Meditación 1: Corazones inquietos

(Rosemary Scott)

Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, el que cree en mí no tendrá sed (Jn 6,35)

“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín)

¿Por qué pecamos contra la pureza? Sabemos que está mal. La Madre Iglesia nos enseña que el acto sexual está reservado para el matrimonio, y que cualquier otro uso que le demos es un pecado y una distorsión del plan de Dios. Sin embargo elegimos cometer, de cualquier manera, pecados de la carne. Una razón es porque sentimos un vacío interior; nuestras almas están hambrientas y sedientas de algo. En algún momento creemos que los pecados como la pornografía y la masturbación puede satisfacer nuestros vacíos espirituales. Y nos introducimos en estos vicios, esperando que nos hagan felices, que consuelen nuestra soledad y de alguna manera nos llenen.

El ver imágenes impuras puede causarnos un alivio breve, y la masturbación puede aliviar alguna tensión por corto tiempo. Sin embargo los pecados contra la pureza jamás pueden verdaderamente satisfacernos. Después de una sensación física temporal, nos dejan sintiéndonos vacíos, avergonzados, tristes y lejos de Dios. Y continuamos cometiendo estos mismos pecados una y otra vez, esperando en vano que quizá en esta ocasión nos dejarán satisfechos, que quizá ahora sí nos harán sentir, ya no tristes como antes, sino todo lo contrario.

Alguien alguna vez definía la locura como el “hacer la misma cosa una y otra vez, esperando diferentes resultados”. ¿Qué dice esto sobre la actividad de buscar la satisfacción a través del placer?

No. Los pecados de la carne nunca llenarán el vacío interior de una persona. Nuestra hambre y sed espiritual, que buscamos en vano satisfacer con el pecado, es en realidad nuestra necesidad de Dios. San Agustín de Hipona dijo muchos siglos atrás: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. El mismo san Agustín fue un hombre impuro durante muchos años antes de su conversión, y sus pecados siempre lo dejaron insatisfecho. Acepta su consejo: tu corazón nunca encontrará verdadero descanso en el vicio, ni siquiera en placeres legítimos de este mundo, sino solamente en tu Creador.

Nuestro amado Salvador es el Pan de Vida. El dice a nuestras almas hambrientas: “El que viene a mí no tendrá hambre, el que viene a mí no tendrá sed”. Jesús promete llenar los vacíos interiores que inútilmente nosotros tratamos de llenar con placeres robados. Sólo Él puede verdaderamente llenarnos y dejarnos satisfechos. Es a Él a quien debemos contemplar para llenarnos de amor, alegría y consuelo.

Cuando tenemos una caída de pecado de impureza, terminamos odiando el sentimiento de culpa y de oscuridad espiritual que sentimos, ¿no es cierto? Deseamos que no tuviéramos que volver a confesar los mismos pecados una y otra vez. ¿Estás cansado de vivir una ‘doble vida’ y sentirte como un hipócrita? ¿No estás harto de temer que puedas ser sorprendido y que se sepa tu pecado oculto? ¿No detestas estar esclavizado al pecado? Nuestro Señor puede liberarte: “En verdad les digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo les da la libertad, serán realmente libres” (Jn 8,34-36).

Date cuenta: tus pecados te han vuelto un enemigo de Dios. Pero nuestro Señor murió por tus pecados, incluyendo esos pecados habituales contra la pureza. Si regresas a El con todo tu corazón él te perdonará. No importa por cuánto tiempo o qué tan gravemente has pecado. Jesús te promete que no te rechazará, si estás arrepentido: “Al que venga a mí no lo echaré fuera” (Jn 6,37). Pero Él quiere hacer algo más. Por su Santa Cruz y su Resurrección, Él nos ha liberado de nuestra esclavitud al pecado. Pídele que haga presente su victoria en tu vida.

