‘Lo incomprendido es el consuelo más grande de la humanidad’, ha escrito Hans Blumenberg. Y, ¿qué cosa más incomprendida e incomprensible que una vida eterna, que la resurrección de la carne? Pero los cristianos cantan con fervor estos días: “Con su muerte destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida”. Y para siempre.
El discurso de Pablo en Atenas, (del que me ocuparé después), revela el encuentro más trascendental y dramático de la historia: la Revelación y la filosofía, – el esfuerzo humano más intenso de autosalvación -, frente a frente.
El encuentro con la novedad radical tiene lugar en el Areópago; Pablo con la cultura y la historia griegas en la espalda expone su mensaje. Los dioses lo miran desde los templos y calles; la Acrópolis escucha en silencio. Pablo dice al final de su discurso: «Pues bien, Dios pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia manda ahora a todos los hombres de todas partes que se enmienden; porque tiene señalado un día en que juzgará al universo con justicia, por medio del hombre que ha designado, y ha dado a todos garantía de esto resucitándolo de la muerte». Esta pieza, dice D. Hildebrandt, constituye una de las fascinaciones más poderosas de la teología occidental.
El choque ha tenido lugar, de igual a igual, frente a frente. La reacción no se hace esperar: «Al oír “resurrección de los muertos”, unos se rieron; otros le dijeron: de eso te oiremos hablar después». ¿Era esta una palabra excesiva con la que Pablo no debió presentarse en Atenas? De ser así, Pablo no tenía nada que ir a hacer a Atenas.
Quien tiene un ideal tan claro, ligero y luminoso como la inmortalidad del alma, caso de los griegos, la resurrección de un muerto tiene que antojársele como algo fantasmal, horrendo y macabro. «Así salió Pablo de en medio de ellos» y el final del relato no puede ser más desconcertante: «después de esto, dejó Atenas y se marchó a Corinto» (ver. Hechos 17,16-34). Pero la semilla quedó sembrada, y toda semilla necesita tiempo para madurar, necesita morir, incluso, para brotar multiplicada. Pero, en realidad, ese discurso marcaba el ocaso de los dioses griegos.
Aun así, el cristianismo aventura la idea, no solo de la vida, sino de una “vida eterna”. Nos dice que vivir es “ver” a Dios; y cuando lo veamos, seremos semejantes a él. Esa es la vida eterna. Un bello texto del cristianismo primitivo expresa insuperablemente esta idea. San Ireneo, (130-202), desarrolla con entusiasmo esta correspondencia entre ver y vivir: «Los que ven a Dios están en Dios y participan de su esplendor. Ahora bien, el esplendor de Dios es vivificante. Por consiguiente, los que ven a Dios tendrán parte en su vida. Este es el motivo por el cual el que es inasible, incomprensible e invisible se ofrece para ser visto, comprendido y asido por los hombres: para vivificar a los que lo aprehenden y lo ven. (…) Porque es imposible vivir sin la Vida, y no hay vida más que por la participación en Dios; y esta participación en Dios consiste en ver a Dios y en gozar de su belleza. (…) La gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre es la visión de Dios». Este texto, expresa la loca belleza increíble del cristianismo. El que me ve a mí, ve al Padre, dice Jesús a Felipe. Después de todo, si Cristo fuera solo para las cosas de este mundo, Pablo, seríamos los más vilmente engañados de los hombres
La vida eterna.
¿Cómo hablar de la «vida eterna»? La biblia nos habla a partir de imágenes y experiencias tomadas de la vida temporal. Sabemos que la discontinuidad entre nuestras experiencias de este mundo y lo que nos espera es radical. Radical, pero no total. De no ser así, no podríamos decir absolutamente nada ni creer absolutamente nada al respecto, ni podríamos siquiera hablar de «vida».

