Justamente el 19 de septiembre, 32 años después del gran terremoto de 1985, tembló la tierra en la capital del país y en los estados circunvecinos. La reacción de los capitalinos fue asombrosa. La ciudad se movilizó con brigadas de rescate brindando todo tipo de ayuda para sacar de los escombros a los sobrevivientes. Miles de personas por toda la república también se han volcado a los centros de acopio para enviar camiones cargados con víveres, medicinas y agua.

La Iglesia en México también ha reaccionado, y hoy convocan los obispos y sacerdotes a todos los fieles católicos a dar su aportación para la colecta especial que se hará en las parroquias, este próximo domingo. Mientras que las ayudas en especie enviadas al centro del país serán para aliviar el dolor a corto plazo, la colecta nacional de los católicos beneficiará a los damnificados a mediano plazo, es decir, será una ayuda económica para la reconstrucción de sus viviendas.

Hay quienes afirman que los temblores en México, además a los huracanes que han golpeado severamente al Caribe y a regiones del sur de Estados Unidos, se deben a un castigo de Dios debido a los malos tratos que damos al planeta. Sabemos que esas hipótesis son falsas. Sólo quienes no se han acercado a la Revelación divina pueden creer que, allá arriba, vive un Dios colérico que nos observa con lupa para enviarnos calamidades porque ya no soporta la mala conducta de los hombres.

A nivel geológico las placas tectónicas de los continentes se acomodan causando terremotos, y los huracanes se forman por las corrientes de aire y la temperatura de los mares. Tenemos que adaptarnos, entonces, a vivir en estas condiciones, y nadie puede descartar que sigan existiendo tsunamis, tornados, ciclones y sismos. Estos fenómenos forman parte de una naturaleza que está herida y que gime -como lo afirman san Pablo en su Carta a los Romanos- como con dolores de parto.

Los cristianos no nos limitamos a leer únicamente los fenómenos de la naturaleza desde una visión materialista de la historia. Creemos que Dios nos sorprende improvisamente con hechos que nos alegran, como son la curación de enfermedades, el progreso de las personas en sus trabajos y empresas, las alegrías del matrimonio y la familia, el nacimiento de nuevas vidas y tantos acontecimientos que nos anticipan la resurrección. Todo ello nos habla de un Dios que nos participa de su amor continuamente.

Sin embargo la manifestación de Dios no se sujeta solamente a los momentos de alegría y bienestar. Él se manifiesta de otras maneras y nos sorprende cuando abre las puertas del sufrimiento. Sí, el Señor también nos comparte su Cruz. Cuando la tragedia asoma, cuando el dolor se hace presente, también Él está ahí de manera misteriosa. Cuántas historias de amor y solidaridad, de caridad y de unidad no conocemos, pero están ahí, vivas, después del terremoto. Hay personas que encuentran a Dios en medio del sufrimiento, y otros que lo hallan en los momentos de alegría.

Cuando Dios permite que de pronto se abra la puerta del sufrimiento personal o social, tenemos el riesgo de cerrarla rechazando su presencia. En estos días, al cuestionar en las redes sociales qué nos pide Dios a quienes hemos sentido la tragedia del sismo por ser mexicanos, una persona me replicaba: “ahora no es momento de propaganda barata de seres invisibles, mejor ayuda, acopia víveres, únete a una brigada, si no, mejor no estorbes”.

A diferencia de los no creyentes, que en la tragedia actúan por solidaridad y amor al prójimo -lo cual es muy loable-, los cristianos buscamos motivos más profundos para nuestro obrar. Sabemos que en el dolor está presente Jesucristo crucificado. Hemos de verlo damnificado, bajo los escombros en la espera de que alguien lo encuentre y lo rescate, o muerto por los golpes en su cuerpo a causa de los derrumbes. Y porque el amor a Él nos apremia, hemos de volcarnos para aliviar sus llagas. Esto no se llama simple amor al hombre o filantropía, sino caridad cristiana.

Hoy la Cruz está más imponente en los estados de Oaxaca, Chiapas, Morelos, Guerrero, Puebla, Estado de México y Ciudad de México. El Redentor nos está mostrando sus heridas en aquellas regiones y la caridad nos urge. Llevemos un poco de alivio con nuestra aportación en oraciones, en víveres y medicinas, y a través de la colecta especial en las parroquias. Jesús nos necesita.

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