Si quieres amor verdadero, alegría, aceptación y consuelo en tu vida, busca refugiarte siempre en el Santísimo Corazón de Jesús. Recíbelo a Él en la Eucaristía, mientras estés en estado de gracia. Se recomienda la Misa diaria, si es posible. Cuando no puedas recibirlo a Él, puedes visitarlo en una iglesia o en una capilla de adoración al Santísimo, o hacer la “Comunión espiritual” con frecuencia durante el día:

“Señor Jesús, yo creo que tú estás realmente presente en el Santísimo Sacramento. Te amo por sobre todas las cosas, y deseo recibirte realmente en mi corazón. Pero al no poderte recibir en el Sacramento, te pido que al menos vengas espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiera recibido, te pido, Jesús, que nunca jamás me separe de ti, Amén” (San Alfonso María de Ligorio).

Lee las Sagradas Escrituras diariamente para encontrar en ellas a Jesús. Él nos ha dicho que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). La Palabra de Dios es también un arma muy poderosa contra los pecados de la carne; tiene incluso el poder de purificar tu mente, quitando todos los pensamientos y recuerdos impuros.

Orar con los iconos (imágenes sagradas) es un medio excelente para acercarse a Él y decirle: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, ten misericordia de mí, pecador”. Puedes colocar una imagen de la Divina Misericordia, un crucifijo, estatua y cualquier otra imagen sagrada de Cristo Jesús en tu casa, o llevarla contigo, para recordar su presencia amorosa. Hay otras muchas devociones al Sagrado Corazón de Jesús, a la Sangre Preciosa, a las Santas Llagas, al Divino Rostro, la Divina Misericordia el Viacrucis que te pueden ayudar a acercarte a tu divino Salvador, para que puedas encontrar verdadera alegría en Él.

Si quieres dejar con éxito los pecados de la carne y adquirir pureza, la oración y la devoción juegan un papel central en tu combate. En su Introducción a la Vida Devota, san Francisco de Sales escribía: “Mientras los frutos están enteros, pueden conservarse, unos sobre la paja, otros entre la arena, y otros en su propio follaje; pero una vez que se empiezan a corromper, es casi imposible el guardarlos, si no es en conserva de miel y azúcar. Así la castidad que no está aún tocada ni violada puede guardarse de muchas maneras; pero estando una vez corrompida, nada la puede conservar sino una excelente devoción, la cual es la verdadera miel y azúcar del espíritu” (III, 12).

Empieza por cultivar una profunda y amorosa devoción a Jesucristo nuestro Señor, y a la Santísima Trinidad en general, nuestro Creador, nuestro principio y fin.

Deja de intentar en vano saciar tu hambre espiritual con el pecado, que sólo te enfermará el alma. Mira, en cambio, a Dios Padre, que envió a su Hijo como el Pan vivo bajado del Cielo; al Hijo de Dios, quien te ofrece el Agua viva del Espíritu; y a Dios Espíritu Santo, que llena tu alma con la gracia santificante: “Porque él sació el alma anhelante, el alma hambrienta saturó de bienes” (Sal 107,9)

Propósito: Pide a Jesús la gracia de apartarte del pecado y deleitarte, en cambio, en su divina presencia. Desde ahora decide hacerlo todo con su ayuda. Haz con frecuencia la Comunión Espiritual, especialmente cuando te sientas solo o deprimido, y lee la Biblia diariamente para permanecer cercano a Él. Míralo a Él para que encuentres felicidad y consuelo.

Oh Corazón de Amor, pongo mi confianza en Ti. Mientras temo todo por mi debilidad, lo espero todo de tu bondad.

Mide tu progreso: desde que me acerqué a este método,

Cuántas veces:
a. Deliberadamente me toqué impuramente al despertar

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

b. Deliberadamente vi fotografías o películas indecentes

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

c. Cometí actos impuros solo o con otras personas

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

d. Deliberadamente me deleité en pensamientos impuros

_____0 _____1 _____2 ­­­_____3 o más veces

e. ¿Cuándo fue la última vez que fui a la Confesión? __________________

f. ¿Cuándo fue la última vez que asistí a la Santa Misa?________________

Ver en el Blog del Padre Hayen