El bien no hace ruido y el ruido no hace bien, reza un antiguo refrán monástico. Y en el mucho hablar no falta el pecado, leemos en la Biblia. El Diario, este miércoles hacía referencia al ruido que trastorna nuestra difícil convivencia ciudadana. Aludía a las fiestas ruidosas que no nos dejan dormir o trabajar, descansar, leer u orar. ¿Quién no sabemos del vecino que organiza una francachela hasta horas de la madrugada?, ¿quién no sabe del vecino dueño de un perro, o dos o más, que ladra toda lo noche y parte del día? Y al único que no molesta es al dueño. Nadie pensamos en el derecho de los otros al descanso, al reposo, al sueño. Esto sería suficiente, pero el problema es más profundo.

Bástenos decir que solo en el silencio el hombre puede encontrarse consigo mismo y con Dios. Tal vez por ello tememos al silencio. Si el ruido impide tal encuentro, entonces se trata de algo muy grave. Max Picard se ocupó del tema a fondo; títulos como: ‘El último hombre’, ‘El rostro humano’ o ‘La Huida de Dios’, dan cuenta de ello. Filósofos y psicólogos y sociólogos se han ocupado del problema del ruido hoy. Antes que ellos, ya los padres del desierto, los monjes en sus monasterios, los santos, conocieron el valor y la necesidad del silencio. Igual, los filósofos griegos.  Jesús buscó siempre la soledad y el silencio de la noche para orar. Siempre los grandes escritores espirituales del cristianismo han estado dominados por el amor al silencio, Y es que el protocolo para acercarse a Dios es el silencio. Para acercarse a Dios son necesarias 10 normas: las primeras 9 son el silencio, la décima, la vemos luego. Los grandes mensajes que ha recibido la humanidad han venido del desierto, del silencio, de la soledad. Apenas podemos imaginarnos, entonces, el poder destructor del ruido. Los animales huyen instintivamente del ruido.

Al hombre moderno, se dice, está “alienado” en el sentido, no de locura, sino de la angustia e inadaptación que siente respecto de todo lo que le rodea. La causa de esta alienación no es el aislamiento físico. De hecho, hoy estamos hiperconectados. Y tal vez aquí resida el problema.

Hoy el único elemento de cohesión de nuestra sociedad de masas, la base en que se apoya es el ruido. Aquí no se trata del ruido en el sentido literal de la palabra, es decir, el traqueteo de las máquinas, el estruendo del tráfico, el fondo sonoro y ruidoso de la música mecanizada, de la radio, de la tv; sino más aún y más allá, ese incesante “ruido de imágenes”, del mundo de la tv, del cine y todos los medios cibernéticos. Mire usted, el mundo en vilo esperando el tuit mañanero de Trump; el mundo amanece temeroso, pendiente del tuit de Trump. A ver qué p. se le ocurrió durante la noche y deba comunicar al mundo muy temprano.

Se diría que una fuerza horrible trata constantemente de apartar al hombre del silencio y de la contemplación. Y comprobamos una enorme paradoja: mientras explotamos el ruido para ahuyentar la angustia, la ola ascendente del ruido acrecienta nuestra angustia. Contra estas potencias no hay más que una estrategia. La más antigua y única invencible. La luz del espíritu, la soledad y el silencio.

Picard cita a este propósito al filósofo Kierkegaard, (1813-1855): “El mundo en su estado actual y la vida toda entera está contaminada de la enfermedad. Si fuera médico y se me preguntara: ¿Qué recomienda usted?, respondería: ¡Prescribid el silencio! Llevad a los seres humanos a desear el silencio. En el guiri guiri del mundo actual no se puede oír la palabra de Dios y si fuera aullada por amplificadores o con la fuerza de instrumentos ruidosos, ya no sería la palabra de Dios. ¡Cread, el silencio!”.  (Die Welt des Schweigens. 1948). ¡El s. XIX era menos ruidoso que el nuestro!

Pero el ruido que nos destruye va más allá del ruido de la fiesta nocturna y diurna del vecino o de los perros que ladran y alborotan a la perrada del barrio desatando una sinfonía perruna que oyera usted. No. El asunto va mucho más lejos.

Los estudiosos de la conducta humana sostienen que hoy en día vivimos instalados en una permanente huida del silencio. Lo hacemos para huir de nosotros mismos. Lo tapamos todo con ruido. Solo enfrentándonos al silencio conseguiremos conocernos. Es la clave para una existencia plena, digna.

