el hombre».

Creo que Hawking,  más que de los astros y la física, nos enseñó más sobre el valor, sobre la forma de vivir, aun en la adversidad, una vida con sentido. Nuestros jóvenes que no saben qué hacer con su vida, deberían conocer, no solo la cosmogonía de Hawking, sino su vida, la alegría de su vida; él nos dice que la vida merece ser vivida en cualquier circunstancia. “En cierto modo mi discapacidad ha sido una ayuda. Me ha liberado de dar clases o participar en aburridos comités y me ha dado más tiempo para pensar e investigar”. Aprender a convivir con el dolor, con las limitaciones y hacer que ayuden al proyecto vital, es el arte supremo. Hay aquí demasiadas enseñanzas para una generación como la nuestra, débil, blandengue, que fácilmente hipoteca el valor supremo de la vida.

Admirable es que, en su condición, no solo no se rindió ante la discapacidad, sino que fue famoso por el sentido de humor. Desde la silla de su invalidez, desde la silla de ruedas, ¡cuántas cosas bellas, útiles, de provecho para todos, pueden hacerse! Nos enseña a no rendirnos ante la adversidad. El debió desconfiar de la ciencia; A los 22 años le fue diagnosticada una esclerosis lateral amiotrófica y los médicos le dieron solo dos años de vida. Pero vivió 54 más. No sé si supo si un Dios personal o las fuerzas ocultas del Universo, desmintieron a la ciencia, una vez más. Dijo en cierta ocasión: “Aunque había una nube sobre mi futuro, encontré, para mi sorpresa, que disfrutaba más de la vida en el presente de lo que la había disfrutado nunca”. “Mi objetivo es simple. Es un completo conocimiento del universo, porqué es como es y porqué existe”. Y se fue sin llegar a este simple objetivo.

“Era un gran científico y un hombre extraordinario cuyo trabajo y legado sobrevivirá por muchos años. Su coraje y persistencia, con su brillo y humor, inspiraron a personas por todo el mundo. En una ocasión dijo: ‘El universo no sería gran cosa si no fuera hogar de la gente a la que amas’. Le echaremos de menos para siempre”, han comunicado sus hijos. ¡Increíble! Tuvo la experiencia de la paternidad. Entonces sabía del amor y un gesto de amor vale más que todo el Universo. En efecto, para qué querríamos el Universo si no existiese el amor. El Universo está ahí antes que existiera el hombre para cantarlo.

Hizo ruido su frase: «Las leyes de la ciencia bastan para explicar el origen del Universo. No es necesario invocar a Dios». No sé si una mente tan clara haya pensado en Dios como en una “hipótesis innecesaria”. Porque entonces el problema sería infinitamente mayor: ¿cuál es la finalidad, el sentido del Universo? No por qué es como es, sino, porque es, simplemente; tal sería el planteamiento. ¿Tiene razón en sí mismo? ¿De la nada ha brotado sin ningún propósito? ¿cuál sería la razón suficiente para existir? Existir simplemente, sin propósito, es un absurdo. El Universo no puede ser un absurdo.

No faltó quien utilizara las hipótesis de Hawking para enfrentar una vez más “ciencia y fe”. No hay cabida para ello. En realidad, a los propios creyentes no se les ha explicado nunca el verdadero sentido de la creación. ¿Qué quiere decir que Dios creó todas las cosas? ¿La creación es únicamente la naturaleza, el mundo, las montañas, los mares y los espacios siderales? Entonces solo se podrían contemplar las maravillas de Dios en el gran libro de la creación, durante una excursión, ante un bello paisaje, al salir el sol. De hecho, la creación de que hablan el Credo y la Biblia, ¿no es ante todo el hombre, las obras del hombre, más que el marco en que éste se desenvuelve? ¿No ha hecho Dios al hombre partícipe de su poder creador? En los relatos primordiales del Génesis, el escenario de los primeros días es un montaje para hacer que aparezca “la imagen de Dios”, el hombre, razón de ser de la creación. La creación culmina cuando Dios, como un padre, lleva a la “novia” ante el hombre y los hace fecundos, creadores, capaces de «crear vida». De tal modo que la creación no es un acto terminado de una vez por todas. Los relatos bíblicos dejan entrever que Dios, más bien, ordena el caos.

Puesto que vivimos en un mundo no acabado, el sentido de nuestros actos no está determinado, su significado no está fijado de antemano. Podemos inventar: Dios se propone a nuestra libertad y la historia está hecha de nuestras aceptaciones y de nuestros rechazos. Los signos de Dios no son señales que haya que descubrir y descifrar. En los acontecimientos solo intentamos discernir en qué cosas solicita Dios nuestra iniciativa. Dios necesita nuestra ayuda para preservar la creación. ¿Lo estamos ayudando? Pero es la libertad humana la que es creadora de sentido. Y la libertad humana puede, y de hecho ha iniciado, un acelerado proceso de desacralización, de profanación, de despoetización.

¿Cuál es el significado de la fe en Dios creador y de este mundo como su creación a la vista de la sobreexplotación   industrial que está en su apogeo y la irreversible destrucción de la naturaleza? ¿Qué tiene que decir la fe cristiana al nihilismo que subyace en la crisis ecológica? ¿Qué nuevos valores pueden establecerse y cuál sería su fundamento? ¿Cómo podemos entender el mundo como creación? Preguntas todas ellas inquietantes que encuentran una respuesta desde una elaboración teológica y una comunión secular con las ciencias.

“La raza humana tendrá que salir de la Tierra si quiere sobrevivir”. Tal vez esta advertencia de Hawking, hiperbólica, nos señale el final de nuestro mundo que avendrá, no mediante el caos apocalíptico narrado en los Libros Santos, sino como la consecuencia final de la acción negativa del hombre, tal como lo estamos viendo. Hawking sabía indudablemente que ya existe basura espacial, la basura que el hombre riega hasta donde le alcanza el brazo. No podremos salir de la tierra hacia otros planetas para sobrevivir; moriremos aquí en el gran basurero en que habremos convertido nuestro mundo; un mundo envenenado con residuos cada vez más tóxicos. Salvar el planeta para salvarnos nosotros, tal es la meta.

Los filósofos, los místicos, los poetas también tienen algo que decirnos sobre la Creación.  No la podemos abandonar a la ciencia. Heidegger,  para quien poetizar era crear, refiriéndose a la destrucción planetaria acuñó el término despoetizar; hemos privado al universo de su belleza y de su misterio sobrecogedor.  Pierre Ganne ha escrito hermosamente: “Él «hombre viejo» (en el sentido paulino) no conoce todo lo que le es `posible`; y esa es su desgracia. Para conocer su `posibilidad` necesita reconocer al Creador, del cual es imagen. Las dependencias existenciales del hombre le orientan hacia la acogida del Otro, de quien depende. Pero el Otro es amor. Si el hombre acepta ser amado, y por eso dependiente y libre, conocerá su propio `posible`: que él mismo ha recibido el poder creador para trabajar por la «tierra nueva y los cielos nuevos donde habite la justicia».

Y en el centro, el hombre: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, / la luna y las estrellas que has creado, / ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, / el ser humano para que te ocupes de él?» (Sal. 8). El hombre frente a la creación. Y ante el misterio: ¿por qué, si se ha contemplado la imponente grandeza y belleza de la creación no se descubrió a su Creador? Que Hawking descanse contemplando ya el misterio en su totalidad.

 

 

 

 

 

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