En él vivimos, nos movemos

y existimos. (S. Pablo en

el Areópago).

 

Carme Chacón fue alguien distinguida y querida de la política española. Tuvo la distinción de ser la primera mujer con la cartera del Ministerio de la Defensa.  Murió hace unos meses víctima de una cardiopatía congénita a los 46 años. Terrible ‘pasividad’. Se montó la capilla ardiente y salieron los barones de la política, los de siempre y los que están en los sótanos del poder.

Los medios los abordaron con preguntas sobre política aprovechando que salieron a la luz.  La respuesta de estos señores fue “ahora se trata de cosas importantes”. ¡La muerte es muy importante! Y la política no se ocupa de ello. Olvidando sus refriegas parlamentarias y su algarabía ordinaria, me llamó la atención que, como si se hubieran puesto de acuerdo, todos respondían, “ahora hablamos de cosas importantes”.   La difunta no necesitaba, ya, el discurso político. Sí, hay cosas más importantes: el hombre ante su destino.

El padre Teilhard de Chardin, sj.,(*), habla de nuestras pasividades en oposición a la actividad, a nuestra fuerza y su desarrollo. Creo que el p. Chardin hace derivar pasividad del latín ‘passio’ que significa pasión; pasivo = que padece la acción sin reaccionar, de ahí, pasible = que se tiene la capacidad de sufrir; y en el sufrimiento hay que tener paciencia y entonces el sufrimiento es divinizable. De las dos mitades o componentes en que puede dividirse nuestra vida, la primera, por su visible importancia y por el valor que le conferimos, es el campo de la actividad, del esfuerzo, del desarrollo, la acción, escribía el p. Chardin.

Pero existe otra mitad, otro componente en nuestra vida, que lo constituyen esas “pasividades” y esta parte es inconmensurablemente la más extensa y la más profunda. No se trata  de lo que Vasconcelos llamaba “pausas estériles del acontecer”, sino de verdadero enfrenón, impotencia, derrumbe. El p. Chardin las dividía en dos categorías: externas e internas.

Las pasividades de la disminución externa son todos los obstáculos. Fijémonos en el curso de nuestra vida y las veremos surgir por todas partes. La barrera que detiene, la muralla que limita. La piedra que desvía o el obstáculo que frena. El microbio ignoto que mata o la palabra imperceptible de la calumnia que infecta el espíritu.  Incidentes y accidentes de toda gravedad y de toda suerte, interferencias dolorosas (molestias, choques, amputaciones, muertes, partida de los que al irse se llevan algo de nosotros). Y sin embargo, nos queda la  vida. Una vida que no pocas veces tiene que arrostrarse en la adversidad. A Job lo van despojando poco a poco de todo, riquezas, hijos, todo le es quitado, pero le dejan la vida. “Vida por vida, el hombre se resigna a perderlo todo con tal de conservar el pellejo”. El diablo hace una apuesta más: “Tócalo en su cuerpo, llénalo de llagas, y veremos si te maldice o no”. De ahí surge el grito desesperado del hombre Job que reclama a Dios, que pleitea con él, que le reclama su justicia. Todas estas son pasividades, – sufrimientos -, que nos llegan de un mundo exterior hostil.

Pero las pasividades internas forman el residuo más negro y desesperadamente inútil de nuestros años. Unas nos acecharon y apresaron en nuestro primer despertar: defectos naturales, inferioridades físicas, intelectuales o morales, encontramos el autismo, la espina bífida, el síndrome down, la polio, tantas cosas que cierran el horizonte. Y cuántas veces este mal tiene que arrastrarse en la miseria económica y ante la indiferencia. “Busqué quien me consolara y no hallé”.

Y todo esto limita el campo de nuestra actividad, de nuestros goces, de nuestra visión, todo ha quedado limitado implacablemente desde el nacimiento y para toda la vida. Otros nos esperan más tarde, brutales como el accidente, solapadas como una enfermedad esquiva. Todos, un día u otro, tuvimos, (fue la suerte del p. Chardin) o tendremos conciencia de que algunos de estos procesos de desgaste, de desorganización se han instalado en el corazón mismo de nuestra vida.