Existimos en medio del ruido. Acústico, visual, mental. Demasiada información bullendo simultáneamente y llegando por demasiados canales. Estamos permanentemente ocupados, siempre buscando algo que hacer. Con listas de cosas pendientes. Con la radio encendida en cuanto asoma una brizna de silencio. Con la música puesta, el televisor encendido, aunque nadie lo vea; enfrascados en nuestro móvil, con la esperanza de alejarnos del vacío. Todo con tal de no enfrentarnos al silencio, a la zozobra que produce una interrupción, por pequeña que sea, de ese zumbido constante que nos acompaña día y noche, el de la vida moderna, el que existe y el que, con entusiasmo y talante irreflexivo, alimentamos.

El ruido que nos rodea va a más. Cada vez somos más y todos llevamos un móvil en el bolsillo. Ya hay más líneas móviles que personas en el planeta, 7.800 millones de tarjetas SIM para 7.600 millones de personas. El catálogo de soniquetes, silbiditos e inframelodías se une a la sinfonía de los ya consagrados hilos musicales de los comercios, los rugidos y pitidos del tráfico, las alarmas…y las bocinas afuera de los negocios. ¡Vaya ocurrencia! Todo el ruido que generan las redes sociales solo hace que la gente se sienta más sola, más inquieta, más frustrada.

Nuestra aversión al silencio no es cosa nueva. Decía Pascal, s. XVII,: “Cuanto de malo sucede a los hombres procede de una única cosa, a saber, no ser capaces de quedarse quietos en casa”. Pascal planteó que todos vivimos, en cierto modo, atormentados por el momento presente. El desasosiego es algo natural, buscar algo que hacer, apagar el silencio de la inactividad, esquivar ese vacío, es humano. Pero nuestra “huida hacia adelante” ha ido a más con el paso del tiempo; hasta alcanzar límites que invitan a una reflexión.  Los adolescentes no saben lo que es el silencio, necesitan ruido constante a su alrededor, distracciones permanentes.

David Harley, psicólogo estudioso del silencio, dice que muchos de los problemas de nuestra sociedad tienen su origen en el ruido. No hay más que ver la industria de las apps. “Las investigaciones muestran que muchos jóvenes experimentan miedo y ansiedad cuando desconectan de sus redes; cuando, por ejemplo, su teléfono se queda sin batería o no hay wifi”. Apunta que el 99% de los mensajes que nos enviamos por Whats­App no tienen ningún contenido (“son puros inputs de autoafirmación personal, por eso tienen tanto éxito”). Puro ruido.

El ruido, en el sentido más literal, es un problema mucho más grave de lo que pensamos. Así lo considera Julio Díaz, doctor en física en la U. Carlos III, quien demuestra que la contaminación acústica es tan dañina como la atmosférica. “El ruido es un auténtico agresor”, asegura este doctor en Física: “El que lo sufre siente que lo atacan. Y el organismo tiene que repeler ese ataque”. Según sus estudios, el ruido debilita el sistema inmune. Es un exacerbarte de enfermedades como el párkinson, la demencia o la esclerosis múltiple. Incrementa la mortalidad por “causas respiratorias, cardiovasculares y diabetes”. En días en que se producen picos de ruido en la ciudad, señala, se incrementan los partos prematuros.

Dwight Mac-Donald ha descrito el resultado final de la cultura del ruido: “Una sociedad de masa, muchedumbre anónima, es tan poco diferenciada y está estructurada de manera tan borrosa que tiende a no aglomerarse sino en la línea del más bajo denominador común; entonces su moralidad se establece al nivel de los miembros más primitivos y groseros; sus gustos, a la medida de los menos sensibles y de los más ignorantes”. (Mass Culture. N. Y. 1957). Vea las ofertas de shows en Juárez. La narco-cultura nace aquí.

Uno de los picos de ruido es, ahora, las campañas electorales en cualquiera de sus estadios; sobre todo, el ruido que produjo El Bronco o, más bien, las autoridades electorales. O la actitud de nuestro presidente que ha gastado, según Riva Palacio, 37 mmp en 4 años para promover su gestión e imagen.  Hay que agregar lo del año y medio restante; cantidad estratosférica en un país con hambre y miseria. Y todo es puro ruido. Enfermedad pura. Mentira vil.

* “Silencio, por favor”.  Ensayo. Joseba Elola. 31.0318. El País.

Me uno en la oración y en la esperanza a D. Osvaldo Rodríguez B. y familia en el dolor, siempre esperanzado, que deja la partida de los que amamos: madre y esposa. Tuve la fortuna de darle la Unción de los enfermos.

 

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