El Sacramento de la Penitencia
(Rosemarie Scott)


Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de la luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto. Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo. Por lo cual dice: despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo. (Ef 5,8-14).

Oración: Dios mío, me arrepiento de haberte ofendido, porque te amo.

Los pecados contra la pureza son cometidos con frecuencia en secreto, especialmente entre los devotos católicos que no quieren que otros sepan acerca de sus luchas en esta área. Estos pecados son cometidos en la oscuridad. Por supuesto, la oscuridad y el secreto nunca pueden ocultar nuestros pecados a Dios: Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (Heb 4,13). Los pecados de la carne todavía están, con frecuencia, ocultos a la vista de otras personas: Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas (Jn 3,20). El texto arriba citado de san Pablo a los Efesios habla de estos pecados como “obras de las tinieblas”, las cuales son hechas “en secreto”. Y el remedio para tales pecados, según san Pablo, es exponerlas a la Luz.

Entonces, ¿cómo exponemos nuestros pecados secretos en la Luz de nuestro Señor? Confesándolos, especialmente en el Sacramento de la Penitencia.

Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1Jn 1,5-9).

El mero acto de decir a alguien más tus pecados, ayuda a romper el poder que tienen sobre ti. Quizá tu has hallado algún amigo en quien apoyarte diariamente mientras estás haciendo estas meditaciones, como se dijo en la Introducción. Un director espiritual o un consejero psicológico puede servir también para este propósito. Sin embargo el Sacramento de la Reconciliación también proporciona la absolución y gracias poderosas que vienen de Dios, que ayudan y fortalecen a tu alma contra el pecado. La Confesión, entonces, combina ambas cosas, la admisión del pecado secreto ante otra persona, y las gracias del Sacramento; es un “doble golpe” que debilita el poder del pecado y disminuye su influencia en nuestras vidas. San Francisco de Sales escribe:

Un gran remedio contra toda forma de tentación, grande o pequeña, es abrir el corazón y poner sus insinuaciones, gustos y aversiones a tu director; porque, como puedes observar, la primera condición que el Maligno hace en un alma, cuando quiere seducirla, es el silencio…

Empecemos entonces por romper el secreto y el silencio de nuestras vidas pecaminosas exponiendo nuestros pecados oscuros y tentaciones a la luz del Sacramento de la Penitencia. Aprovechemos lo que Jesús llamó el “Tribunal de la Misericordia” en sus apariciones a santa Faustina Kowalska. Su corazón misericordioso siempre está dispuesto a perdonarnos y limpiarnos con su preciosísima Sangre. Si nuestros pecados son como escarlata, Él nos dejará blancos como la nieve.

Pasos para hacer una buena Confesión:

1. Examina tu conciencia: pidiendo a Dios que te ayude para recordar todos los pecados que has cometido desde tu última confesión. Sé profundo y minucioso como sea posible, cubriendo todos los pecados contra la pureza en pensamienteo, palabra y obra, además de los pecados de omisión en hacer el bien. Utiliza alguna guía para el Sacramento de la Reconciliación (se recomienda la de este programa, que contiene un minucioso examen de conciencia enfocado a los pecados de la carne).

2. Arrepiéntete sinceramente: de todos tus pecados. Contempla el Crucifijo o medita la Pasión de Cristo, o el Viacrucis, o los misterios dolorosos del Rosario, etc. Y considera lo que tus pecado san hecho a nuestro Amado Señor.

3. Decídete a enmendar tu vida y no volver a pecar otra vez. Si parece muy difícil, pide a Dios que te conceda su gracia. Podrás quizá percibir que tienes un apego particular al pecado en tu corazón; esto es, una cierta afición, un sentimiento de comodidad o atadura emocional a un pecado, que hace que quieras seguir pecando. Si es así, pide a Dios que te ayude a romper todo apego al pecado.

4. Ve a la Confesión tan pronto como sea posible. Di al sacerdote todos tus pecados mortales y qué tan frecuentemente los has hecho. Exponlos a la Luz de Cristo, quien está ahí, actuando a través del sacerdote. No importa qué tan avergonzado estás de tus pecados contra la pureza, no tengas miedo en confesarlos. El sacerdote ya lo ha escuchado antes, y es muy probable que haya escuchado en confesión otros pecados mucho peores que los tuyos. No pienses que él se va quedar en shock; no lo hará, y de cualquier manera está ahí para aconsejarte y perdonarte. Nunca escondas pecados vergonzosos a él; porque si los dejas en la oscuridad ellos continuarán creciendo y persiguiéndote. Sácalos todos a la Luz.

5. No olvides cumplir la penitencia que el sacerdote te pide que hagas. Esto quitará de tu alma la pena temporal debida al pecado, y también reducirá cualquier sufrimiento futuro en el Purgatorio por estos pecados.

6. Pide a Dios todos los días la gracia de evitar todas las ocasiones de pecado. Las meditaciones 8 a 11 tratarán de ello.

7. Continúa yendo a la Confesión de manera frecuente. Esto es muy importante para aquellos que están luchando con pecados habituales contra la pureza. Recibe el Sacramento de la Penitencia cada semana si es posible, si no, cada dos semanas. Al menos acude una vez al mes. Pero es mejor que este tipo de pecado sea confesado con más frecuencia. Necesitas toda la gracia posible. Tu responsabilidad con el sacerdote es también una gran ayuda, así que procura acudir con el mismo confesor cada semana. No regreses a la oscuridad; mantén sacando todos tus pecados a la Luz. Es la manera en que los puedes debilitar y, al final, vencer.

Si aún, por la gracia de Dios, no cometes ningún pecado mortal de la carne durante una semana, acude de todas maneras a la Confesión. Aún si sólo confiesas pecados veniales, las gracias del Sacramento serán de gran ayuda para que evites el pecado la próxima semana. Aunque no estés espiritualmente muerto con el pecado mortal, los pecados veniales pueden ser muy insidiosos. Estos pueden debilitar tu alma hasta el punto de llevarte a cometer un pecado mortal. Así que confiésalos también.

Compromiso: Haz un Acto de Contrición perfecta ahora. Examina tu conciencia, ve a la Confesión tan pronto como sea posible y confiésate luego con regularidad. Si todavía no has encontrado a alguien que te acompañe en tu proceso todavía, encuentra a alguno tan pronto como sea posible. Continúa con sus compromisos previos.

Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia, ruega por nosotros.

Mide tu progreso: desde que hice la última meditación,

Cuántas veces:

a. Deliberadamente me toqué impuramente al despertar

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

b. Deliberadamente vi fotografías o películas indecentes

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

c. Cometí actos impuros solo o con otras personas

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

d. Deliberadamente me deleité en pensamientos impuros

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

e. ¿Cuándo fue la última vez que fui a la Confesión? __________________

f. ¿Cuándo fue la última vez que asistí a la Santa Misa?________________

Ver en el Blog del Padre Hayen