Veo gente por todas partes, Solo que no parecen personas. (A.Platónov).

Ante la nueva situación, ante la real o supuesta amenaza de ‘un extraño enemigo’, cabe decir de México lo que B.VXI dijo de la Iglesia: “Los enemigos están adentro”. “El principal enemigo de México no se encuentra en el exterior: se anida en una ineficiente y ostentosa partidocracia mexicana que trunca miles de negocios empantanados por la corrupción y la excesiva burocracia: si no me cree, estimado lector, intente sacar unas placas en la Ciudad de México”. (El Economista. 11.02.17). O una licencia de conducir, en Juárez. Debemos desintoxicarnos del tema Trump. Hay que dejar los dados correr. El mal profundo que nos aqueja, es nuestra quiebra moral. Riva Palacio escribe: “los zetas abrevan de los hijos de las generaciones de crisis. Para muchos es mejor apostar en vida y vivir mejor mientras se pueda, que morir inevitablemente, (de hambre), si insisten en vivir dentro de la legalidad”. Dígase lo mismo de los “indocumentados”,

Al lado de esa miseria social, ampliamente denunciada, está el abandono espiritual, la orfandad religiosa de las nuevas generaciones. Nuestra sociedad no está ya estructurada sobre los valores cristianos, que son los nuestros. La verdadera pobreza radica en el alma. ¡Tantos niños y jóvenes dejados huérfanos religiosamente! Haga usted la radiografía de los adolescentes que asesinan a otro adolescente; igual, la bebé asesinada por la ‘pareja sentimental’ de la mamá, la jovencita asesinada al más puro estilo del crimen. Crueldad potológica. Haga la radiografía y verá la causa de la enfermedad, la enfermedad misma. La fotografía muestra unos jóvenes llenos de vida, fuertes, con el futuro en sus manos, hermosos, como es hermosa la juventud, ahora simplemente muertos; ello pinta mejor que mil artículos y tesis doctorales, la realidad. Ante esa foto, hágase las preguntas que guste. Ahí está la explicación de todo.

 

Con tus mandamientos, Señor, dame vida. (Salmo 118).

Anselm Grün, monje benedictino alemán, ha escrito en forma sencilla un librito sobre Los mandamientos. “Camino a la libertad” pensado para el gran público. Nuestro mundo se torna cada vez más complicado e incomprensible. Por esta circunstancia, dice el autor, mucha gente busca una clara orientación e indicaciones certeras para alcanzar una vida plena. Los Mandamientos pretenden ser estas indicaciones que orientan nuestras vidas y las enderezan cuando se tuercen. En la medida en que nos indican por dónde ir, también nos suministran la fuerza para emprender el camino. Pues quien conoce el camino, descubre dentro de sí más fuerza y motivación que el que marcha sin rumbo. El desorientado malgasta mucha energía al probar varias direcciones, dar la vuelta una y otra vez para volver a hacer siempre el mismo tramo del camino. Quien conoce el camino, también conoce las fuentes de las que puede sacar fuerza para alcanzar su destino.

 

La sociedad como amenaza.

Necesitamos movernos, pues, en otra dirección. La solución no es solo policial. Hay una vía alterna. Lo que pasa cuando no se cumplen los mandamientos se ve y se oye a diario en los medios de comunicación, dice Grün. (En una semana 500 adolescentes fueron asegurados por la policía; había alcohol y droga). Cuando las personas ya no saben lo que está bien y es correcto, cuando no se cumplen las reglas y normas preestablecidas, el mundo se deshumaniza. Entonces, un mundo sin reglas da miedo. Uno ya no se puede fiar de nada. Al negociar entre empresas, ya no se puede garantizar la honestidad. El impedimento para matar se hace cada vez más débil. Uno siente que la sociedad se convierte en una amenaza. Ya no se puede estar seguro de nada. Incluso en la propia casa no se encuentra refugio. (la nueva modalidad es asesinar dentro de la casa). Cuando el asesinato y el robo se convierten en delitos menores, la vida se impregna de miedo. Cuando el matrimonio no es sagrado, dejan de nacer familias donde los hijos encuentren un hogar. Y la célula nuclear de la sociedad empieza a desvanecerse. Y con eso la sociedad pierde su fundamento constituyente. Pereciera que este monje hablase de Juárez; pero no, es que donde quiera que los mandamientos de Dios son olvidados, sucede exactamente lo mismo.

