Humíllate
(Rosemary Scott)

Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Purificaos, pecadores, las manos; limpiad los corazones, hombres irresolutos. Lamentad vuestra miseria, entristeceos y llorad. Que vuestra risa se cambie en llanto y vuestra alegría en tristeza. Humillaos ante el Señor y él os ensalzará. (St 4,6-10).


Oración: Oh Jesús, modelo de humildad, guárdame de todo orgullo y arrogancia. Hazme conocer mi debilidad y mi tendencia a pecar, para poder cultivar el arrepentimiento y el dolor; y haz que, delante de tus ojos, me estime a mí mismo como alguien muy bajo.

Puedes memorizar el texto bíblico anterior. Es una descripción breve de cómo podemos superar los pecados habituales:

Someteos, pues a Dios. Reconócelo sólo a Él como tu Rey, y abandona el altar pagano de la impureza.

Resistid al Diablo y él huirá de vosotros. Rechaza las mentiras del demonio y renuncia a él junto con sus obras y pompas. Resiste sus tentaciones y evita también las ocasiones de pecado.

Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Lleno de esperanza te estás acercando a Jesús diariamente en la oración y el culto, mirándolo para que de brinde su amor y su consuelo.

Purificaos, pecadores, las manos; limpiad los corazones, hombres irresolutos. Como vimos en la sexta meditación, sólo los de manos inocentes y puro corazón entrarán en la presencia de Dios.

Lamentad vuestra miseria, entristeceos y llorad. En la próxima meditación veremos el tema de la penitencia y el “don de lágrimas”.

Humillaos ante el Señor y él os ensalzará. Es el tema de esta meditación.

Una de las siete hijas de la lujuria es el “amor desordenado a sí mismo”. Aquellos que luchan con pecados de la carne también tienden a tener problemas con el pecado capital del orgullo. Algunas de las mentiras que vimos en la tercera meditación apelan al orgullo, tal como “te mereces un pequeño placer”. San Alfonso explica que, para superar los pecados contra la castidad,

Es necesario practicar la humildad. Casiano dice que quien no es humilde no puede ser casto. Sucede, con no poca frecuencia, que Dios reprende a los orgullosos permitiéndoles caer en algunos pecados contra la castidad. Esta es la causa, como David mismo confesó, “Antes de ser humillado, me descarriaba, mas ahora observo tu promesa” (Sal 118,67). Es a través de la humildad como adquirimos la castidad, dice san Bernardo… San Juan Clímaco decía que aquel que espera dominar la carne por su sola continencia, es como el hombre en el océano que quiere salvar su vida nadando sólo con una mano. Por lo tanto es necesario unir la humildad y la continencia”

Así como la soberbia juega un papel en los pecados contra la castidad, la humildad es esencial para el arrepentimiento. Los Evangelios nos dan muchos ejemplos de la humidad del arrepentimiento. En la parábola del fariseo y el publicano, por ejemplo, el recaudador de impuestos decía desde el umbral del templo, con los ojos bajos y golpeándose el pecho: “Oh Dios, ten piedad de mí que soy un pecador” (Lc 18,13). El hijo pródigo ni siquiera le pide a su padre que lo acepte en su familia: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo; acéptame como a uno de tus trabajadores” (Lc 15,18-19). Dimas, el buen ladrón en la cruz, no pide a Jesús ser admitido en su reino, sino que simplemente dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (Lc 23,42).

Cada una de estas personas desplegó una profunda humildad al grado que ni siquiera pudieron presumir de que Dios los restauraría en su gracia. Sin embargo cada uno recibió más de lo que esperaban, y mucho más de lo que merecían. El que se exalta a sí mismo será humillado, y el que se humilla será enaltecido (Lc 18,14).

Hemos de acercarnos a Dios con humildad, siendo conscientes de nuestra condición de pecadores y de nuestra incapacidad para enderezar nuestras vidas. No podemos decir “No” a la tentación y a la lujuria sin su gracia. De hecho, el pensar que podemos superar los pecados habituales con nuestra propia fuerza es, precisamente, otra manifestación de orgullo. Es también un signo seguro de que volveremos a fracasar, pues dice la Biblia: La arrogancia precede a la ruina; el espíritu altivo a la caída (Prov 16,18).