Unas veces son las células del cuerpo que se revelan o se corrompen o se desorganizan y se traducen en cáncer. Los huesos se desgastan y duelen. Otros son los propios elementos de nuestra personalidad los que parecen discordantes, emancipados o caóticos. Y entonces, asistimos, impotentes, a depresiones, derrumbes, rebeliones, tiranías internas, ahí donde no hay influencia amiga alguna que pueda venir en nuestro auxilio.  Quedamos encerrados en la tumba selladade nuestro psiquismo que nos traiciona a la manera de la tumba sellada en la que sumerge el derrame cerebral al paciente.

Si bien, y por fortuna, algunas veces podemos evitar la expresión crítica de estos males, de estas invasiones que emergen del fondo mismo de nosotros para matar la fuerza, la luz,  el amor en que vivimos, hay una alteración lenta y esencial a la que no podemos escapar: la edad, la vejez, que de instante en instante, nos arrebatan para empujarnos hacia el fin. Duración que retrasa la posesión, (de Dios), duración que nos arranca a la alegría, (de estar con Dios), duración que hace de todos nosotros unos condenados a muerte. (la verdadera muerte es la lejanía de Dios). He aquí, escribía el p. Chardin, “la pasividad formidable del paso del tiempo”.

Y en la muerte, como en un océano, vienen a confluir nuestras disminuciones bruscas o graduales. Es el resultado final de la acción de “las fuerzas aminorantes” que van venciendo nuestra resistencia, que nos van dominando poco a poco hasta dar con nosotros en tierra, físicamente derrotados.  Proceso degenerativo ininterrumpido es nuestra vida como realidad biológica.

El hombre de la Biblia cuando era arrollado por las “fuerzas aminorantes” que bruscamente destruían su vida, tenía una expresión: “Dios me ha tocado”. Para no llegar al error fatal del suicidio, asistido o no, eufemismo al fin, (el suicida le ata las manos a Dios), se tiene que luchar por recuperar el sentido cristiano de la “resignación”.  “Si aceptamos de Dios los bienes, ¿por qué no vamos a aceptar los males?”, exclamaba Job en un intento de ajustarse. Lo que Job no sabía es que él era el objeto de una apuesta entre Dios y el diablo. Dios le apostó todo a Job.  Y ganó.

Al final, ya, de su vida, el p. Chardin escribía hermosamente: “tras haberte percibido como aquél que es ‘un más yo mismo’, haz, – ‘llegada mi hora’ -, que te reconozca bajo las especies de cada fuerza, extraña o enemiga, que parezca querer destruirme o suplantarme. Cuando sobre mi cuerpo empiece a señalarse el desgaste de la edad; cuando caiga sobre mí desde fuera, o nazca en mí por dentro, el mal que empequeñece o que nos lleva; en el minuto doloroso que me dé cuenta, repentinamente, de que estoy enfermo y me hago viejo, … Señor, en todas esas horas sombrías, hazme comprender que eres tú el que dolorosamente separas las fibras de mi ser para penetrar hasta la médula de mi sustancia y exaltarme en ti”.

Me parece que estas son “las cosas importantes” de las que nunca se habla, aquellas que permanecen en el sótano, en la inconciencia. Las verdades calladas, ha escrito un filósofo francés.

Pablo de Tarso, escribiendo a su comunidad de Corintio sobre estas cosas usaba una metáfora muy bella. Este cuerpo terrenal en el que habitamos, es como una habitación que se desmorona día a día, como se deshacen las casas y cosas que construimos. Pero, al mismo tiempo, Dios nos va preparando en el cielo otra habitación, otro cuerpo, no construido por manos humanas ni por material que se degrada, es decir, un cuerpo glorificado como el suyo en donde el desgaste, la presencia de fuerzas aminorantes, las trampas psicológicas, el dolor, el llanto, y la misma muerte, habrán desaparecido.

Más aún, si vivimos, para el Señor vivimos, si morimos, para el Señor morimos, así es que, tanto en la vida como en la muerte, somos del Señor que ha vencido la muerte, el océano tenebroso donde confluyen todas las pasividades.

Descase en paz el Lic. Herrera!

(*) El Medio Divino.- París 1957.

 

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