¿Y si vuelvo a caer?
(Rosemary Scott)

Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. (Sal 51, 3-6).


Oración: Dios mío, me arrepiento de todo corazón y te pido perdón por todos mis pecados, no tanto porque ellos me hagan sufrir y me hagan vivir un Infierno, sino porque han crucificado a mi amadísimo Señor Jesucristo, y han ofendido a su Infinita Bondad. Me propongo, firmemente, con la ayuda de tu gracia, confesar mis pecados, hacer penitencia y enmendar mi vida, Amén.

Aunque esperamos que no vuelva a ocurrir, es posible que tú puedas caer durante esta serie de meditaciones. Si así sucede, no te desesperes. Sigue, en cambio, el excelente consejo de Lorenzo Scupoli en el capítulo 26 de su libro “El Combate Espiritual”.

Cuando te des cuenta de que has sido herido por el pecado, sea por debilidad o por malicia, no pierdas tu valor ni te vuelvas presa del pánico. Vuélvete a Dios con gran humildad y confianza diciendo: “Mira oh Señor, lo que soy capaz de hacer. Cuando hago las cosas sólo con mis fuerzas, no puedo cometer otra cosa sino pecados”.

Meditando sobre esta verdad, reconoce el alcance de tu humillación y expresa a nuestro Señor tu dolor por las ofensas cometidas. Con un corazón tranquilo, acusa tus pasiones viciosas, especialmente la que ha ocasionado tu caída, y confiesa: “Oh Señor, yo no hubiera dejado de pecar si tu bondad no me hubiera detenido”.

Dale gracias a Dios y, más que nunca, dale a Él el amor completo de tu corazón. ¡Qué generosidad tan grande la del Señor! Tú lo has ofendido y Él, a pesar de ello, te extiende su mano para prevenirte de otra caída.

Con tu corazón lleno de confianza en su misericordia infinita, dile: “¡Oh Señor, muestra tu Divinidad y perdóname! Nunca permitas que me separe de ti ni me dejes sin tu ayuda; y nunca permitas que te vuelva a ofender”.

Después de que hagas esto, no te angusties por examinar si Dios te ha perdonado o no. Eso es perder el tiempo, es una muestra de orgullo, de enfermedad espiritual, una ilusión del demonio que busca dañarte. Ponte en los brazos misericordiosos de Dios, y dedícate en tus ocupaciones habituales, como si nada hubiera ocurrido.

El número de veces durante el día que caigas no puede alterar tu confianza en Dios. Regresa al Señor con la misma confianza, aunque sufras nuevas derrotas. Cada caída te enseñará un mayor desprecio hacia tus propias fuerzas, mayor odio al pecado y, al mismo tiempo, te dará mayor prudencia.

Esta actitud es agradable a Dios y, por tanto, confundirá al enemigo de la salvación. El demonio quedará sumido en la consternación por aquel a quien otras veces ha vencido. Como resultado, el diablo doblará cada esfuerzo para inducirte a cambiar tus tácticas. Él tiene éxito con mucha frecuencia cuando las personas no somos vigilantes de las tendencias de nuestro corazón.

Los esfuerzos hechos por conquistarte tienen que corresponder a las dificultades encontradas. Este ejercicio no puede hacerse una sola vez. No es suficiente. Debe ser repetido con frecuencia aunque hayas cometido una sola falta.

En consecuencia, si tuviste una caída, si estás muy perturbado y tu confianza se tambalea, primero tienes que recuperar la paz mental y la confianza en Dios. Eleva tu corazón hacia el Cielo. Convéncete de que la perturbación que a veces sigue por cometer una falta no es por el dolor de haber ofendido a Dios, sino por el miedo al castigo.

La manera en recuperar la paz es olvidar, por el momento, tu falta y concentrarte en la infinita bondad de Dios y su ardiente deseo de perdonar a los pecadores más obstinados. Dios utiliza todos los medios posibles para llamar a los pecadores, para unirlos completamente a Él, para santificarlos en esta vida, y para llevarlos después de la muerte a la felicidad eterna.

Esta consideración, u otras de esta naturaleza, devolverán la paz a tu alma. Luego tú puedes reconsiderar la malicia de tu error a la luz de lo que hasta aquí hemos meditado.

Finalmente, cuando te acerques al Sacramento de la Confesión –y te aconsejo que lo hagas con frecuencia- recuerda tus pecados y confiésalos con sinceridad. Despierta tu dolor por haberlos cometido, y renueva tu compromiso para enmendar tu vida.

Atención: el demonio puede tratar de aprovecharse de tu caída diciéndote: “Debido a que tienes que ir a la Confesión, antes de ello date el lujo de pecar otra vez. ¡Esta es otra mentira que no debes creer! Tú no sabes cuándo morirás, y no puedes estar seguro de que podrás confesarte con un sacerdote antes de morir. Es por eso que tienes que arrepentirte e ir en ese momento con Dios, en vez de agravar tu pecado. Puedes hacer un Acto de Contrición perfecta en cualquier momento y decidirte ir a la Confesión lo antes posible. En caso de que mueras antes de recibir el Sacramento de la Confesión, ese Acto de Contrición Perfecta borrará esos pecados.

Finalmente, ¡no te rindas! No pierdas la esperanza en la Divina Misericordia. No te sientas tan avergonzado como para no ir a la Confesión. De hecho, a veces nuestra decepción con nosotros mismos cuando hemos pecado es un signo de orgullo. Quizás esperabas demasiado de ti mismo. Pero nuestro Señor no tiene esas ilusiones. Él sabe exactamente qué frágil eres espiritualmente, y por ello Él es tremendamente misericordioso. Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por sus fieles, porque sabe de qué barro estamos hechos; él recuerda que somos polvo (Sal 102, 13-14). Las caídas nos enseñan lo débiles que somos y lo mucho que necesitamos del perdón y de la gracia de Dios. Quizá por eso Dios permite que tengamos caídas ocasionales: para enseñarnos a no confiar en nosotros mismos, sino solamente en Él.

Y cuando salgamos perdiendo en el combate, nunca debemos olvidar que el Inmaculado Corazón de María es también refugio seguro de los pecadores. El invocar su nombre nos hará hallar la gracia del arrepentimiento, seguida de la gracia de la absolución. ¿Quién mejor nos puede afianzar en la perseverancia que la Virgen fidelísima?

Todos vosotros santos penitentes, rogad por nosotros.

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