Hace unos días recibí como un regalo de monseñor Isidro Payán un cuadro con mi acta de bautismo estampada en una placa dorada. Me la entregó como signo de gratitud por la organización de los festejos de los 350 años de la Misión de Guadalupe, evento en el que él fue conferencista. El acta está firmada por él mismo, ya que fue quien me recibió en la pila bautismal de la Misión, hace más de 55 años, para derramar sobre mi cabeza el agua bendita y ungirme con el óleo perfumado.

El detalle de monseñor Payán me ha conmovido y me ha hecho reflexionar. En mi vida he recibido certificados escolares y universitarios, nombramientos en cargos de la Iglesia y reconocimientos por participar en ciertos eventos. Sin embargo mi boleta de bautismo es el documento que supera a todos. Mi constancia de ordenación sacerdotal, aunque muy importante, es secundaria. Por ser mi pasaporte para ir al Cielo, he puesto la placa bautismal colgada en la pared de mi oficina, junto al cuadro de la Virgen.

Observo el documento y descubro en él el regalo de Dios más grande. Al mismo tiempo mirar la placa me roba la tranquilidad. Trae una fecha: 14 de septiembre de 1963. Fue el día en que recibí el don inigualable de ser cristiano. Desde aquel momento inició un camino del que alguna vez me salí para emprender mi propia búsqueda, pero al poco tiempo regresé, como un necio derrotado, al Dios que desde siempre me había amado.

Hay personas que miran su certificado de Bautismo como un documento necesario para recibir los otros sacramentos, pero que no les exige un cambio interior. Otros, en cambio, lo han olvidado por no considerarlo importante para sus vidas. Si antes esa fue mi experiencia, hoy no la es. Jesús me habla por ese bendito papel y me invita a escuchar, a poner atención y buscar comprender: Dios es único. Todo el mundo, con todos sus tesoros, no vale lo que vale Dios. Entonces lo único necesario en la vida es amarlo con todo lo que nos ha dado: mente, corazón y fuerza. Esa es la fuente de la fe y la alegría, el secreto de una vida feliz.

Decía que el bautismo es el pasaporte para ir al Cielo. Sin embargo todo pasaporte, para ser válido y poder entrar en tierra extranjera, debe estar vigente. ¿Cómo mantener en regla la fe bautismal, si no es por vivir en la gracia de Dios? Pero también Jesús nos responde cuando nos dice: “Ama a tu prójimo”. En efecto, no bastan las buenas intenciones ni las declaraciones de amor al Señor. A Dios se le ama con los hechos y por eso nos espera en los hermanos. Nuestra bondad se debe ir convirtiendo en la bondad misma de Dios. Él es amor y nos pide amar, y el prójimo es el espacio para nuestra caridad todos los días.

Mi boleta bautismal tiene un sello que dice “Parroquia de Guadalupe Catedral, Ciudad Juárez Chih.” Pienso que cuando llegue el momento supremo y decisivo de la muerte tendrá que tener muchos timbres, por delante y por detrás, como el pasaporte que nos van sellando en la medida en que pasamos por diversos países. Aquí se trata de las obras de misericordia, de los actos grandes o pequeños de amor que hagamos por Dios y por los hermanos.

No bastan obras de caridad con los amigos, los parientes ni los demás cristianos. No es suficiente que ellos nos pongan su sello. El prójimo es toda persona a la cual yo pueda llevar el amor y la bondad, independientemente de las gracias que pueda darme. Los sellos más difíciles de conseguir, pero los más meritorios, son los que nos van poniendo las personas que nos han hecho daño, aquellos que más nos han ofendido. Ellos son más prójimo que quienes nunca nos lastiman, porque con ellos nuestra caridad se vuelve un regalo sin intereses. Sólo a ellos podemos amar gratuitamente. Jesús lo decía con otras palabras: “Si aman solamente a aquellos que los aman a ustedes, ¿qué mérito tienen?

Por esos motivos miro con devoción y con temblor, colgada en mi pared, la placa que monseñor Payán me ha regalado. Me recuerda a qué precio mi pobre vida ha sido comprada. Es amor y responsabilidad que me interpela. Es un trofeo y una desafiante misión.

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