Pidamos a Dios el
don de las lágrimas.
(Francisco en el Punto)

Las
lecturas que han sido proclamadas nos ofrecen puntos que, con la gracia de
Dios, están llamados a convertirse en actitudes y comportamientos concretos en
esta Cuaresma. La Iglesia nos vuelve a proponer, sobre todo, el fuerte llamado
que el profeta Joel dirige al pueblo de Israel: «Así dice el Señor: volveos a
mí con todo el corazón, con ayunos, con llantos y lamentos» (2,12). Hay que
subrayar la expresión «con todo el corazón», que significa desde el centro de
nuestros pensamientos y sentimientos, de las raíces de nuestras decisiones,
opciones y acciones, con un gesto de total y radical libertad. ¿Pero es posible
esto retorno a Dios? Sí, porque hay una fuerza que no reside en nuestro corazón
sino que mana del mismo corazón de Dios. es la fuerza de su misericordia. Dice
todavía el profeta: «Volved al Señor, vuestro Dios, porque El es misericordioso
y piadoso, lento a la ira, de gran amor, pronto a arrepentirse ante el mal»
(v.13). La vuelta al Señor es posible como ‘gracia’, porque es obra de Dios y
fruto de la fe que nosotros depositamos en su misericordia. Pero este volver a
Dios se hace realidad concreta en nuestra vida sólo cuando la gracia del Señor
penetra en lo profundo y lo sacude donándonos la fuerza de «lacerar el
corazón». Es el profeta una vez más que hace resonar da parte de Dios estas
palabras: “Rasgad los corazones, no las vestiduras” (v.13). En
efecto, también en nuestros días, muchos están listos para “rasgarse las
vestiduras” ante escándalos e injusticias –cometidas naturalmente por
otros –, pero pocos parecen dispuestos a actuar sobre el propio “corazón”,
sobre la propia conciencia y sobre las propias intenciones, dejando que el
Señor transforme, renueve y convierta.

Aquel
“convertíos a mí de todo corazón”, es una llamada que no solo implica
al individuo, sino a la comunidad. Hemos escuchado siempre en la primera
Lectura: “Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la
reunión; congregad al pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos,
congregad a muchachos y niños de pecho; salga el esposo de la alcoba”
(vv.15-16). La dimensión comunitaria es un elemento esencial en la fe y en la
vida cristiana. Cristo ha venido “para reunir a los hijos de Dios que
estaban dispersos” (Cfr. Jn 11, 52). El “Nosotros” de la Iglesia
es la comunidad en la que Jesús nos reúne (Cfr. Jn 12, 32): la fe es
necesariamente eclesial. Y esto es importante recordarlo y vivirlo en este
Tiempo de la Cuaresma: que cada uno sea consciente que el camino penitencial no
lo enfrenta solo, sino junto a tantos hermanos y hermanas, en la Iglesia.

El
profeta, en fin, se detiene sobre la oración de los sacerdotes, los cuales, con
los ojos llenos de lágrimas, se dirigen a Dios diciendo: “¡No entregues tu
herencia al oprobio, y que las naciones no se burlen de ella! ¿Por qué se ha de
decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?” (v.17). Esta oración nos
hace reflexionar sobre la importancia del testimonio de fe y de vida cristiana
de cada uno y de nuestras comunidades para manifestar el rostro de la Iglesia y
cómo, algunas veces este rostro es desfigurado. Pienso, en particular, en las
culpas contra la unidad de la Iglesia, en las divisiones en el cuerpo eclesial.
Vivir la Cuaresma en una comunión eclesial más intensa y evidente, superando
individualismos y rivalidades, es un signo humilde y precioso para los que
están alejados de la fe o los indiferentes.

“¡Éste
es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación!” (2 Co 6, 2). Las
palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Corinto resuenan también para
nosotros con una urgencia que no admite omisiones o inercias. El término “éste”
repetido tantas veces dice que este momento non se debe dejar escapar, se nos
ofrece como ocasión única e irrepetible. Y la mirada del Apóstol se concentra
en el compartir, con el que Cristo ha querido caracterizar su existencia,
asumiendo todo lo humano hasta hacerse cargo del mismo pecado de los hombres.
La frase de san Pablo es muy fuerte: Dio “Dios lo identificó con el pecado
en favor nuestro”. Jesús, el inocente, el Santo, «Aquél que no conoció el
pecado” (2 Co 5, 21), asume el peso del pecado compartiendo con la
humanidad el resultado de la muerte, y de la muerte en la cruz. La
reconciliación que se nos ofrece ha tenido un precio altísimo, el de la cruz
levantada en el Gólgota, donde fue colgado el Hijo de Dios hecho hombre. En
esta inmersión de Dios en el sufrimiento humano en el abismo del mal está la
raíz de nuestra justificación. El “volver a Dios con todo nuestro
corazón” en nuestro camino cuaresmal pasa a través de la Cruz, el seguir a
Cristo por el camino que conduce al Calvario, al don total de sí. Es un camino
en el cual debemos aprender cada día a salir cada vez más de nuestro egoísmo y
de nuestro ensimismamiento, para dejar espacio a Dios que abre y transforma el
corazón. Y san Pablo recuerda que el anuncio de la Cruz resuena también para
nosotros gracias a la predicación de la Palabra, de la que el mismo Apóstol es
embajador; un llamado para nosotros, para que este camino cuaresmal se
caracterice por una escucha más atenta y asidua de la Palabra de Dios, luz que
ilumina nuestros pasos.

En la
página del Evangelio de Mateo, del llamado Sermón de la Montaña, Jesús se
refiere a tres prácticas fundamentales previstas por la Ley mosaica: la
limosna, la oración y el ayuno; son también indicadores tradicionales en el
camino cuaresmal para responder a la invitación de “volver a Dios de todo
corazón”. Pero Jesús subraya que la calidad y la verdad de la relación con
Dios son las que califican la autenticidad de todo gesto religioso. Por ello Él
denuncia la hipocresía religiosa, el comportamiento que quiere aparentar, las
conductas que buscan aplausos y aprobación. El verdadero discípulo no se sirve
a sí mismo o al “público”, sino a su Señor, en la sencillez y en la
generosidad: “Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt
6,4.6.18). Nuestro testimonio, entonces, será más incisivo cuando menos
busquemos nuestra gloria y seremos conscientes de que la recompensa del justo
es Dios mismo, el estar unidos a Él, aquí abajo, en el camino de la fe, y al
final de la vida, en la paz y en la luz del encuentro cara a cara con Él para
siempre (Cfr. 1 Co 13, 12).

Queridos
hermanos y hermanas, comencemos confiados y alegres este itinerario cuaresmal.
Que resuene fuerte en nosotros la invitación a la conversión, a “volver a
Dios de todo corazón”, acogiendo su gracia que nos hace hombres nuevos,
con aquella sorprendente novedad que es participación en la vida misma de
Jesús. Nadie, por lo tanto, haga oídos sordos a esta llamada, que se nos dirige
también en el austero rito, tan sencillo y al mismo tiempo tan sugestivo, de la
imposición de las cenizas, que realizaremos dentro de poco ¡Que nos acompañe en
este tiempo la Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de todo auténtico
discípulo del Señor! ¡Amén!

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