Creados para la vida

Todos los días nos levantamos con trágicas noticias. Estos son algunos titulares de hoy: “Asesinan a pareja y los tiran en el Camino Real”; “Encuentran otro cuerpo en el exterior del Tribunal para Menores”; “Asesinan a dos”… Ante estas tragedias no podemos dejar de reflexionar y redescubrir que la vida es una ocasión única. Se nos concede vivir una sola vez. Nos equivocamos si creemos que después de esta vida podremos reencarnar en vidas futuras. A cada persona le es asignado un tiempo y un espacio para construir su destino eterno. En el arco del tiempo entre el nacimiento y la muerte el hombre está llamado a decidirse por Dios. Una vez que llega el último instante, sea por expiración natural o por muerte violenta, ya no hay más tiempo para decidir.

Dios no quiere la muerte de nadie. De hecho Dios increpa a la muerte, cuando por medio de Oseas, el profeta, dice: “Oh muerte, yo seré tu muerte” (Os 13,14). Piensa por un momento, ¿qué te mata, en realidad? No es un cáncer, ni un balazo, ni un infarto lo que acaba con tu vida. Lo que te mata es el pecado, porque mata tu alma y la encapsula en el mal. Arrepentirse, entonces, es un acto de supervivencia y de saludable amor a uno mismo. Nuestra vida tiene sentido si la vemos como una historia de conversión: ir dejando lo que nos mata y volvernos al que es la Vida. Así como el que mira hacia el sol es iluminado, el que mira al Señor es vivificado.

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