Los presidentes de Estados Unidos suelen visitar a sus tropas en batalla en fechas importantes como el Día de Gracias o la Navidad. Esto anima a los soldados a darlo todo por su país. En el año 597 a. C. el pueblo judío vivía el exilio en Babilonia. Aquellos hebreos se sentían alejados de la providencia del Señor. El destierro era como un velo entre Dios y ellos, por lo que había desaliento y desesperación. Fue entonces cuando Dios visitó a su pueblo a través de una visión del profeta.

Ezequiel, profeta y sacerdote del templo, que también estaba desterrado, tiene una visión. Yo miré, y vi un viento huracanado que venía del norte, y una gran nube con un fuego fulgurante y un resplandor en torno de ella; y de adentro, de en medio del fuego, salía una claridad como de electro.En medio del fuego, vi la figura de cuatro seres vivientes, que por su aspecto parecían hombres. (cfr. Ez 1,2-5.24-28).

Con esta visión, Dios se manifestaba del lado de los desterrados. Su presencia era ánimo y fortaleza para Israel. Era como decirles que el destierro y la crisis no tienen la última palabra. La fe en Dios debe mantener viva la esperanza.

Hoy vivimos en las batallas, en la cruz, en el destierro, en las crisis. Jesús nos alienta, se manifiesta, nos da consuelo y esperanza. Las apariciones marianas aprobadas por la Iglesia son signos de que Dios está con nosotros y nos alienta a recorrer el camino. Sobre todo el gran signo de la Asunción de la Virgen María al Cielo, proclamado dogma de fe en 1950 por el papa Pío XII, enciende nuestra esperanza de que un día, con la gracia divina, estaremos en la Casa de Dios nuestro Padre, en cuerpo y alma, en la resurrección del último día.

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