El dolor del corazón
(Rosemary Scott)

Mas ahora todavía –oráculo de Yahveh- volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos, con lamentos. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahveh vuestro Dios porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia (Joel 2,12-13).


Oración: Aliméntame, Señor, con el pan de lágrimas y dame de beber lágrimas en cierta medida.

Otra parte necesaria del verdadero arrepentimiento es el dolor del corazón; esto es, un profundo dolor por los propios pecados, quizá hasta el punto de derramar lágrimas sobre ellos. Lee con cuidado la descripción que hace el Catecismo sobre el arrepentimiento:

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron “animi cruciatus” (aflicción del espíritu), “compunctio cordis” (arrepentimiento del corazón) (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1431).

Esta penitencia profunda es esencial para superar los pecados habituales contra la castidad y romper todo apego al pecado. No es cuestión de decir “Lo siento” y seguir adelante, sin cambio alguno en la vida. Probablemente ya lo habrás hecho muchas veces y, sin embargo, continuaste atrapado en tu pecado habitual. Más bien tenemos que reorientar radicalmente nuestras vidas hacia Dios, dar la espalda a los actos malos, odiar nuestros pecados apasionadamente, desear cambiar con todo nuestro corazón, confiar en la misericordia de Dios, y sentir profundo dolor sobre nuestras malas costumbres.

Estas meditaciones han recomendado el hacer un “Acto de contrición perfecto”, sin embargo aún no hemos dicho qué es la contrición perfecta. Dice el Catecismo:

Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”.

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental.

La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1451-1453)

La contrición perfecta es superior a la contrición imperfecta, puesto que en una emergencia extrema puede obtener el perdón de nuestros pecados mortales. Así que si todavía no tienes la contrición perfecta por tus pecados, pídele a Dios que te conceda esta maravillosa gracia. Te ofrecemos un consejo útil del padre Joseph Stedman: “La contrición perfecta se vuelve fácil meditando sobre el Crucifijo: ¿Quién está sufriendo? ¿Qué está Él sufriendo? ¿Por qué? No es necesario sentir arrepentimiento. Es suficiente si la voluntad se vuelve del pecado al amor de Dios.

“Aflicción del espíritu” puede no parecer agradable, pero es necesario para que cambiemos nuestras costumbres. Como vimos en la última meditación, Santiago dice: Lamentad vuestra miseria, entristeceos y llorad; que vuestra risa se cambie en llanto y vuestra alegría en tristeza (St 4,8-9). Puesto que nuestra cultura moderna quiere reír y gozar de entretenimiento todo el tiempo, Jesús enseña que el llorar puede ser espiritualmente beneficioso: Dichosos los que lloran, porque serán consolados (Mt 5,5). Considera a la mujer pecadora, tradicionalmente identificada con santa María Magdalena, quien lloró a los pies de Jesús y recibió el completo perdón por sus muchos pecados (Lc 7,36-50). Su ejemplo nos muestra que el dolor del corazón llevará, en último término, a la alegría verdadera y al consuelo que reciben los corazones limpios: Dichosos los que ahora lloran, porque reirán (Lc 6,21).

Nosotros los pecadores tenemos que llorar antes de poder reír. Por eso Jesús nos alerta: ¡Ay de los que ríen ahora!, porque tendrán aflicción y llanto (Lc 6,25). El dolor por nuestros pecados tiene que venir primero, y sólo después podemos conocer la alegría en nuestro Señor.

Considera las palabras de “La imitación de Cristo” sobre el dolor del corazón:

“Si quieres adelantar algo consérvate en el respeto a Dios y no pretendas ser demasiado libre sino mantén bajo control todos tus sentidos y no te entregues a alegrías ineptas”.

“Dedícate a transformar tu corazón y sentirás la presencia de Dios. La compunción nos obtiene muchos bienes que la distracción acostumbra perder rápidamente. Es increíble que en esta vida alguien pueda alegrarse alguna vez perfectamente si piensa y reflexiona que está como desterrado y rodeado de tantos peligros”

“Por causa de nuestra superficialidad y la dejadez en corregir nuestros defectos no sentimos el llamado angustioso de nuestra conciencia sino que tomamos todo a risa cuando más bien deberíamos llorar. No existe verdadera libertad ni justo regocijo sino en el respeto a Dios con buena conciencia. Feliz quien puede arrojar lejos todo impedimento de distracción y recogerse a la unidad gracias al saludable arrepentimiento que nos lleva a la conversión. Feliz quien se abstiene de todo lo que puede manchar u ofender su conciencia. Lucha valerosamente: una costumbre se vence con otra. Si aprendes a no dejarte llevar por los demás entonces te dejarán hacer lo que te toca”.

“No pretendas manejar asuntos ajenos ni te impliques en las causas de los mayores y amonéstate más especialmente a ti mismo que a todos los que estimas. Si no te favorecen los demás no vayas a sentirte triste por eso pero que sí te sea causa de preocupación el no comportarte bien y consideradamente como corresponde a un servidor de Dios y persona de fe. Con frecuencia es muy conveniente y seguro que la persona no tenga muchas satisfacciones en esta vida principalmente si se trata de consuelos materiales. Pero si no percibimos o rara vez experimentamos la presencia de Dios es por nuestra culpa porque no buscamos convertirnos a Él abandonando vanidades y exterioridades”.

“Reconoce que no eres merecedor de experimentar el afecto de Dios sinomás bien digno de muchas aflicciones. Cuando alguien está más perfectamente urgido a la santidad entonces más pesado y amargo le parece todo el mundo. La persona buena descubre dentro de sí suficiente motivo de dolor y pena. Porque ya se considere a sí o se preocupe del prójimo sabe que nadie vive en éste mundo sin tribulación y cuando más estrictamente se examina más grande es su dolor. Constituyen materia de justo dolor e intenso arrepentimiento nuestros pecados y vicios que nos tienen envueltos por lo que rara vez somos capaces de contemplar las realidades trascendentes”. (Imitación de Cristo, Tomás Kempis, 1. XXI, 1-4).

¿Tienes un dolor profundo en el corazón? ¿Llorar sobre tus pecados pasados? Ese dolor sagrado es un regalo de Dios. Si ahora no lo sientes, pide al Señor el “don de lágrimas”, la gracia de llorar verdaderamente sobre tus pecados.

Propósito: Pide a Dios el don de lágrimas, o por lo menos un profundo arrepentimiento de corazón de tus pecados. Sacrifica alguna actividad o entretenimiento que disfrutas, como un acto de reparación por tus pecados. Por ejemplo, niégate ver una película cómica o un programa de televisión que te guste mucho, como una expresión de dolor por tus pecados.

Santa María Magdalena, patrona de los pecadores penitentes, ruega por nosotros.

Mide tu progreso: desde que hice la última meditación,

Cuántas veces:

a. Deliberadamente me toqué impuramente al despertar

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

b. Deliberadamente vi fotografías o películas indecentes

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

c. Cometí actos impuros solo o con otras personas

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

d. Deliberadamente me deleité en pensamientos impuros

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

e. ¿Cuándo fue la última vez que fui a la Confesión? __________________

f. ¿Cuándo fue la última vez que asistí a la Santa Misa?________________

Ver en el Blog del Padre Hayen