La creencia herética de que podemos salvarnos nosotros mismos sin la gracia de Dios se llama “Pelagianismo”. Quizá tú has intentado salir de tus pecados habituales en el pasado con “fuerza de voluntad”, y has caído una y otra vez. Aquello no funcionó porque, aunque quisiste actuar bien, sin darte cuenta te comportaste más como Pelagio que como cristiano. Es imposible superar el pecado, especialmente el que se comete de modo habitual, con las propias fuerzas y sin contar con la gracia de Nuestro Señor.

Por eso estas meditaciones enfatizan que tenemos que pedir la gracia de Dios; porque por nosotros mismos, no podemos hacer nada. No podemos salvarnos a nosotros mismos, no podemos liberarnos nosotros mismos de nuestros pecados habituales, no podemos santificarnos nosotros mismos ni tampoco podemos divinizarnos a nosotros mismos. La Gracia realiza todas estas cosas en nosotros. Tenemos, pues, que cooperar con esa gracia, y pedirla frecuentemente, como dice san Alfonso:

“Lo más importante para adquirir la virtud de la castidad es la oración: es necesario orar, y orar continuamente. Se ha dicho que la castidad no puede ser adquirida ni se puede preservar a menos de que Dios brinde su ayuda para preservarla; pero esta ayuda la concede Dios solamente a aquellos que la piden. De ahí que los santos Padres enseñen que, de acuerdo con las palabras de la Escritura: Siempre oremos sin desfallecer. Pidan y ses les dará… Es imposible para un hombre –dice Casiano– que por su propia fuerza y sin la ayuda de Dios permanezca casto; por eso, en nuestra batalla con la carne, tenemos que pedir al Señor, con todo el afecto de nuestro corazón, el don de la castidad”.

La humildad te ayudará a reconocer tu total dependencia de la gracia de Dios. No creas que superar la impureza depende de ti. Por supuesto que no. No puedes ganar ningún mérito en la vida cristiana sin la ayuda de Dios. No somos salvados por nuestros propios esfuerzos, sino sólo con la gracia de Dios que trabaja en nosotros y a través de nosotros, capacitándonos para hacer el bien y evitar el mal (Ef 2,8-10). Es como podemos superar el pecado. Hay una anécdota de los Padres del Desierto:

Se contaba que Amma Sara durante trece años fue severamente atacada por el demonio de la impureza. Sin embargo ella nunca oró para ser liberada de ese combate, sino que sólo decía, “Señor, dame fuerzas”. Luego fue atacada por otro demonio más hostil y amenazador que el primero, quien la tentaba severamente por el lado de la vanagloria. Sin embargo, permaneciendo firme en su temor de Dios y profesando su castidad, se fue a orar a su celda interior. El demonio se manifestó a ella de manera corporal y le dijo: “Sara, tú me has vencido”. Pero Sara replicó: “Te ha vencido Cristo que vive en mí”.

No eres tú quien vencerá tus pecados habituales, sino Cristo tu Dios y Señor. Pide a Él que te dé fortaleza.

Propósito: Humíllate profundamente delante de Dios, y pide que te saque de raíz todo orgullo de tu vida, y pide su gracia para no permitir que tengas una caída. Continúa con los propósitos anteriores, siempre con espíritu de humildad.

San Dimas, el Buen Ladrón, ruega por nosotros.

Mide tu progreso: desde que hice la última meditación,

Cuántas veces:

a. Deliberadamente me toqué impuramente al despertar

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

b. Deliberadamente vi fotografías o películas indecentes

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

c. Cometí actos impuros solo o con otras personas

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

d. Deliberadamente me deleité en pensamientos impuros

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

e. ¿Cuándo fue la última vez que fui a la Confesión? __________________

f. ¿Cuándo fue la última vez que asistí a la Santa Misa?________________

Ver en el Blog del Padre Hayen