La vida eterna es la realización de una comunidad armoniosa y transparente donde no habrá sufrimiento ni violencia entre la multitud de hermanos y hermanas. Permitirá a la vez relaciones personales y relaciones de todos con todos basadas en la armonía completa. Esta asamblea alabará a Dios eternamente, cosa que incomodaba seriamente a Saramago; yo no puedo pasarme toda la eternidad cantando alabanzas a nadie, concluía. Prefirió sumergirse en la nada a tener esperanza.
Y en efecto, tal objeción se plantea enseguida: ¿no nos cansaremos un día de estar «viendo»? ¿No haremos nada más? La vida eterna presentada con los rasgos de una liturgia celeste sin fin en torno a Dios, ¿es tan atrayente? ¿Acaso no tenemos experiencia de lo desesperantes que pueden ser algunas liturgias que «no terminan nunca»? ¿No sabemos de esos sermones que no tienen ni pies ni cabeza, o, cuando el orador ‘sagrado’ no encuentra la pista de aterrizaje? ¿No andamos buscando dónde las liturgias sean más breves, con cantos más alegres y mejores los mensajes?
Eternidad.
¿Qué es la eternidad? De nuevo aquí nuestra tentación es representarnos la eternidad con los rasgos de una duración indefinida. Como decía un humorista: ¿No nos parecerá el tiempo demasiado largo, sobre todo ya al final? La eternidad no es como el tiempo. Es un error representársela como una línea horizontal, continua e indefinida, que se prolongara después del «fin de los tiempos». Seguiría tratándose de una duración. La verdadera imagen de la eternidad es la de un «momento particularmente fuerte de nuestra existencia», uno de esos instantes maravillosos, pero que pasan enseguida, en los que hacemos una experiencia de gran riqueza, – de amor, de entrega total, de plenitud, de comunión -, en los que encontramos la felicidad en la medida en que es posible. Una experiencia amorosa, un sobrecogimiento estético, el logro completo de un proyecto. Instante sublime cuando «cabrá en un solo beso/ la beatitud de Dios»; en definitiva, un momento en que nos dejamos llevar por el «entusiasmo», es decir, en el que somos como arrebatados por una felicidad que nos supera. Momento de intensidad en el que uno siente deseos de recitar el verso del poeta: «”¡Oh, tiempo detén tu vuelo; y vosotras, horas propicias, detened vuestro curso!» (Lamartine), Pero, justamente, tales cimas de felicidad no duran. De ahí el: “Reloj detén tu camino; haz esta noche perpetua”. Él no quería separarse de la amada, y el curso del reloj, le hacía ver la fatalidad de la despedida. Hay que comparar pues la eternidad, no con la duración, sino con el «instante», en lo que tiene de excepcional. «Pero será un instante que no pasará». Eso es la eternidad.
¿No es algo demasiado bello e irreal? De esta eternidad, sin embargo, empezamos a hacer experiencia, aún furtiva, a través de los grandes momentos de nuestra vida, momentos de gracia o momentos de plenitud, en medio de los cuales podemos decir: esto no terminará. O al menos lo deseamos con todas las fuerzas de nuestro corazón. ‘Momentos en los que baja a consolarnos la paloma misma del Señor’. (J. V). Hay gestos de amor y generosidad, de amistad profunda, y obras humanas tan grandes que podemos decir de ellas que no pasarán. En este sentido, la vida eterna, que recibimos ya en este mundo como «arras» de la eternidad, la construimos también a través de todo lo que hacemos. Esto no puede sino estimularnos. Tal vez el pecado consista en el intento de eternizar, aquí y ahora, uno de esos momentos que solo son “arras” de la plenitud futura.
También conocemos del final.
Todos, un día, hemos conocido una especie de final: la guerra, la muerte de un ser querido, una enfermedad imprevista, el encuentro con una sociedad dura y, a veces, poco humana, cuando no francamente inhumana… Sabemos que ha sido necesario comenzar de nuevo a vivir y a creer en la primavera, viendo el despuntar de las hojas de la higuera. A veces hemos reinventado el mundo como si se pudiese sacar luz a fuerza de futuro. Jesús no lo sabía todo. Estaba deslumbrado por el sol de Dios, que se filtraba en la calígine de los días amenazadores que se cernían sobre él. Decía a sus amigos el secreto guardado en la precariedad del presente. Aquí está el mensaje luminoso de las palabras apocalípticas de Jesús: hoy, aquí, a través de los éxitos y los fracasos de la vida, es necesario vivir la primavera de Dios. Siempre despuntarán las tímidas hojitas en la higuera de la historia. Y en nuestra pobre vida amenazada. La eternidad nos espera.
«Uno piensa teológicamente en estas cosas. Pero al mismo tiempo existe un lado, por entero humano, de que me alegra pensar que me reencontraré con mis padres, mis hermanos, mis amigos, imaginar que todo volverá a ser tan hermoso como era en nuestro hogar», acaba de escribir, en la cumbre de su vejez, B. XVI.

Y todos llegamos a la edad, según decía Cervantes, en la que ya no podemos jugar con la eternidad.

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