 

Tus preceptos son admirables. (Salmo 118).

Y uno empieza a desear cumplir y que todos cumplamos los mandamientos. Entonces nuestra convivencia sería en paz, serena y tranquila, marcada por el respeto, por el amor. Quejarse del hecho de que los Mandamientos se hayan olvidado o sean menospreciados, no hace mejor al mundo. Con meros actos de culto desvinculados, con fundamentalismos y desabridos sermones moralistas, no aportamos nada en esa dirección. Los Mandamientos son, a la postre, un diálogo de Dios con el hombre. En su misericordia, al crearnos y marcarnos un destino, nos ha enseñado el camino, nos ha dicho por dónde tenemos que caminar. Es más, él puso en nuestro corazón su ley; hablando de los que no conocen a Dios, dice Pablo: «Cuanto la Ley exige está escrito en su corazón». Todo lo que el hombre necesita para hacer su camino, lo encuentra en su interior. Es el “ethos laico”. Si por las más diversas razones, no aceptamos esta ayuda, caminamos a tientas y caeremos siempre en los mismos errores.

 

Con sus mandamientos, Dios protege nuestra libertad; no son unas trancas, son un cauce suave por donde podemos alcanzar nuestra plenitud, indican el camino hacia una vida plena. Por ello, constituyen para todos los hombres de todos los tiempos y razas, un patrimonio común. Dios busca nuestra felicidad. No puede ser de otro modo cuando  nos pide no sustituirlo por ídolos, no usar mal su nombre; cuando nos pide reservar un día a la semana para la oración y el descanso, cuando nos pide respetar y venerar a nuestros padres, para salvaguardar la estructura fundamental familiar: igual, cuando nos pide no matar y nos invita a respetar y humanizar la potencia sexual, buena en sí misma, dada por él mismo; cuando nos pide no calumniar, no defraudar, no robar, no corromper, no sobornar, no desear al cónyuge del prójimo, lo hace para nuestra felicidad y plenitud, incluso su objetivo último es la salvación eterna.

 

El gran juego de la libertad.

Es una alternativa y se pone en juego, en la forma más radical,  la libertad del hombre: «Si quieres puedes cumplir los mandamientos; es sabio hacerlo. Dios Creó al hombre y lo entregó en poder de su albedrío. Ante ti están fuego y agua, extiende la mano y agarra lo que quieras. Delante del hombre están la vida y la muerte y le será dado lo que el escoja» (Sri.15. 16-17).

 

Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, que yo he promulgado hoy, vivirás y crecerás y el Señor te bendecirá. Pero si tu corazón se aparta y no obedeces, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio. Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y la tierra, te pongo delante la bendición y la maldición. Elige la vida y vivirás» (cf. Dt 30,15-20). Tal es el problema radical y último del hombre: elegir entre la vida y la muerte.

 

Jamás he encontrado un texto que, con tan pocas palabras y en una forma tan dramática, exprese el significado tremendo de la libertad. En el juego de nuestra libertad nos jugamos, sin más, la vida, aquí y en la eternidad. Frente a nosotros están el bien y el mal, la vida y la muerte y el hombre tiene la escalofriante posibilidad de escoger equivocadamente, a veces culpablemente, el mal y la muerte. La libertad es el don más terrible que Dios concedió al hombre. (Dostoievski). Existe, sin duda, una idea perversa de la libertad; ésta, está a la base de las más profundas revoluciones de nuestro tiempo, las del hombre contra sí mismo. El hombre enfermo de sí mismo. (F.N.). La libertad es para escoger el bien, para eso nos liberó Cristo; pero cuando haciendo mal uso de nuestra libertad escogemos el mal, entonces, perdemos la libertad y somos reos de muerte. «Él, a nadie mandó pecar ni enseñó mentiras a los embusteros; no deja impune a los embusteros ni se apiada del que practica el fraude» (Sir.15,20).

El inmenso y genial teólogo, Basilio Magno, (s. IV), escribe: “En esto consiste el pecado, en el uso desviado y contario a la voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien”. Un texto egipcio, anterior a la Biblia, llama al pecado “el gran desorden”.

 

 

 

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